Hay un tipo de trabajo que, cuando lo ves por primera vez genera esa sensación rara de no saber si está del todo terminado. La tipografía sale de la caja, los márgenes no coinciden, hay texturas que parecen de una fotocopiadora en sus últimas horas de vida. Y, sin embargo, no puedes dejar de mirarlo. Eso no es un fallo. Es una decisión.

Lo que vemos cobrar vida en los últimos años tiene varios nombres según quién lo cuente: Punk Revival, neopunk gráfico, new ugly… Pero todos apuntan a lo mismo: una reivindicación de la imperfección como lenguaje visual deliberado, una forma de resistencia frente a un panorama saturado de composiciones perfectas, paletas algorítmicas y tipografías que nunca han conocido el tacto de una mano.
El Dadá como punto de partida.
Para entender esto, hay que volver a los inicios del siglo pasado. Cuando artistas hartos de la guerra decidieron que la destrucción compositiva era, en sí misma, una forma de creación.
El Dadaísmo no perseguía belleza, sino contradicción, absurdismo, y atacar la legibilidad como rebeldía política. Artistas como Tristan Tzara y Hannah Höch con sus letras de periódico sacadas de una bolsa y retratos dislocados de revistas burguesas en collages nos iniciaron en esta tendencia.
El punk de los setenta heredó lo mismo: rabia y rechazo a la pulcritud como señal de complicidad en el sistema. Los fanzines de la época con tijeras, pegamento y fotocopiadoras tenían más energía visual en una sola página que años enteros de diseño editorial corporativo. Neville Brody lo llevaría más tarde a las páginas de The Face manteniendo la tensión sin perder la artesanía, y luego vino David Carson. Y ya nada volvió a ser lo mismo.
Por qué ahora, por qué con tanta fuerza.
Que se recupere esta tendencia no es casualidad. La reacción tiene una causa muy concreta: la homogeneización visual que ha traído la sobreestimulación de imágenes generadas por inteligencia artificial.
Cuando con el mínimo esfuerzo una imagen puede ser pulida, perfecta y consistente en segundos, la imperfección se convierte en lujo. No en un fallo o descuido, sino en señal inequívoca de que aquí hubo una persona que tomó una decisión rara, incómoda, que costó algo.
El neopunk en la práctica: ¿cómo lo vemos hoy día?
Hablar de Punk Revival en 2026 no significa pegar letras recortadas en cualquier superficie y esperar que funcione. Tiene una lógica interna, una serie de decisiones que, bien ejecutadas, producen esa tensión visual característica.
Tipografía como materia, desorden como sistema, texturas con memoria y color que incomoda son sólo cuatro claves para identificar esta tendencia que cada vez vemos más presente.
Quizás lo dijeron sin querer, pero el lema de los Premios ADCV 2026, la cita de referencia del diseño no puede ser más oportuno para esta conversación: El diseño como resistencia.
No es casualidad. La convocatoria lo articula como un posicionamiento ante la aceleración, automatización y saturación de nuestro tiempo.
La identidad visual de esta edición, desarrollada por el equipo formado por Tapas Duras y Ana García Segura, ya habla ese idioma. Hay tensión, gesto y una voluntad de que la pieza tenga carácter propio y no se diluya en la corriente.

Entre los 241 finalistas seleccionados, encontramos a diez proyectos de estudiantes de ESAT. Algo que celebramos no solo como logro sino como confirmación de que este lenguaje se está trabajando con profundidad y criterio desde las aulas.
La pregunta es, ¿estamos ante una tendencia con fecha de caducidad o ante un giro más estructural en la manera en que entendemos el valor de lo visual?
Probablemente sean las dos cosas a la vez. Tal vez será tendencia de distintas marcas y será olvidado en el tiempo, pero en su fondo más auténtico lo que este movimiento representa es algo que no va a desaparecer: la necesidad de que el diseño tenga temperatura humana.















