Estoy harto. Pero harto de verdad. Harto de escucharos hablar del ecosistema del diseño, de la comunidad, del sector, de la profesión, de la defensa de lo nuestro. Harto de veros en mesas redondas, en congresos, en presentaciones, en encuentros institucionales, en viajes, en ferias, en actos donde siempre hay tiempo para una foto, para una declaración solemne, para una palabra grande sobre el valor del diseño. Harto de oíros decir que trabajáis por el diseño mientras habéis sido incapaces de pelear de verdad por una de las mayores vergüenzas que arrastra esta profesión: el abandono de toda una generación formada en Artes y Oficios.

Sí, os hablo a vosotros. A vosotros, que ocupáis un cargo en una escuela. A vosotros, que dirigís un centro. A vosotros, que representáis a una institución. A vosotros, que pedís dinero al ministerio para viajar a ferias, organizar encuentros, montar actividades, impulsar programas, redactar manifiestos o levantar observatorios de lo que haga falta. A vosotros, que llenáis informes de palabras como innovación, excelencia, futuro, transferencia o ecosistema. A vosotros os pregunto: ¿no os da vergüenza?
Me estáis diciendo que muchos de los Premios Nacionales de Diseño no merecen tener ese reconocimiento académico, que no han merecido tener esa homologación, que no han merecido ese título. Me estáis diciendo que Pepe Gimeno no tiene derecho a un título superior. Que Josep Maria Mir no está capacitado para dar clase o para tener el rango que se merece. Que Óscar Mariné no tiene la capacidad para acceder a la administración pública porque su título no vale, porque él no vale. ¿De verdad me estáis diciendo eso? ¿De verdad esa es la conclusión a la que habéis llegado después de décadas llenándoos la boca con la palabra diseño? ¿Nos hemos perdido todo ese talento por vuestra inoperancia? ¿Nos hemos permitido como sector arrinconar a quienes levantaron esta profesión porque vosotros no habéis querido pelear lo suficiente?
Porque mientras vosotros hacíais todo eso, mientras llenabais agendas, convocatorias y presupuestos, ha habido una generación entera de profesionales a la que habéis dejado tirada. Gente que estudió, que trabajó, que levantó esta profesión cuando no tenía ni el prestigio ni el escaparate que tiene ahora. Gente que enseñó a otros, que diseñó carteles, marcas, productos, libros, exposiciones, sistemas visuales, publicaciones. Gente cuya cultura visual y cuya experiencia siguen siendo la base sobre la que después habéis construido vuestro relato de modernidad. Y, sin embargo, ahí siguen: sin el reconocimiento que merecen, sin la dignidad administrativa que deberían tener, sin una solución real a una injusticia que arrastran desde hace demasiado tiempo.
Y no me digáis que no dependía de vosotros. No me lo digáis. No me digáis que era complicado. No me digáis que el marco legal era difícil. No me digáis que había que esperar. No me digáis que ya se habló. No me digáis que se intentó. No me digáis que no era el momento. No me digáis que eso correspondía a otros. No me digáis nada de eso y luego os giréis y os vayáis a vuestra comodidad institucional, a vuestro despacho, a vuestra rutina, a vuestra pequeña vida bien ordenada dentro del sistema, porque mientras vosotros os protegíais con excusas, a otros los dejabais fuera.
Y no, no me lo digáis por que otros sí lo hicieron, No era un problema irresoluble. No lo fue para arquitectos técnicos, ingenieros técnicos, diplomados o licenciados. No lo fue para Enfermería, ni para Fisioterapia, ni para Magisterio, ni siquiera para titulaciones menos centrales en el relato público como Turismo o Podología. Unas tuvieron correspondencia oficial. Otras contaron con cursos de adaptación al grado, pasarelas o mecanismos concretos para ordenar el salto al nuevo sistema. Pero aquí no. Aquí sois los únicos que habéis dejado el problema en una cuneta polvorienta y habéis aprendido a convivir con ello como si no fuera con vosotros.
Y aquí también os hablo a vosotros, escuelas privadas, universidades privadas, centros privados que después os habéis llenado la boca hablando de excelencia, de empleabilidad, de futuro y de conexión con la profesión. Porque ni siquiera lo hicisteis por dinero. Bueno, sí, lo hicisteis por dinero para echarlos a la calle y sustituirlos por jóvenes profesores que cobraban la mitad. Pero ni siquiera fuisteis capaces de ver que ahí había una vía para articular cursos, pasarelas, adaptaciones o mecanismos de homologación como hicieron otras universidades y otras escuelas en otras disciplinas. Otros, al menos, se movieron por interés, por matrícula, por negocio, por captar alumnado, por abrir una nueva línea de actividad. Vosotros ni eso. Ni siquiera por puro dinero os movisteis para homologar a los titulados de Artes y Oficios. Y eso ya no es solo desidia. Eso es un retrato moral bastante preciso de hasta qué punto os importaba esta generación: nada.
Porque lo más insoportable de todo esto no es solo la inacción. Es la hipocresía. Mientras os llenabais la boca con la palabra diseño, una generación entera iba envejeciendo sin que se afrontara seriamente su encaje, su reconocimiento o su dignificación. Personas a las que invitáis a una escuela a dar una charla porque son pioneros. Personas a las que citáis en clase como referencias imprescindibles. Personas a las que colocáis en el temario de vuestros alumnos como nombres fundamentales de la disciplina. Personas a las que llamáis para una exposición, un homenaje, un jurado o una conversación sobre historia del diseño. Y, sin embargo, al mismo tiempo, las habéis relegado a una posición académica y administrativa degradada frente a otros itinerarios.
Míradles a los ojos. Pero miradles de verdad. Mirad a esa persona a la que invitáis a dar una conferencia porque es uno de los pioneros. Mirad al diseñador al que enseñáis en clase para explicar de dónde venimos. Mirad al profesional cuyo trabajo os sirve para construir vuestras instituciones. Y decidle la verdad. Decidle que su trayectoria os parece admirable, sí, pero no lo suficiente como para pelear por ella. Decidle que su trabajo os sirve para armar un discurso sobre la historia del diseño, pero no para exigir que se le devuelva la dignidad que le corresponde. Decidle que aquello que estudió hace décadas no vale lo suficiente. Decidle que toda su formación, todo su conocimiento y toda su experiencia no os parecen motivo bastante para organizaros, presionar, negociar y pelear hasta el final.
Eso es lo que lleváis años diciendo, aunque no os atreváis a formularlo de ese modo. Que no os importa lo suficiente. Que no os compensa. Que no os interesa de verdad. Que hay otras prioridades. Que hay cosas más visibles, más cómodas, más rentables, más agradecidas. Que para esto no merece la pena desgastarse. Y esa es la parte más indecente de todas. No la dificultad técnica. No el laberinto normativo. No el reparto competencial. Lo indecente es la falta de voluntad. La dejadez. La comodidad. El cálculo. La pereza moral.
Porque si hoy existe una cultura del diseño en España, si hay escuelas, premios, estudios, publicaciones y discurso, es también porque esa generación sostuvo el oficio cuando todavía ni siquiera era rentable pronunciar la palabra diseño con la alegría con la que hoy se pronuncia en congresos, festivales y mesas redondas. Y, sin embargo, se ha dejado caer sobre ellos una sospecha profundamente injusta: la idea de que su formación pertenecía a un pasado menor, a una especie de prehistoria artesanal que puede celebrarse como mito pero no reconocerse plenamente como capital académico y profesional. Y eso no solo es falso. Es mezquino.
Encima, ni siquiera puede decirse que no hubiera precedentes de imaginación institucional. El caso de la Escola Massana lo demuestra. La escuela buscó una vía específica para que parte de su profesorado pudiera obtener el grado en Arte y Diseño, en una operación discutida, polémica y, si se quiere, excepcional. Pero precisamente por eso importa: porque demostró que cuando una institución considera que hay una anomalía grave, no se limita a lamentarla. Busca una salida. Fuerza una interpretación. Intenta abrir camino. Se mueve. Aunque sea a contracorriente. Aunque genere discusión. Aunque incomode. Eso fue lo que hizo Massana. Es decir, poder, se podía. Al menos se podía intentar de verdad.
Y sí, ya sé lo que vais a decir. Que exagero. Que no es para tanto. Que bastante se ha hecho. Que el sistema es el que es. Que no se puede rehacer el pasado. Que ahora hay avances. Que la situación se ha ido ordenando. Pero no basta. No basta cuando sois, en la práctica, los únicos que no lo habéis resuelto. No basta cuando otras disciplinas encontraron mecanismos de adaptación, convalidación, correspondencia o puente. No basta cuando aquí lo que ha imperado es una parsimonia obscena. No basta cuando el diseño se ha llenado la boca durante años de autoestima sectorial mientras permitía esta humillación silenciosa..
Y a la miríada de influencers que pueblan las redes. A ver si ahora sois tan vehementes. A ver si ahora sabéis hacer eso que tanto os gusta decir de “hacer arder las redes”. A ver si para esta causa también encontráis tiempo entre algoritmo y algoritmo. A ver si usáis vuestra voz, vuestra visibilidad y vuestra supuesta conciencia sectorial para exigir que a vuestros abuelos del diseño, a vuestros antecesores, a quienes os precedieron de verdad, se les dé por fin lo que merecen. Porque indignarse por todo lo accesorio es muy fácil. Lo difícil es mojarse cuando toca defender algo que de verdad importa.
Todavía estamos a tiempo. Y no, no para una declaración amable, ni para una jornada conmemorativa, ni para una mesa redonda sobre memoria histórica del diseño, ni para otro gesto de esos que os encantan porque no comprometen nada. Estamos a tiempo de pelearlo. De verdad. De sentarnos donde haga falta. De buscar una fórmula. De empujar un mecanismo extraordinario. De reclamar un procedimiento. De organizar una salida. De hacer lo que no habéis querido hacer hasta ahora. Y luego si queréis os hacéis la foto y os ponéis la medalla.
Hacedlo. Aunque sea tarde. Hacedlo aunque os incomode. Hacedlo aunque toque discutir, insistir, desgastarse y pelear. Hacedlo porque es justo. Hacedlo porque ya no hay excusa. Hacedlo porque si no lo hacéis, lo único que estaréis diciendo es que os da igual que desaparezcan sin el reconocimiento que merecen.
Arregladlo. Aunque solo sea por vergüenza.








