El eclipse total de Sol de ayer dejó tras de sí algo más que fotografías de cielos oscurecidos. Diseñadores, ilustradores, estudios, artistas y marcas partieron prácticamente de los mismos elementos -dos círculos, luz y oscuridad- para construir relatos muy diferentes. Reunimos algunas de esas respuestas para observar qué ocurre cuando un acontecimiento que todos reconocemos se convierte en materia de diseño y aparece una dificultad inevitable: si el punto de partida visual es tan evidente, ¿cómo escapar del cliché?

Durante unos minutos, millones de personas estuvieron mirando hacia el mismo lugar. En buena parte de España, la Luna avanzó sobre el Sol hasta ocultarlo por completo en el primer eclipse total visible desde la Península en más de un siglo. Había algo extraordinario en el acontecimiento, por supuesto, pero también algo de una simplicidad gráfica casi desconcertante: un círculo delante de otro.
Pocos fenómenos naturales ofrecen una imagen tan elemental y, al mismo tiempo, tan reconocible. Dos formas geométricas, una superposición, un cambio de luz, la oscuridad y, durante la totalidad, esa corona que devuelve al Sol algo de su presencia cuando aparentemente ha desaparecido. Apenas hacen falta unos cuantos elementos para que cualquiera entienda lo que está viendo.
Quizá por eso el eclipse resulta especialmente interesante desde el diseño. Porque cuando el referente es tan evidente, representar deja de ser la parte difícil. Un eclipse es visualmente muy sencillo -dos círculos, luz y oscuridad- y por eso es interesante comprobar qué hace cada artista con los mismos elementos.
¿Cómo se evita que un círculo negro delante de otro círculo termine siendo simplemente otro círculo negro delante de otro círculo? ¿Qué decide conservar un diseñador, qué elimina, qué exagera, con qué lo relaciona y, sobre todo, qué historia consigue construir alrededor de una imagen que millones de personas conocen de antemano?
Las horas anteriores y posteriores al eclipse convirtieron las redes sociales en una especie de observatorio gráfico paralelo. Aparecieron ilustraciones, carteles, identidades improvisadas, camisetas, campañas publicitarias, exposiciones y trabajos personales. Algunos pretendían explicar el fenómeno; otros simplemente celebrarlo. También hubo humor, apropiación comercial, experimentación y quien se preguntó si, después de todo, aquello merecía tanto entusiasmo.
Todos partían, más o menos, del mismo lugar. Pero no todos estaban mirando lo mismo.
Muchas maneras de mirar un eclipse
La diseñadora multidisciplinar Sara Nogaledo, que trabaja desde Bilbao en identidad, diseño digital y editorial, redujo el fenómeno prácticamente a sus ingredientes esenciales. En su pieza publicada el mismo 12 de agosto aparece la fecha, la hora -20:28-, formas geométricas y una composición donde el eclipse deja de ser tanto una ilustración como un acontecimiento ordenado gráficamente. La imagen funciona desde la retícula y la jerarquía, trasladando algo que ocurre en el cielo a un lenguaje reconociblemente editorial.
El diseñador gráfico Pablo Conde, detrás de Papo Designs, se fue hacia otro territorio. Publicó un ejercicio alrededor del eclipse construido desde el lenguaje del logotipo y la identidad visual. El fenómeno deja aquí de ser únicamente un acontecimiento para acercarse a la lógica de una marca: reducir, sintetizar y encontrar una forma suficientemente reconocible como para poder existir por sí misma.
El trabajo del ilustrador madrileño Daniel Montero Galán lleva años transitando entre la ilustración, el cartel, el ámbito editorial y proyectos relacionados con la divulgación; el propio Observatorio Astronómico Nacional conserva y referencia una infografía suya dedicada al Real Observatorio de Madrid. Para el eclipse realizó las ilustraciones de una Datateca divulgativa y una serie difundida por El Lucernario bajo el nombre Eclipse total fan club. Aquí las imágenes no solo identifican el fenómeno: ayudan a acercarse a él, a explicarlo y a convertir datos científicos en una narración visual accesible.
Bor, que publica su trabajo gráfico como @ilustrabor, publica su pieza Eclipsados por el wifi, donde utiliza el eclipse como punto de partida para hablar de una escena mucho más terrestre. Mientras todo invita a levantar la vista hacia un acontecimiento excepcional, aparece nuestra relación cotidiana con las pantallas y la conexión permanente.
Agustina Shuan, ilustradora argentina nacida en Buenos Aires en 1988 y afincada en Galicia desde hace una década, realizó para Zara una ilustración específica convertida en camiseta. El eclipse aparece acompañado de pájaros y flores en una composición que se aleja del lenguaje científico para entrar directamente en el universo gráfico de la autora. Zara comercializó la prenda como una edición vinculada al acontecimiento y la propia firma acredita la estampación de Shuan.
También están Mikel Urmeneta y Monkeys Tribe. La firma lanzó un drop específico inspirado en el eclipse, trasladando el acontecimiento al terreno del dibujo, la camiseta y la cultura gráfica. En lugar de producir una única imagen conmemorativa, el eclipse sirve para activar un pequeño repertorio de piezas y personajes dentro de un universo visual que ya existía previamente.
La publicidad, por supuesto, también vio una oportunidad. Wejazz construyó para Ferrero Rocher una campaña en la que el producto y el eclipse podían encontrarse casi sin esfuerzo: el helado circular ocupa el lugar del astro mientras la marca aprovecha el dorado, la luz y la expectativa alrededor del acontecimiento para presentar su nueva gama. La campaña fue lanzada semanas antes del eclipse.
El Museo Nacional del Prado en colaboración con el estudio creativo AMB Piensa, expuso El Prado a la luz del eclipse, una pieza audiovisual que imagina cómo cambiarían algunas de sus obras más conocidas si el eclipse atravesara la luz de las escenas representadas. Las meninas de Velázquez, El quitasol o La pradera de San Isidro de Goya, entre otras, se oscurecen progresivamente mientras cambian las sombras, los reflejos y la temperatura de la imagen. La producción combina inteligencia artificial, creación digital e intervención gráfica, pero lo interesante no está tanto en la herramienta como en la operación visual: en lugar de volver a representar un eclipse, utiliza el fenómeno para obligarnos a mirar de nuevo imágenes que creíamos conocer.

Pero entre todas esas imágenes apareció también una reacción que no produjo necesariamente un cartel, una ilustración o una camiseta. No todo el mundo dentro del territorio creativo compartió el entusiasmo por el eclipse. En redes podían encontrarse junto a quienes hablaban de una experiencia extraordinaria otras voces que relativizaban el acontecimiento, cuestionaban el revuelo o contemplaban con cierta distancia la excitación colectiva.
La tensión es interesante porque también habla de una manera de mirar. Hay quienes encuentran en un acontecimiento así una excusa perfecta para observar, dibujar, fotografiar, experimentar o sencillamente dejarse sorprender. Y hay quienes reaccionan ante la misma excitación colectiva rebajando su importancia: es un eclipse, ocurre periódicamente, tampoco es para tanto. Entre ambos extremos aparece algo que conocemos bien en la cultura visual contemporánea: la dificultad de entregarse al asombro sin sentir que estamos cayendo en la ingenuidad o participando del entusiasmo de todo el mundo.
No hay nada necesariamente más inteligente en ninguna de las dos posiciones. El escepticismo puede ser útil frente al ruido y la sobreactuación que acompaña a cualquier acontecimiento masivo. Pero también puede convertirse en una forma de superioridad en la que la necesidad de demostrar que aquello que entusiasma a los demás a nosotros ya no consigue impresionarnos. Para un oficio construido precisamente sobre la curiosidad, la observación y la capacidad de encontrar interés en las cosas, la paradoja resulta al menos llamativa.
Y todavía existe una tercera respuesta. El fotógrafo de paisaje y naturaleza Dani Sanz escribió antes del eclipse que «no todo tiene que ser fotografiado». No estaba restando importancia al fenómeno, sino defendía que quizá un acontecimiento excepcional merecía también ser vivido sin pasar todo el tiempo a través del visor de una cámara. Pedía a quienes fueran a fotografiarlo que no se olvidaran de levantar la mirada. También esa, o sea esa, la forma de mirar.
El difícil arte de no dibujar otro círculo negro
Rastrear el eclipse en redes, campañas y publicaciones deja también la sensación de que hay muchos eclipses que se parecen entre sí.
No cuesta entender por qué. El repertorio visual parece venir dado por el propio fenómeno: disco negro, halo de luz, media luna, fondo oscuro, estrellas, degradados entre naranja, violeta y negro. Basta recorrer durante unos minutos las publicaciones de instituciones, alojamientos turísticos, comercios, ayuntamientos o eventos para encontrarse una y otra vez con variaciones de la misma escena. Pero eso no convierte esas imágenes en malos diseños.
Un cartel creado para anunciar una observación pública del eclipse tiene una función elemental: necesitamos entender en un instante de qué está hablando. Utilizar el código más reconocible puede ser la decisión correcta. La comunicación va de algo así.
Quizá la pregunta no sea, por tanto, cómo diseñar un eclipse sin utilizar un círculo. Sería un ejercicio algo absurdo. La cuestión es qué hacemos con ese círculo después de reconocerlo.
La facilidad de hoy con la que plantillas, bancos de recursos y herramientas de generación mediante inteligencia artificial permiten producir imágenes espectaculares en cuestión de segundos. El eclipse resulta casi perfecto para ese tipo de producción: ofrece una iconografía inequívoca, espectacularidad inmediata y un repertorio visual que las máquinas conocen de sobra. La abundancia nos dice que cuantas más imágenes somos capaces de producir, más importante resulta tener algo que decir con ellas. El elemento diferencial lo tenemos todos, y es la mirada.















