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El Bàsquet Manresa ha abierto un concurso para diseñar el nuevo logotipo de su fundación. La convocatoria, dirigida “a todo tipo de participantes”, plantea como única recompensa para la propuesta ganadora una experiencia VIP en el Nou Congost durante un día de partido. Sin compensación económica, sin encargo profesional y con la promesa de que la propuesta seleccionada servirá como base para desarrollar la nueva identidad.

Es una entidad privada. Puede hacerlo. Puede lanzar este tipo de convocatoria y medir la respuesta. Nadie lo impide. Pero que pueda hacerlo no significa que no haya que señalarlo.
Porque el problema ya no es solo el concurso en sí —que también—, sino lo que revela. Lo que normaliza. Lo que dice, sin decirlo, sobre el lugar que ocupa el diseño hoy.
No hacen lo mismo con los jugadores. No abren una convocatoria para que cualquier aficionado baje a la pista a tirar tiros libres “a ver si hay suerte” y, si encesta, se queda con el puesto. Nadie lo consideraría serio. Nadie lo plantearía como una opción. Sin embargo, con el diseño sí. Y eso no es anecdótico.
Que esto ocurra, además, en Cataluña —territorio históricamente vinculado al diseño, donde durante décadas ha sido parte del discurso cultural y económico— añade una capa más incómoda. Ni siquiera en uno de los contextos donde el diseño ha sido bandera se libra de este tipo de planteamientos.
Se invita a todos. También a los profesionales. Sin remuneración. Sin condiciones. Sin reconocimiento real. Y eso ya no es solo una mala práctica: es un agravio directo al sector. No es que no se comparta. Es que resulta difícil no interpretarlo como un insulto.
Porque lo que hay detrás es una idea muy concreta: que el diseño no es un trabajo en el sentido pleno de la palabra. Que está más cerca del entretenimiento, del hobby, de algo que se hace “por probar” o “por participar”, que de una actividad profesional con valor económico. Por eso el premio no es un honorario. Son entradas VIP.
Y en ese gesto aparentemente menor se condensa todo. La percepción social, la posición del sector, el respeto —o la ausencia de él— hacia una profesión que sigue teniendo dificultades para ser entendida como lo que es: un trabajo.
Lo incómodo no es el caso aislado. Es la acumulación. Que esto ya no sorprende. Que se repite en concursos, convocatorias, instituciones, empresas. Cada semana. Cada mes. En cada ciudad.
La pregunta, entonces, deja de ser qué hace el Bàsquet Manresa. Y pasa a ser otra. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?













