Sweet Space Museum ha abierto una convocatoria para crear una instalación permanente en su espacio de Madrid. Ofrece hasta 5.000 euros, pero esa cantidad deberá cubrir materiales, fabricación, transporte, montaje, desmontaje, herramientas, personal técnico, equipos, seguros y cualquier otro gasto. Las bases no reservan una partida específica para remunerar el trabajo creativo. Para el artista quedan un iPad, visibilidad y contenido audiovisual. Y a todo lo llaman «premio».

Hay convocatorias que necesitan varias páginas para explicar sus condiciones y un solo párrafo para revelar cómo valoran el trabajo creativo. En las bases de la Sweet Space Open Call, ese párrafo aparece bajo el epígrafe «Condiciones económicas»: «Los 5.000 € financiarán la totalidad de la creación de la sala». A continuación, la organización enumera todo aquello que deberá pagarse con esa cantidad: materiales, fabricación, transporte, montaje, desmontaje, herramientas, personal técnico, equipos, seguros y «cualquier otro gasto necesario».
Es decir, los 5.000 euros no son un premio para el artista. Son el presupuesto máximo con el que deberá diseñar, producir y entregar una sala terminada, segura, interactiva, resistente al uso diario y preparada para recibir a miles de visitantes. El dinero no recompensa el trabajo: financia el producto que necesita el museo.
La diferencia no es semántica. Un presupuesto de producción sirve para pagar aquello que hace posible una obra. Los honorarios remuneran a quien la piensa, la diseña y asume la responsabilidad de ejecutarla. Sweet Space ha calculado cuánto puede gastar en conseguir una nueva sala para su negocio, pero no ha establecido cuánto merece cobrar la persona que la conciba.
Todo parece tener un precio menos el trabajo creativo. Lo tienen los materiales, el transporte, las herramientas, los seguros y el personal técnico. No aparecen, sin embargo, los honorarios por el concepto, el diseño, las pruebas, el desarrollo técnico, la coordinación, el seguimiento de la producción o el tiempo dedicado al montaje. El artista podría intentar incluir su remuneración dentro de esos 5.000 euros, porque las bases no lo prohíben expresamente, pero tendría que detraerla de una cantidad que ya debe cubrir íntegramente una instalación permanente y de alto tránsito. No se garantiza, por tanto, que cobre por su trabajo.
A cambio, la organización ofrece un iPad «como reconocimiento al artista y apoyo al proyecto», además de visibilidad en sus canales, una mención dentro del museo, contenido audiovisual y una presentación ante visitantes y medios. La vieja fórmula de la visibilidad reaparece así como sucedáneo de unos honorarios que nadie se compromete a pagar.
El resultado, en cambio, sí tiene un valor claro para Sweet Space. La intervención se incorporará de manera permanente a su recorrido, será utilizada por miles de visitantes y pasará a formar parte de la oferta con la que el museo atrae público. Las bases también establecen que el proyecto ganador deberá firmar la cesión de la propiedad de la obra a Astrosugar, la empresa responsable de Sweet Space, junto con las autorizaciones necesarias para explotar promocionalmente las imágenes y contenidos derivados de la intervención.
Antes de llegar hasta ahí, cada participante deberá presentar un boceto, render o moodboard, una descripción conceptual, una memoria técnica, un presupuesto y una estimación del tiempo de ejecución. Ese trabajo previo tampoco tiene remuneración para las propuestas que no resulten elegidas.
El problema no es únicamente que 5.000 euros puedan resultar insuficientes para producir una instalación de estas características. El problema es tener perfectamente identificados y presupuestados todos los recursos que necesita la obra, salvo el conocimiento y las horas de quien debe crearla. Si Sweet Space quiere impulsar el talento emergente, debería separar con claridad el presupuesto de producción de los honorarios profesionales. Lo demás consiste en financiar una nueva sala para un negocio privado y presentar un iPad y la promesa de visibilidad como recompensa.
Llamarlo «premio» no cambia la operación. El museo paga la obra que necesita; el trabajo creativo, de nuevo, se da por descontado.












