Óscar Guayabero estudió en l’Escola Massana y ha desarrollado una trayectoria vinculada al diseño, la teoría, la docencia, la escritura y el comisariado. Sin embargo, como muchos profesionales formados antes de la adaptación al Plan Bolonia, su titulación quedó en una especie de tierra de nadie: suficiente para construir una carrera reconocida, pero insuficiente para acceder con normalidad a determinados espacios académicos e institucionales. En esta entrevista, Guayabero señala no solo el perjuicio personal, sino una pérdida colectiva: el corte entre la práctica profesional y la enseñanza del diseño.

Cuando estudiaste diseño, ¿imaginabas que tu trayectoria acabaría tan vinculada a la teoría, la docencia y la investigación?
Cuando estudias no sabes qué camino va a tomar tu carrera. Yo, después de acabar en l’Escola Massana, estuve unos años tanteando opciones. Finalmente las cosas me fueron llevando hacia la teoría del diseño más que hacia su práctica. El entorno académico era uno de los espacios en los que desarrollé mi actividad: investigación, publicaciones, clases, etc.
¿Cuándo empiezas a ser consciente de que tu titulación podía convertirse en un problema?
Cuando empezó a aplicarse Bolonia, vi que, al no tener hecha la reválida, mi diploma de Massana no servía de gran cosa. De hecho, cuando estudiaba, nos propusieron unas clases extra para obtener una titulación del BEDA, pero más tarde aquello desapareció y nadie se hizo responsable.
En todo caso, el gran problema, al menos en Catalunya, es que la mayoría de escuelas son privadas. Cuando tocó legalizar profesores, cada una tiró por su lado. No hicieron un frente común. De hecho, yo organicé, estando en la Junta Directiva del FAD, una plataforma de escuelas de diseño para acordar una posición común ante el Departament d’Ensenyament. Pero no funcionó. Cada escuela intentó homologar a sus profesores y, si podía, impedir que las otras lo hicieran.
Algunas optaron por rematricular a sus profesores en clases fantasma que nunca se hicieron y, al cabo de cuatro años, los tuvieron titulados. Otras apostaron por hacer negocio con sus profesores y ofrecieron cursos puente con validaciones en el extranjero.
Yo, por no tener reválida y por considerar que era absurdo tener que volver a pagar por un título que ya tenía —hice cinco años, así que tengo créditos de sobra para un grado universitario—, no lo hice.

¿Qué consecuencias tuvo esa decisión en tu trabajo como docente?
Con el tiempo pienso que quizá me equivoqué, porque ya no puedo dar clases en los estudios de grado. He estado en casi todas las escuelas de la ciudad. Ahora doy clases en posgrados no universitarios, que no dan acceso a doctorado, y algunos workshops sueltos. También en algunas escuelas no regladas que han ido apareciendo.
Pero también veo a mis amigos y amigas que entraron en ese circuito y, una vez tuvieron el título, se les empezó a pedir el doctorado.
El resultado es que las escuelas de diseño, que antes tenían profesionales en activo como profesores y un paso bastante fluido entre el mundo académico y el laboral, ahora tienen profesionales de la enseñanza que seguro que hacen un trabajo excelente, pero que tienen poco conocimiento del mercado y de la práctica profesional.
A mí me ha perjudicado bastante. Pero no puedo quejarme: las decisiones las tomé yo. Incluso empecé un grado en la UOC, pero solo hice un semestre. Era incompatible con el trabajo y la familia. El trabajo que hice para una de las asignaturas después lo usaron como material para los alumnos de siguientes promociones.
Ahora he estado generando contenido para una asignatura que yo no puedo impartir por falta de titulación. Parece obvio que lo que me faltan no son conocimientos, tampoco reconocimientos. Tengo algunos premios Laus en trabajos en colaboración con otros, un premio ADI Cultura y el Premi Ciutat de Barcelona en la categoría de diseño. Pero no puedo dar clase a alumnos de grado.
¿En qué momentos concretos has notado más las consecuencias de esa falta de reconocimiento?
Como decía, en el mundo académico hay un antes y un después de Bolonia. En mi caso es evidente.
Pero, por ejemplo, cuando trabajé en la Dirección de Comunicación del Ayuntamiento de Barcelona, mi sueldo fue más reducido por no tener un grado universitario. Tampoco puedo presentarme a cargos de dirección de centros públicos. Por ejemplo, no puedo optar a ser director del DHub Museu del Disseny, a pesar de ser una de las pocas personas que ha hecho exposiciones o actividades en ese centro con todos los directores y directoras que ha tenido.


¿Qué le dirías hoy a las instituciones, escuelas y responsables del sector que no han resuelto este problema?
La idea es muy sencilla. Hay unas cuantas generaciones que han quedado en una especie de tierra de nadie sin poder homologar sus estudios. Creo que merecen un reconocimiento.
Pero lo más importante es que el conocimiento que esos profesionales tienen acumulado tras años de ejercicio no puede transmitirse a las siguientes generaciones. Ha habido un corte y muchas escuelas optaron por incorporar graduados y doctores de otras disciplinas, como Bellas Artes, Historia del Arte, Filosofía, etc. Eso ha generado una deriva de las escuelas hacia posiciones del diseño muy cercanas al arte.
No tengo nada en contra. Es más, mi trabajo siempre ha sido muy transversal e indisciplinado. Pero en algunos casos esa deriva se ha producido por desconocimiento del profesorado de temas disciplinares.
Creo que, por justicia, pero también para aprovechar esos conocimientos construidos desde la práctica profesional, debería establecerse un sistema de convalidaciones razonable. Sin menospreciar a quienes han dedicado años a obtener un título que ya tenían, pero tampoco a quienes no pudieron hacerlo por las razones que fueran.









