Para desafiar las convenciones del libro resulta imprescindible incluir estrategias de diseño en el proceso de escritura: proyectar una narrativa teniendo en cuenta también su parte física.
La historia del libro está poblada de ejemplos que desafían las convenciones de lectura a través del objeto. En el siglo XVIII, Laurence Sterne desafió la linealidad de la novela al crear una obra, La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, que obligaba a digresiones y desvíos en la lectura a través del texto y de recursos visuales. Aproximadamente un siglo más tarde, el poeta Stéphane Mallarmé experimentó con el espacio del lenguaje en su famoso Una jugada de dados. Las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo fueron un campo fértil para la exploración del artefacto editorial y los libros de artista replantearon la importancia de la dimensión material del objeto. En el siglo XXI, en plena época de la estética del libro físico, las convenciones de lectura se rompen al crear narrativas que resisten la fluidez de lo electrónico: narrativas creadas por y para el medio impreso pero que a la vez abrazan lo digital.