Más de 160 obras, tres series inéditas, escritos, bocetos y objetos personales reconstruyen en ‘Life in Dailyland’ el imaginario de Joan Verdú, una de las figuras más singulares del pop valenciano. La exposición, comisariada por su hijo Tomás Verdú, evita la retrospectiva cronológica para adentrarse en un mundo construido con publicidad, cultura popular, humor, cactus, conejos, calaveras y una buena dosis de ironía.

Joan Verdú pasó buena parte de su trayectoria apropiándose de las imágenes que encontraba a su alrededor para devolverlas transformadas. Marcas comerciales, mascotas publicitarias, iconos populares, palabras, objetos cotidianos o personajes inventados entraban en sus cuadros y salían convertidos en otra cosa. A veces como una broma, otras como una crítica y casi siempre con esa ambigüedad que permite reírse de algo y tomárselo muy en serio al mismo tiempo.
Ese territorio es el que intenta reconstruir Life in Dailyland, la exposición que el Centre del Carme Cultura Contemporània dedica al artista de Alzira, fallecido en 2017. La muestra reúne más de 160 piezas y puede visitarse en la Sala Carlos Pérez hasta el 17 de enero de 2027. Está comisariada por Tomás Verdú, hijo del artista, y producida por el Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana.
No se trata, sin embargo, de ordenar cuatro décadas de trabajo mediante fechas y etapas. El punto de partida es mucho más cercano a la propia manera de trabajar de Verdú: construir un mundo. En 2017, poco antes de morir, el artista escribió un texto en el que situaba toda su producción, pasada y futura, dentro de un lugar imaginario llamado Dailyland. Allí convivían también Rosette Vertu, Walter Egon, el señor Ferrer o Jack Greenmore de Silver Dust, nombres que en realidad funcionaban como personajes, desdoblamientos y alter ego del propio artista.
El resultado es una exposición concebida como una entrada física en ese territorio. El visitante encuentra al comienzo un autorretrato de Verdú vestido de astronauta, una imagen bastante adecuada para iniciar el recorrido. A partir de ahí aparecen las escaleras y ventanas de Simple Images y Complex Words, dos motivos recurrentes que sirven casi literalmente para entrar en otro espacio mental.
El propio artista se definía como «hijo del pop» y «nieto del surrealismo». La fórmula es útil porque explica buena parte de su trabajo sin necesidad de encerrarlo en ninguno de los dos movimientos. Del pop tomó la fascinación por las imágenes producidas en masa, las marcas y la publicidad; del surrealismo, la posibilidad de desplazar sus significados, mezclar registros y aceptar que una imagen pudiera conducir hacia lugares bastante menos previsibles. La ficha institucional de la exposición sitúa precisamente en esa combinación su particular lenguaje, atravesado por un «humor ácido y mordaz».
Marcas, imágenes populares y una iconografía propia
Una parte importante de Life in Dailyland está dedicada a las obras realizadas entre finales de los años ochenta y mediados de los noventa, cuando Verdú convirtió la cultura comercial en uno de sus principales materiales de trabajo. Logotipos, envases y códigos reconocibles de la publicidad aparecen alterados, mezclados o sometidos a pequeños desplazamientos visuales y lingüísticos.
Vista desde 2026, esta parte de su trabajo resulta especialmente interesante para quienes trabajan en diseño y comunicación. Décadas antes de que palabras como rebranding se integraran en el lenguaje cotidiano de las agencias, Verdú ya entendía la identidad corporativa como un material cultural susceptible de ser manipulado. No pretendía rediseñar una marca en el sentido profesional del término, sino intervenir en el enorme depósito de imágenes comerciales que configura nuestra memoria visual.
Ahí reside buena parte de su eficacia. Reconocemos algo y, un instante después, descubrimos que ya no significa exactamente lo mismo.
Ese interés por los códigos populares convivió con la creación de una iconografía completamente personal. En la serie Paisajes, playas y vallas aparecen algunos de los personajes que terminarían acompañándolo durante años: cactus, llamas, conejos, calaveras, ángeles y demonios. Elementos que se repiten hasta funcionar casi como un vocabulario propio.
La exposición incorpora además materiales que ayudan a comprender que ese lenguaje no terminaba en los cuadros. Bocetos, maquetas y textos muestran un proceso creativo mucho más amplio. Entre 1998 y 2015 Verdú mantuvo también una actividad regular como articulista, y el montaje recupera manuscritos con correcciones, tachaduras y anotaciones que permiten asomarse a ese pensamiento en construcción.
También aparecen algunos de sus objetos fetiche: piezas vinculadas a la publicidad y al consumo, aparentemente insignificantes, que el artista recogía y conservaba. Su inclusión resulta reveladora porque conecta directamente la observación cotidiana con la obra terminada. En Verdú no parece existir una frontera demasiado rígida entre mirar, coleccionar, escribir y pintar.

Tres series que nunca había mostrado
Uno de los principales atractivos de la exposición es la aparición de tres conjuntos inéditos pertenecientes a momentos diferentes de su trayectoria: Los Blues alegres, realizada entre 2002 y 2003; Imágenes confusas, de 2003; y Conills, de 2013. Son trabajos que Verdú nunca llegó a mostrar públicamente y que permiten ampliar una producción mucho más extensa de lo que muestran sus imágenes más conocidas.
El montaje refuerza esa voluntad de descubrimiento. En lugar de ofrecer una visión panorámica de la sala, plantea un itinerario casi laberíntico en el que cada espacio conduce al siguiente. La serie Forats, centrada en los agujeros y en esa fascinación del artista por lo desconocido, dispone incluso de una pieza escultórica interactiva vinculada a la escucha.
El recorrido termina con trabajos de sus últimos años, como Icons —2014-2016—, Monsters —2016-2017—, una pieza realizada con el colectivo Cazadoras Asociados y la serie Big Boy, de 2008. Este último personaje procede de una transformación bastante característica del método de Verdú. Su anterior home sol jugaba en valenciano con la doble lectura del hombre-sol y el hombre solo. Después de que el poeta Francisco Brines le comentara que dibujaba «como un niño», Verdú terminó convirtiendo aquel personaje en un niño y vinculándolo visualmente con la conocida mascota de Bic. BIC se transformó entonces en BIG y el juego lingüístico generó una nueva identidad.
Es un mecanismo que recorre prácticamente toda su producción: mirar una imagen conocida, detectar una grieta en su significado y meterse por ella.
Por eso Life in Dailyland funciona mejor entendida como algo más que una exposición retrospectiva. Es, en realidad, la reconstrucción de un sistema visual. Un lugar en el que pintura, diseño, publicidad, escritura y cultura popular dejan de ocupar compartimentos separados y pasan a formar parte de una misma conversación.
La exposición puede visitarse del 7 de octubre de 2026 al 17 de enero de 2027 en la Sala Carlos Pérez del Centre del Carme, en València. El centro abre de martes a domingo, de 10.00 a 20.00 horas, y durante octubre ha programado además varias visitas dialogadas dedicadas a la muestra.













