Desde las proporciones del cuerpo clásico hasta los cosméticos, la cirugía estética, el selfi, los filtros y la inteligencia artificial, El culto a la belleza recorre más de dos mil años de intentos por decidir qué cuerpos merecen ser considerados bellos. La exposición del CCCB reúne más de 400 obras, documentos, objetos e instalaciones para mostrar que la belleza nunca ha sido una categoría inocente: detrás de cada canon aparecen también el poder, la clase, el género, la raza, la medicina, el mercado y, cada vez más, la tecnología. Coproducida con la Wellcome Collection de Londres, puede visitarse en Barcelona hasta el 8 de noviembre de 2026. La exposición es una coproducción del CCCB y la Wellcome Collection de Londres, comisariada por Janice Li y adaptada para Barcelona junto a Blanca Arias y Júlia Lull Sanz.

La exposición parte de una contradicción que atraviesa todo el proyecto comisariado originalmente por Janice Li: los seres humanos llevamos siglos persiguiendo la belleza como si pudiera existir una fórmula capaz de definirla y, sin embargo, esa fórmula nunca deja de cambiar. Aquello que una época considera proporcionado, virtuoso, saludable o deseable puede resultar extraño —incluso inaceptable— para la siguiente. La belleza aparece así menos como una cualidad estable que como una construcción cultural sobre la que intervienen el arte, la ciencia, la religión, la política y las relaciones de poder. De ahí la pregunta que recorre El culto a la belleza: quién decide qué es bello y qué ocurre con todos los cuerpos que quedan fuera de esa decisión.
A partir de ahí, la exposición construye un recorrido histórico que evita presentar la belleza como una simple sucesión de modas. Lo que interesa aquí no es comprobar que los cuerpos deseables han cambiado con el tiempo —algo relativamente evidente—, sino observar quién ha tenido capacidad para establecer esos modelos, mediante qué herramientas se han difundido y qué consecuencias han tenido para quienes no encajaban en ellos. La filosofía intentó definir la belleza; el arte la convirtió en representación; la medicina y la ciencia desarrollaron procedimientos para modificar el cuerpo; y la industria terminó transformando esa aspiración en un mercado.
La muestra, instalada en la tercera planta del CCCB, reúne más de 400 piezas entre obras de arte, documentos, objetos históricos e instalaciones contemporáneas. Es una coproducción del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona y la Wellcome Collection y adapta la exposición presentada en Londres en 2023 bajo el comisariado de Janice Li. Para su llegada a Barcelona, el proyecto ha contado con blanca arias y Júlia Lull Sanz en la adaptación local, incorporando nuevas obras y perspectivas al relato original.

El arco temporal es deliberadamente amplio. El visitante puede encontrarse con las reglas de proporción heredadas del mundo clásico y, unas salas después, con cuerpos virtuales, filtros digitales o imágenes creadas mediante inteligencia artificial. Entre ambos extremos aparecen siglos de intentos por relacionar belleza con virtud, salud, posición social, juventud, género u origen étnico.
La exposición recuerda, por ejemplo, cómo la admiración renacentista por determinadas esculturas griegas terminó convirtiendo un modelo específico de cuerpo masculino y femenino en una idea pretendidamente universal de perfección. El problema no estaba únicamente en aquello que el canon consideraba bello, sino en todo lo que quedaba fuera de él. Los ideales estéticos funcionan también como mecanismos de clasificación.
Esa asociación ha tenido consecuencias que exceden con mucho el terreno artístico. Durante siglos, la apariencia física llegó a vincularse con la bondad, la virtud o incluso el carácter de una persona. La fisiognomía trató de convertir esa idea en pseudociencia; las jerarquías coloniales utilizaron el color de la piel para ordenar y clasificar poblaciones; y la cultura contemporánea sigue estableciendo relaciones menos explícitas, pero persistentes, entre juventud, salud, éxito y belleza.

Del espejo a la pantalla
Uno de los momentos más interesantes del recorrido aparece cuando la exposición abandona progresivamente la historia del canon para entrar en la historia de nuestra propia imagen. Ahí el espejo adquiere un papel inesperadamente político.
Durante milenios, contemplarse con nitidez no fue sencillo. La exposición recuerda que no fue hasta el siglo XVI, con el desarrollo de los espejos de vidrio soplado, cuando comenzaron a existir superficies capaces de devolver una imagen relativamente fiel, aunque durante mucho tiempo estuvieron reservadas a las clases acomodadas. Hoy sucede prácticamente lo contrario: nunca habíamos visto tantas veces nuestro propio rostro.
La cámara frontal del teléfono, el selfi, las videollamadas, las redes sociales y los filtros han convertido la propia imagen en una presencia permanente. El espejo ya no es únicamente un objeto frente al cual nos observamos. Se ha multiplicado en pantallas capaces de registrar, modificar y distribuir nuestra apariencia. Como plantea el propio recorrido expositivo, hemos pasado del espejo íntimo a un sistema global de visibilidad en el que la identidad puede terminar funcionando como una interfaz y el cuerpo como un soporte de datos.

Ese desplazamiento permite conectar las antiguas normas estéticas con una industria contemporánea de enorme dimensión económica. El siglo XX convirtió los cosméticos en productos de consumo masivo, pero el proceso venía de mucho antes. El recorrido pasa por polvoreras del Antiguo Egipto, recetas cosméticas del Renacimiento, productos farmacéuticos reconvertidos mediante el diseño y la comercialización en artículos para el cuidado de la piel y, finalmente, procedimientos médicos y quirúrgicos incorporados a la industria de la transformación corporal.
La exposición llega hasta fenómenos muy recientes. Cita el uso de medicamentos como Ozempic en el contexto de la transformación física y plantea una cuestión difícil de resolver: dónde acaba la autonomía de quien decide modificar su cuerpo y dónde comienza la presión de un sistema que determina previamente cuál debería ser el resultado deseable.
Y ahí el relato evita una condena demasiado sencilla. El maquillaje, la cirugía, el cabello, la ropa o la modificación corporal pueden funcionar también como herramientas de expresión, identidad o emancipación. El conflicto aparece precisamente porque ambas cosas pueden suceder al mismo tiempo. Podemos transformar nuestra apariencia porque queremos hacerlo y, a la vez, hacerlo dentro de una cultura que lleva años indicándonos hacia dónde debería dirigirse esa transformación.

Varias obras llevan esa contradicción al terreno artístico. En The Disobedient Nose, Shirin Fathi utiliza su propio rostro, prótesis y maquillaje para explorar la cirugía estética a través de «una nariz que no quiere ser domesticada». La instalación Mirror, Mirror on the Wall, del colectivo Xcessive Aesthetics, recrea el ambiente de los baños de una discoteca para abordar el impacto de las redes y las tecnologías digitales sobre la belleza contemporánea. Narcissister, por su parte, convierte las pertenencias de la madre de la artista en una figura antropomórfica de tres metros para hablar de algo menos visible pero igualmente poderoso: la manera en que los ideales estéticos también se transmiten dentro de las familias, de una generación a otra.
La muestra reserva su último tramo al cuerpo entendido ya no como una superficie que debe someterse a una forma, sino como una materia capaz de desbordarla. La piel, el cabello y la carne aparecen como territorios sobre los que históricamente se ha ejercido control, pero también como espacios desde los que construir identidades y resistencias.

El pelo puede cortarse, cubrirse, alisarse o eliminarse cuando se considera inapropiado, pero también puede convertirse en señal de pertenencia, memoria, orgullo o solidaridad. La piel puede utilizarse para clasificar a las personas y, al mismo tiempo, funcionar como lugar de experimentación, contacto y memoria. El cuerpo deja entonces de aparecer como un problema que debe corregirse para convertirse en el lugar desde el que discutir el propio canon.
Aquí cobra especial sentido Humanae, el proyecto de la fotógrafa brasileña Angélica Dass, presentado en una nueva versión realizada en 2025. Dass toma un píxel de la nariz de cada persona retratada y lo relaciona con un tono Pantone que utiliza como fondo de la fotografía. El procedimiento convierte una herramienta concebida para ordenar el color en un mecanismo para mostrar lo absurdo de reducir la diversidad humana a unas pocas categorías raciales.

También el diseño construye la belleza
El diseño ocupa, de hecho, una posición más importante en la exposición de lo que podría parecer inicialmente. No solo porque buena parte de la industria contemporánea de la belleza ha necesitado del diseño para construir sus productos, envases, imágenes y promesas, sino porque la propia muestra utiliza distintas disciplinas del diseño para articular su relato.
Emiliana Design Studio firma el diseño del montaje expositivo; Avanti Studio se ocupa de la gráfica de la exposición; y Javier Jaén es responsable del diseño gráfico de la comunicación. Son tres niveles diferentes de una misma operación: construir la experiencia espacial, organizar visualmente la información y crear la imagen con la que la exposición sale finalmente a la calle.
No es un detalle menor en una exposición dedicada precisamente a estudiar cómo se fabrican los deseos. Los cánones no se transmiten únicamente mediante tratados filosóficos, pinturas o discursos políticos. También circulan a través de una fotografía publicitaria, un envase de cosmética, la silueta de una botella, una campaña de moda, una tipografía, una interfaz o un filtro de Instagram. El diseño participa continuamente en la construcción de aquello que una sociedad aprende a considerar atractivo, limpio, saludable, joven o deseable.

Y quizá sea ahí donde El culto a la belleza conecta con mayor claridad con nuestro presente. Durante siglos hemos observado el canon en esculturas, cuadros, anuncios, revistas o estrellas de cine. Ahora lo llevamos en el bolsillo. Podemos mirarlo y compararnos con él decenas o cientos de veces al día, mientras los algoritmos seleccionan qué cuerpos vemos y los filtros permiten corregir los nuestros antes incluso de mostrarlos.
La inteligencia artificial añade una última paradoja. El cuerpo perfecto ya ni siquiera necesita existir para convertirse en modelo. Las imágenes sintéticas pueden reproducir y amplificar los mismos cánones que hemos heredado, pero también generar anatomías, identidades y representaciones que antes resultaban imposibles.
La exposición no intenta resolver esa contradicción ni establecer una nueva definición de belleza que sustituya a las anteriores. Probablemente hacerlo significaría construir otro canon. Su propuesta es más incómoda: observar aquello que consideramos natural y descubrir cuánto hay de aprendido detrás de nuestra mirada.
Porque quizá lo importante no sea finalmente decidir qué es bello. La cuestión es entender quién nos enseñó a verlo así.
El culto a la belleza puede visitarse en la Sala 3 del CCCB, en Barcelona, hasta el 8 de noviembre de 2026.













