Los diseñadores vivimos demasiado pendientes del presente, de las tendencias, de lo que acaba de aparecer, de la tipografía que ahora vemos por todas partes o del recurso gráfico que parece nuevo durante unos meses. Sin embargo, muchas de las cosas que hacemos permanecerán bastante más de lo que imaginamos y quizá deberíamos diseñar pensando un poco menos en mañana y bastante más en quién tendrá que entender nuestro trabajo dentro de cinco, veinte o cien años.

Este verano estuve leyendo el primer número de The Humanist Review of AI Nº 1, una nueva revista que recomiendo encarecidamente. Tengo cierta debilidad por comprar y leer números uno, porque me interesa ese momento en el que una publicación todavía tiene que explicar qué quiere ser y cómo quiere mirar el mundo. Este primer número, People & Technology, aborda además la inteligencia artificial desde un lugar menos previsible de lo habitual: no desde las herramientas, capacidades y promesas tecnológicas, sino desde el humanismo y nuestra relación con la tecnología.
En una de sus conversaciones aparece Amaury Greig, socio y director de operaciones de Renzo Piano Building Workshop, hablando sobre arquitectura e inteligencia artificial. Hubo una respuesta que se me quedó dando vueltas durante días porque, aunque hablaba de arquitectos, terminé leyéndola como si estuviera hablando de nosotros, los diseñadores.
Greig decía exactamente esto:
¿Cómo piensan los arquitectos en el futuro?
Los arquitectos tienen que ser optimistas por naturaleza. Desde el principio hasta el final, un proyecto normal dura entre seis y siete años. ¡Es muchísimo tiempo! Hace siete años, el mundo era un lugar diferente y, dentro de otros siete, será radicalmente distinto. Por tanto, hay que ser algo futurista, sí, pero ante todo optimista, e intentar imaginar y construir los mejores resultados posibles para las personas que habitarán los lugares que diseñamos.
Y eso es solo el comienzo, porque la antigüedad media de los edificios de París supera ampliamente los 150 años. Esa construcción estará allí todos los días, bajo la lluvia, la nieve y el sol, expresando todavía una declaración concebida décadas antes. Esto contrasta radicalmente con la velocidad a la que evoluciona la tecnología, algo que puede generar cierta ansiedad en un arquitecto.
Los productos tecnológicos suelen desarrollarse para responder a necesidades inmediatas. Me pregunto si esta aceleración ha diluido de algún modo —cuando no eliminado— la cuestión de la trascendencia en el diseño y la producción de tecnología. Aquello que concebimos como temporal no se desarrolla con el mismo grado de atención o cuidado.
Por eso necesitamos algo de tiempo. Hace falta realizar muchos dibujos fallidos antes de llegar finalmente al adecuado; ese es el proceso. Es normal, no pasa nada. Necesito hacer cien dibujos para comprender que el número 101 es el correcto.
Y fue ahí donde dejé de pensar en arquitectura y empecé a pensar en nuestro trabajo.
Los diseñadores gráficos somos muy del ahora y mantenemos con el tiempo una relación bastante más cercana a la moda que a la arquitectura. Miramos tendencias, estilos, referencias, tipografías y recursos gráficos, porque nuestro trabajo forma parte de la cultura visual de cada momento, pero quizá hemos asumido con demasiada facilidad que contemporáneo significa también provisional.
Buena parte de lo que hacemos parece efímero. Un cartel anuncia algo que durará unos días, una entrada sirve para acceder una vez a un concierto, una bolsa transporta una compra hasta casa y una caja de zapatos parece destinada al contenedor. Sin embargo, muchos conservamos entradas de conciertos de hace veinte o treinta años, y no solo por el recuerdo de lo que ocurrió, sino porque nos gustaba aquella entrada. También guardamos etiquetas, cajas, bolsas, carteles, revistas o envases que alguien diseñó pensando probablemente en una vida útil muy corta.
El diseño tiene esa extraña capacidad de sobrevivir a su propia función.
Lo veo especialmente en los libros y las revistas, quizá porque son objetos a los que presto mucha atención. Hay publicaciones tan empeñadas en parecer contemporáneas que casi llevan incorporada su fecha de caducidad: tipografías demasiado particulares, composiciones incómodas, cuerpos minúsculos o retículas que parecen necesitar demostrar constantemente que quien las ha diseñado sabe romperlas.
El problema no es que envejezcan, porque todo diseño envejece y no pasa nada. El problema es que algunas decisiones que en un momento parecían muy actuales resultan poco después difíciles de leer o de entender porque antepusieron la expresión a la función. Una publicación de hace cincuenta años puede mostrar perfectamente su época y, sin embargo, seguir funcionando hoy. Conseguir eso me parece mucho más interesante que estar simplemente a la última.
Demasiado artista, poco arquitecto
Quizá por eso me interesan tanto la señalética y la infografía. Son disciplinas en las que existe menos margen para determinadas frivolidades porque una señal tiene que conseguir que alguien encuentre una salida, un plano debe llevarte de un lugar a otro y una información gráfica tiene que permitir comprender unos datos. Todo puede ser bellísimo, pero si el virtuosismo del diseñador dificulta entender aquello que debía explicar, algo ha salido mal.
Y aquí voy a meterme en un pequeño jardín: creo que el diseño gráfico está lleno de artistas encubiertos.
Lo digo habiendo estudiado Bellas Artes y precisamente porque creo que ser artista está muy bien. Pero en diseño encuentro demasiadas veces una voluntad de autor que necesita dejar constancia de su talento allí donde quizá debería desaparecer, mientras echo en falta más analistas, más técnicos y más profesionales capaces de comportarse como arquitectos de la información: entender primero qué tienen delante, para quién lo hacen, cuánto tiempo debe funcionar y qué problema necesitan resolver.
No estoy defendiendo un diseño neutral o aburrido. Hay proyectos que necesitan experimentación, radicalidad e incluso incomodidad. Una portada puede provocar y un cartel puede desconcertar. La cuestión está en saber cuándo corresponde y cuándo el virtuosismo se convierte simplemente en una interferencia.
Y aquí vuelvo a los cien dibujos de Greig, porque vivimos precisamente en un momento en el que la tecnología permite generar cien imágenes, cien composiciones o cien variantes en unos minutos, pero esos cien resultados no equivalen necesariamente a sus cien dibujos. Lo importante no era la cantidad, sino todo lo que sucedía entre uno y otro: la duda, el error, el descarte, la comparación y el tiempo necesario para comprender realmente el problema.
Quizá el riesgo no sea que las máquinas hagan las cosas demasiado rápido, sino que nosotros acabemos creyendo que también debemos pensar a esa velocidad.
Un arquitecto sabe que aquello que está dibujando hoy puede seguir delante de otras personas dentro de cien años. Nosotros no sabemos cuánto durará una revista, una identidad, una bolsa o una entrada de concierto, pero quizá deberíamos diseñarlas recordando que pueden permanecer mucho más de lo previsto.
Por eso hay una pregunta que me parece útil antes de terminar cualquier proyecto: ¿seguiría haciendo esto exactamente igual si supiera que alguien tendrá que verlo, leerlo o utilizarlo dentro de veinte años?
Si la respuesta es no, quizá todavía nos falte el dibujo 101.












