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«Nos han echado de casa», por Víctor Palau

Por Víctor Palau
01/06/2026
en Opinión
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Después de 26 años, dejamos la oficina desde la que hemos pensado, diseñado, escrito, empaquetado, discutido y construido buena parte de lo que hoy es Gràffica. No es solo una mudanza. Es también el final de una manera de estar en la ciudad, de trabajar en ella y de creer que todavía quedaban lugares desde los que levantar proyectos culturales sin que todo estuviera sometido a la presión del dinero, del turismo y del rendimiento inmediato.

Esta semana hemos terminado de vaciar la oficina. No debería ser una frase tan grande, pero lo es. Una oficina, en teoría, es solo un lugar de trabajo: mesas, sillas, cables, archivadores, ordenadores, cajas, papeles que nadie sabe muy bien por qué siguen ahí, revistas antiguas, facturas que aparecen en el cajón equivocado, pruebas de imprenta, muestras de papel, paquetes, sobres, libros, tazas, plantas medio supervivientes y esas pequeñas cosas que no tienen valor económico pero que, con los años, se convierten en una especie de biografía material. Pero cuando uno ha pasado 26 años entrando por la misma puerta, una oficina deja de ser una oficina. Se convierte en casa.

Y sí, tengo una sensación amarga. Muy amarga. Tengo la sensación de que han ganado. De que ellos, los que vienen de fuera, los que miran una ciudad como una oportunidad de rentabilidad y no como un lugar donde viven personas, han ganado. Durante todos estos años sabíamos que este momento podía llegar. Lo sabíamos. La amenaza siempre estaba ahí, a veces más cerca, a veces más lejos, como una sombra administrativa, inmobiliaria y turística que se aplazaba una y otra vez. Cada retraso en la construcción del hotel de cinco estrellas gran lujo lo vivíamos, quizá de forma ingenua, como una pequeña victoria. Una semi victoria. Seguíamos allí. Resistíamos. Abríamos la puerta cada mañana. Encendíamos los ordenadores. Hacíamos revistas, libros, noticias, premios, proyectos, envíos, reuniones. La vida seguía. Hasta que dejó de seguir.

Tal vez siempre estuvimos en el sitio equivocado. A veces lo pienso. ¿Qué hacía una redacción de una revista de diseño en un lugar así? ¿Qué hacía una pequeña empresa cultural independiente en un edificio emblemático, en un piso once, con una terraza inmensa, con luz, con vistas, con silencio, con una paz casi impropia del centro de una ciudad? Tal vez no era nuestro sitio. Pero entonces, ¿dónde? ¿Dónde deben estar los proyectos culturales que no pertenecen a grandes grupos, que no han heredado edificios, que no nacen protegidos por apellidos, patrimonios familiares o fondos de inversión? ¿En qué parte de la ciudad deben trabajar quienes la cuentan, quienes la piensan, quienes la diseñan, quienes la editan?

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Hay quienes defienden que el turismo es la solución a todos los problemas de la ciudad. Hay incluso quienes han unido diseño y turismo en un mismo relato amable, brillante, lleno de palabras bonitas y fotografías luminosas. Pero deberían saber que esto también forma parte de lo que promueven. Esta es una de sus consecuencias. Que a algunos nos digan que molestamos. Que donde antes había una redacción, un estudio, un pequeño ecosistema de trabajo, pensamiento y cultura, ahora tenga que haber habitaciones caras, copas en una terraza y visitantes brindando donde nosotros discutíamos portadas, cerrábamos revistas o abríamos paquetes enviados por lectores de medio mundo.

A otros les regalan la oficina. A otros les ponen alfombra institucional. A otros les financian el relato de una ciudad creativa, moderna, amable, mediterránea y deseable. A otros nos echan para que unos turistas millonarios puedan disfrutar de “nuestra terraza” y dormir donde durante años estuvo “nuestra oficina”. Entiendo perfectamente que la ciudad cambia, que los edificios tienen propietarios, que las cosas se venden, se rehabilitan, se transforman y se explotan. No soy ingenuo. Pero eso no elimina el sentimiento de injusticia. Al contrario. Lo hace más nítido. Y, sin embargo, sería deshonesto contar solo esa parte. Porque también hemos tenido un privilegio enorme. Uno de esos privilegios que quizá solo se entienden del todo cuando desaparecen.

Durante 26 años hemos trabajado en un lugar extraordinario. En un edificio que forma parte de la memoria vertical de Valencia, levantado en una época en la que la ciudad empezaba a mirar hacia arriba y a imaginar otra escala. Un edificio con estructura de hierro, con remaches, con una presencia poderosa, construido en los mismos años en los que el mundo levantaba algunos de sus grandes símbolos modernos. Durante mucho tiempo fue uno de esos lugares que marcaban el perfil de la ciudad, una referencia visual, casi una atalaya desde la que mirar lo que ocurría abajo.

Nosotros estuvimos allí. Y eso, para alguien como nosotros, no era lo normal. Ana y yo no somos herederos de ninguna fortuna. No hemos recibido una herencia millonaria. No hemos heredado el negocio de nuestros padres ni un edificio en el centro. Venimos, como tantos otros, de trabajar, de insistir, de equivocarnos, de volver a intentarlo, de hacer cuentas, de levantar proyectos con más deseo que margen y con más horas que certezas. Poder desarrollar nuestra actividad en nuestra ciudad, en un espacio así, hubiera sido imposible en casi cualquier otro lugar. Y quizá esa es una de las cosas que más me preocupa: que aquella Valencia que todavía permitía sacar adelante proyectos sin una presión económica salvaje parece estar extinguiéndose. Porque aquel lugar no era solo bonito. Era útil para pensar.

Se podía ir andando a trabajar. Y eso cambia mucho más de lo que parece. Durante años, buena parte del equipo iba a pie a la oficina. Llegar caminando, cruzar la ciudad, subir, entrar, mirar por la ventana y empezar el día de otra manera. Había luz. Había serenidad. Había una terraza enorme desde la que todo parecía más comprensible, aunque luego nada lo fuera. Era un lugar en el centro, pero no ruidoso. Un lugar elevado, pero no aislado. Una especie de observatorio desde el que pensar, ordenar, mirar, decidir. Allí pasó casi todo.

Allí pensamos Gràffica mucho antes de saber exactamente qué iba a ser Gràffica. Allí decidimos hacer una revista en papel cuando todo el mundo parecía decir que el papel estaba muerto. Allí se diseñaron números, se corrigieron textos, se pelearon titulares, se discutieron portadas, se cerraron presupuestos, se gestionaron crisis, se prepararon envíos, se celebraron pequeños éxitos y se soportaron fracasos que a veces dolían más de lo que reconocíamos. Allí ideamos los Premios Gràffica y llamamos a los premiados cuando todavía no sabían que habían recibido el galardón. Todavía resuenan aquellos gritos de alegría al otro lado del teléfono, las gracias, los silencios emocionados, los agradecimientos de quienes entendían que ese reconocimiento no era solo un premio, sino una forma de decirles que su trabajo importaba.

Allí estuvo nuestro ecommerce. Allí recuerdo empaquetar la revista sobre ilustración en pleno confinamiento, rodeado de cajas, con esa mezcla extraña de miedo, responsabilidad y terquedad que nos sostuvo en aquellos meses.

También recuerdo que, pocos días después del confinamiento, muchos queríamos volver allí. No por irresponsabilidad, sino porque allí estábamos mejor que en casa. Recuerdo a personas del equipo preguntando: “¿Pero yo puedo ir a la oficina?”. Y esa frase decía mucho. Decía que aquel lugar no era solo el sitio donde se cumplía un horario. Allí estaban sus cosas, sus rutinas, sus bromas, sus silencios, sus plantas, sus libretas, sus tazas, sus manías. Esas pequeñas pertenencias que convierten un espacio de trabajo en una forma de hogar. Yo, sin duda, he pasado más tiempo allí que en mi propia casa.

Desde aquella terraza vimos pasar la ciudad. Vimos las Fallas, las noches largas, algunas Nocheviejas que unos pocos tuvieron el privilegio de celebrar desde allí, y también las mareas de manifestaciones de los años más duros de la crisis de 2008. Desde arriba se veía cómo una ciudad se movía cuando estaba cansada, enfadada o esperanzada. Ahora, tantos años después, esa imagen vuelve de otra manera con las huelgas de la educación valenciana.

Allí también recibimos miles de cosas enviadas por lectores, autores, editoriales, diseñadores, escuelas, estudios y marcas de todas partes. Cada día podía ser una sorpresa. La cartera aparecía con paquetes, sobres, libros, revistas, catálogos, muestras, cartas, objetos raros. Una cartera a la que acabas llamando por su nombre porque viene todos los días. Esa relación cotidiana también forma parte de lo que se pierde. La oficina no era solo lo que hacíamos dentro. Era también todo lo que llegaba a ella.

Y, por supuesto, no todo fue bonito. Sería ridículo fingirlo. Allí también hubo grandes enfados. Muchos. No todo salió como queríamos. No todo salió como esperábamos. No todas las personas estuvieron a la altura de lo que uno imaginaba. También hubo discusiones largas, debates tensos, decisiones difíciles y gente que me sacó de quicio. Mucho. Pero incluso quienes me hicieron enfadar, por su actitud o por sus actos, me enseñaron algo sobre este oficio extraño que todavía no sé muy bien cómo nombrar. ¿Diseñador? ¿Editor? ¿Periodista? ¿Organizador? ¿Profesor? ¿Empresario cultural? Seguramente un poco de todo y, a veces, demasiado de todo a la vez.

Por esa oficina han pasado cientos de personas. Cientos. Algunas llegaron para dar sus primeros pasos profesionales. Entraron como becarios y acabaron convirtiéndose en piezas fundamentales del proyecto. Otros estuvieron poco tiempo, pero dejaron algo. Otros crecieron allí y después siguieron su camino. Hoy muchos ocupan puestos importantes, hacen trabajos valiosos, dirigen proyectos, enseñan, diseñan, editan, comunican. Me enorgullece pensar que aquel espacio fue también un lugar de formación real. Una redacción donde se aprendía haciendo, equivocándose, escuchando, discutiendo, corrigiendo, llegando tarde, cerrando noticias, montando cajas, preparando una gala o escribiendo una entradilla a toda prisa.

Llegamos a ser 26 personas en nómina durante muchos años. Una redacción grande para lo que éramos. Una locura, quizá. Pero también una demostración de que durante un tiempo fue posible. Allí aprendimos a hacer un medio de comunicación. Allí aprendimos a gestionar información, textos, imágenes, clientes, suscriptores, lectores, premios, libros, eventos. Allí vimos cómo cambiaba internet, cómo cambiaban las redes, cómo cambiaba el diseño, cómo cambiaba la publicidad, cómo cambiaba la profesión y cómo cambiábamos nosotros.

Y justo ahora, cuando nos marchamos, nos damos cuenta de que hemos estado tan ocupados con la mudanza, tan metidos en ese pequeño trauma de cambiar de casa, que se nos ha olvidado contar algunas cosas importantes. Hemos cumplido diez años haciendo una revista de papel. Diez años. Algo que, visto con distancia, resulta casi inaudito. También hemos alcanzado los 130.000 seguidores en Instagram. Hemos abierto nuevas secciones, nuevas colaboraciones con marcas, nuevos proyectos. Incluso estamos preparando un asistente de inteligencia artificial que esperamos presentar pronto. La vida seguía pasando, pero nosotros estábamos rodeados de cajas.

Quizá por eso el sentimiento es tan agridulce. Por un lado, está la rabia. La sensación de derrota. La certeza de que la ciudad que durante años hizo posible un proyecto como el nuestro está dejando paso a otra ciudad más cara, más limpia en apariencia, más preparada para ser fotografiada y consumida, pero menos habitable para quienes trabajan en ella. Por otro lado, está el orgullo. El privilegio de haber estado allí. De haber ocupado ese lugar durante más de dos décadas. De haber hecho algo desde allí. De haber convertido una oficina en una redacción, una redacción en una editorial, una editorial en una comunidad y una comunidad en una forma de mirar el diseño.

También hemos tenido suerte. Mucha. Hemos encontrado otro lugar. Un espacio más pequeño, sí, pero muy interesante. Un lugar que ya responde a otro tiempo y a otro modelo. Las redacciones hace años que se han descentralizado. Probablemente no volveremos a llenar una oficina con tantas personas trabajando cada día en una misma sala. Pero el nuevo espacio tiene algo que el anterior no tenía: está a pie de calle. Será una redacción más abierta, más dinámica, más cercana. Un lugar donde cualquiera podrá entrar, ver lo que hacemos, tocar los libros, las revistas, los objetos, asistir a una charla, a un taller, a una presentación, a un debate. Un lugar donde esperamos que vuelvan a pasar cosas. No será la misma casa. Pero puede ser otra casa.

Dentro de unos años, seguramente caminaremos por la ciudad, miraremos hacia arriba y veremos aquel edificio lleno de turistas. Tal vez alguien brindará en la terraza donde nosotros celebramos cierres imposibles. Tal vez alguien dormirá en el lugar donde empaquetamos revistas durante una pandemia. Tal vez alguien se hará una foto donde discutimos una portada o donde decidimos que merecía la pena seguir haciendo una revista de diseño cuando casi nadie entendía por qué.

Y entonces pensaremos: ahí se hizo magia. Nos han echado de casa, sí. Pero no nos han echado de lo que somos. Seguimos.

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