El tasteslop describe una nueva forma de contaminación visual: imágenes, marcas, interfaces o campañas que parecen sofisticadas, culturales y de “buen gusto”, pero que en realidad están construidas a partir de signos reconocibles vaciados de contexto. En plena expansión de la inteligencia artificial generativa, el término ayuda a explicar por qué tantas piezas visuales empiezan a parecer versiones distintas de una misma estética.
El tasteslop no es exactamente mal gusto. Tampoco es feísmo, descuido o vulgaridad visual. De hecho, ahí está buena parte de su interés: suele presentarse bajo una apariencia pulida, amable, sensible, incluso culta. Tiene buenas tipografías, colores bien combinados, referencias estéticas reconocibles, fotografías con grano analógico, cerámicas japonesas, cafés con aire editorial, sillas de diseño, libros sobre la mesa, serifas elegantes, tonos cálidos, texturas artesanales y una cierta melancolía de catálogo independiente. Todo parece estar en su sitio. Quizá demasiado.