Álvaro Cajal es cofundador y Head of Studio de Wild Frames VFX en Alicante. Con más de dos décadas de experiencia y cerca de 70 producciones para estudios y plataformas como Disney, Warner Bros., Netflix o Marvel, ha participado en títulos como Avengers: Infinity War, Aquaman, Stranger Things o The Book of Boba Fett. El viernes 23 de octubre intervendrá en el III Congreso Internacional de Diseño de Elche dentro de la mesa «IA y propiedad intelectual: ¿de quién es la idea?». Antes de esa cita, conversa con Gràffica sobre los usos reales de la inteligencia artificial en los efectos visuales, el origen de los materiales de entrenamiento, las licencias y la responsabilidad de estudios, profesionales y clientes.

¿Qué tareas está realizando ya la inteligencia artificial dentro de una producción de efectos visuales y cuáles continúan siendo, por ahora, más promesa que realidad?
Actualmente distinguimos claramente entre la gestión de una empresa de efectos visuales y la producción en sí misma. Dentro de la producción también diferenciamos entre los distintos mercados.
En publicidad ya se utiliza la inteligencia artificial para generar contenidos finales. En cine y televisión se emplea principalmente en la previsualización y como ayuda en tareas específicas como roto y prep —paint, cleanups y otros procesos—, así como en la generación de elementos que después se incorporan a una composición, por ejemplo fondos u objetos mediante DMP. En algunas ocasiones también se genera contenido final, pero bajo un contrato específico con la productora.

La autoría en los efectos visuales ya era colectiva antes de la llegada de la IA. ¿Cómo cambia esa discusión cuando una parte del resultado procede de un modelo generativo?
Los modelos generativos tienen licencias de uso comercial o no comercial y esas condiciones deben respetarse.
En la mayoría de las legislaciones actuales, la propiedad intelectual está ligada a un autor y no se contempla el copyright cuando la creación ha sido realizada exclusivamente por una máquina. Para mantener el copyright sobre una imagen, además de respetar las licencias de los modelos, debe existir un trabajo humano demostrable: prompts suficientemente específicos, edición posterior de las imágenes y otras intervenciones que permitan defender ante un tribunal que la participación humana ha sido suficientemente significativa.
Las plataformas de generación también tienen sus propios contratos. En algunos casos cedemos parte o la totalidad de los derechos sobre las imágenes creadas y sobre los propios prompts. Por eso resulta necesario leer cuidadosamente sus condiciones, ya que podrían generarnos problemas legales en el futuro.
¿Puede un profesional conocer con suficiente certeza el origen de los materiales con los que han sido entrenadas las herramientas que utiliza?
Un profesional debe seguir los pasos que puedan garantizarle la legalidad del uso de un modelo. Esta comprobación debe hacerse a partir de la fuente oficial, su licencia y su documentación. El principio debería ser sencillo: si alguno de los puntos no puede resolverse, no deberíamos utilizar ese modelo.
Primero hay que identificar si el uso será comercial —televisión, cine, publicidad o cualquier otra actividad lucrativa— o no comercial, como determinados usos personales o educativos. Después debe comprobarse si la licencia permite esa explotación comercial y si incluye condiciones específicas que deban cumplirse. La ficha del modelo debe mostrar las fuentes de su dataset; si no las muestra, no se debe utilizar y, si las identifica, hay que comprobar si esos materiales están autorizados para usos comerciales.
También debemos averiguar quién es el propietario de los resultados. Si pertenecen al usuario, se puede continuar; si los derechos corresponden al creador del modelo o son compartidos, habrá que evaluar el riesgo o buscar otra herramienta. Es necesario comprobar, además, si se debe acreditar al creador, conocer los límites relacionados con contenidos prohibidos y mantener un registro del proceso que incluya el modelo utilizado, su licencia, los enlaces consultados y las conversaciones mantenidas con sus responsables.

Cuando un cliente pide incorporar inteligencia artificial a un proyecto, ¿quién debería asumir la responsabilidad sobre los posibles problemas de derechos: el estudio, el profesional, el cliente o la empresa que proporciona la herramienta?
Los contratos entre el cliente y el estudio, y entre el estudio y sus profesionales o trabajadores, deben reflejar quién asume la responsabilidad sobre la autoría y la propiedad intelectual de las imágenes. Si cualquiera de las partes hace un uso indebido de imágenes creadas con inteligencia artificial generativa, debe responsabilizarse de ello.
Si un cliente solicita utilizar IA, el estudio tiene la responsabilidad de comunicarle las limitaciones, las condiciones de las licencias comerciales y los posibles riesgos. Si el cliente decide continuar, debe conocer el proceso y las licencias, y aprobar por escrito el uso de esas herramientas.
También existen guías que permiten conocer estos procedimientos, como la publicada por Netflix sobre aplicaciones, flujos de trabajo y casos de uso de inteligencia artificial generativa.
La IA permite producir imágenes con mayor rapidez, pero también puede favorecer resultados previsibles y homogéneos. ¿Estamos ganando eficiencia a costa de perder criterio visual?
Desde nuestro punto de vista, la IA debe ser una herramienta más para contar historias y facilitar procesos, pero no debe emplearse a costa de perder criterio visual. Su función debería ser ayudar a un director a contar su historia con mayor precisión.
La capacidad de iterar y generar permite previsualizar más fácilmente un proyecto, anticiparse a la producción y al rodaje, detectar problemas y buscar soluciones. Si se decide utilizar la IA para crear la imagen final, también existen procesos con los que acercarse al resultado que busca el director, aunque persisten limitaciones relacionadas con el hardware, las licencias, el aspecto visual y la propia dirección.
Además, hay procesos en los que la inteligencia artificial generativa ayuda a una producción sin formar parte de la imagen que finalmente vemos. Puede intervenir en subprocesos, automatizaciones o herramientas que agilizan la creación tradicional de esas imágenes.
¿Qué reglas o buenas prácticas debería adoptar ahora mismo el sector audiovisual mientras la legislación y los tribunales intentan ponerse al día?
Existe un debate constante sobre la ética y el uso de la inteligencia artificial. Estamos viviendo un cambio de paradigma en nuestra forma de trabajar. Pensamos que la IA puede sustituir el trabajo que hacemos, pero la realidad es que cualquier operación mercantil se produce entre seres humanos. Eso nos convierte en responsables de los servicios y productos que vendemos: es lo que nos representa y no puede delegarse en una IA.
La inteligencia artificial debe tratarse como una herramienta que nos ayude en tareas rutinarias, nos permita trabajar de una forma más eficiente y deje un espacio mayor para la creatividad, potenciando la identidad del profesional o de la empresa.












