Imagina que viene el gobierno de turno —quizá el próximo— y, con total naturalidad, te plantea lo siguiente: la bandera de España es demasiado roja. Roja en exceso. Incluso a la selección nacional la llamamos “la Roja”.
Demasiada carga simbólica, demasiada pasión, demasiado conflicto. Hemos pensado —te dicen— que sería más adecuado cambiar las franjas por azules. El azul es más regio, más institucional. España es un reino, al fin y al cabo, y el azul representa mejor esa idea de nación. Además, añaden, ya hemos vestido a la selección de azul en alguna ocasión. Si la selección puede ir de azul, ¿por qué no la bandera?