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La Comunidad de Madrid inicia el proceso para salvaguardar una obra de 1954 que conecta arte, arquitectura y espacio público en pleno centro de la ciudad.

Madrid avanza en la protección de uno de esos elementos que pasan desapercibidos en el día a día, pero que condensan buena parte de la historia visual de la ciudad. La Comunidad ha anunciado que declarará Bien de Interés Patrimonial (BIP) el único mural cerámico a pie de calle que se conserva en la capital del artista César Manrique. La obra, realizada en 1954, se encuentra en la calle Santa Cruz de Marcenado, en el distrito Centro, y formaba parte del acceso a un local comercial.
Lejos de tratarse de una pieza ornamental menor, el mural constituye un ejemplo singular de integración entre arte y arquitectura en el contexto de la posguerra española. Con una superficie de unos 15 metros cuadrados y compuesto por 369 azulejos, el conjunto presenta una composición de carácter geométrico con influencias del cubismo, algo poco habitual en el paisaje urbano madrileño de la época.
Un diálogo entre material, forma y ciudad
El valor de la obra no reside únicamente en su autoría, sino en cómo se articula formalmente con el espacio. Se trata de un mural en cerámica esmaltada con relieves, concebido específicamente para su soporte arquitectónico. La pieza utiliza únicamente tres colores —marrón, negro y blanco— para representar, de forma esquemática, distintas fases del proceso constructivo.
Cinco figuras de albañiles protagonizan la escena, ejecutadas con contornos definidos que favorecen una lectura casi táctil de la imagen. Las herramientas —paletas, palas, reglas de nivelación— aparecen sintetizadas en un lenguaje visual que combina precisión técnica y estilización. En la parte superior, un círculo blanco introduce un punto de equilibrio compositivo, mientras que una figura animal —un perro— rompe la lógica constructiva de la escena, aportando un matiz narrativo inesperado.
La composición se divide entre interior y exterior, pero mantiene una coherencia visual que refuerza la idea de continuidad entre espacio público y privado. Es precisamente esta condición —su presencia directa en la calle— la que convierte al mural en un caso excepcional dentro de la obra de Manrique en Madrid.
Protección institucional y memoria urbana
El proceso de declaración como Bien de Interés Patrimonial se suma a medidas previas adoptadas por el Ayuntamiento de Madrid, que ya había aprobado la suspensión de obras en la fachada y el interior del local para garantizar su conservación. Esta decisión permitió iniciar un expediente urbanístico orientado a proteger y difundir la pieza sin interferir en otros usos del inmueble.
Más allá de su valor artístico, el mural funciona como un documento material de una época concreta: los años 50, un momento de transformación en el lenguaje visual y arquitectónico en España. En ese contexto, la obra de César Manrique anticipa algunas de las constantes que definirían su trayectoria posterior, especialmente su interés por integrar arte, entorno y vida cotidiana.
La declaración como BIP no solo garantiza su preservación física, sino que también reconoce el papel del diseño y las artes aplicadas en la construcción de la identidad urbana.














