La trayectoria de Martín Ruiz de Azúa se ha construido desde una manera de entender el diseño que nunca ha separado los objetos de las personas, ni la creación de la naturaleza, la memoria o los gestos cotidianos. El reciente Premio Nacional de Diseño 2026 repasa con Gràffica más de tres décadas de trabajo marcadas por la intuición, la artesanía, la docencia y una mirada humanista que ha convertido cada proyecto en una forma de pensar cómo vivimos y qué necesitamos realmente.

El Premio Nacional de Diseño reconoce más de treinta años de trayectoria. ¿Qué significa para ti recibirlo ahora y qué lectura haces de tu propio recorrido al mirar hacia atrás?
Para mí es un momento de reflexión. El trabajo de los diseñadores es muy absorbente. Durante estos años he tenido sensaciones y momentos de todo tipo, pero el recuerdo que más pesa es el de la cantidad de personas con las que he compartido proyectos. En nuestra profesión todo ha de ser negociado y ponderado. A veces es un trabajo arduo tratar de convencer, pero también una oportunidad de escuchar y aprender. Así que dedico el premio, sin dudarlo, a todos los cómplices necesarios que me han ayudado.
El jurado ha destacado la dimensión humanista y simbólica de tu trabajo, así como tu relación con la naturaleza, la artesanía y la sostenibilidad. ¿Hasta qué punto esas ideas han guiado realmente tus decisiones como diseñador?
Cuando era estudiante me preocupaba cuál sería mi posicionamiento como diseñador, pero, después de todo este recorrido, creo que mi personalidad creativa se ha manifestado de una manera para mí incontrolada; se ha visto condicionada por mi origen y las situaciones a las que me he enfrentado. No es tanto lo que deseas o sueñas ser; es más bien fruto de lo que eres y te pasa. Siempre he tenido un carácter intuitivo, reflexivo; vamos, un curioso redomado.
Me siento muy halagado por la argumentación que ha hecho el jurado del premio. Me gusta pensar que la dimensión humanista y simbólica tiene que ver con explorarnos a nosotros mismos y tratar de comprender a los demás. La naturaleza, la artesanía y la sostenibilidad son, en realidad, conceptos íntimamente relacionados; la naturaleza es en contexto, la artesanía es para mí la capacidad humana de transformación y la sostenibilidad es la interacción con los procesos naturales.
Tu práctica ha transitado por el diseño de producto y de espacios, la investigación, el comisariado y la docencia. ¿Qué une todos esos ámbitos y dónde sientes que has realizado tus aportaciones más importantes?
Estudié Diseño en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona y, curiosamente, eran por aquel entonces unos estudios genéricos, sin especialidad. Siempre he pensado que la creatividad se puede aplicar a cualquier contexto con la colaboración de expertos en cada ámbito. No sabría decir cuál ha sido mi aportación más destacada, pero la que más me ha aportado a mí, a nivel humano, es la docencia.

Casa Básica se ha convertido en una de las piezas más reconocidas de tu carrera y forma parte de la colección del MoMA. ¿Qué representa hoy aquel proyecto dentro de tu trayectoria y qué vigencia conserva su reflexión sobre el refugio, la ligereza y la necesidad de vivir con menos?
Fue uno de mis primeros proyectos. Yo creía, en aquel momento, que el diseño podía realmente cambiar el mundo: «Tenerlo todo sin tener apenas nada». Después he acabado diseñando jarrones. Los posicionamientos radicales son necesarios para cuestionar lo absurdo de un consumo sin límites. Creo sinceramente que, teniendo las necesidades básicas cubiertas, seríamos más felices con menos objetos y una mayor interacción con otras personas y la naturaleza.
Después de décadas de profesión y de formar a varias generaciones de diseñadores en Elisava, ¿cómo ves el momento actual del diseño español y cuáles crees que son los principales retos que deberá afrontar en los próximos años?
No me gustaría valorar el diseño español actual; carezco de la perspectiva y objetividad para hacerlo. Creo que es un momento apasionante para las nuevas generaciones de diseñadores, para que el diseño tome protagonismo en un cambio de valores: pasar del valor material al valor humano.
Es una época de cambios profundos en la que convergen la constatación de los límites de nuestro sistema de vida con la inteligencia artificial. Todo está en cuestión y, por lo tanto, todo es posible. Los problemas son enormes, pero la tecnología es más performativa que nunca. Si realmente nos enfocamos en los problemas reales y dejamos de lado lo que no nos hace mejores, saldremos adelante como especie; si no lo hacemos, seremos sencillamente un estrato de desechos en un mundo que continuará sin nosotros.












