Convirtió sus alucinaciones en lunares, los lunares en un lenguaje universal, y ahora Yayoi Kusama nos los deja como su legado. Muere a los 97 años, una de las figuras más icónicas del arte contemporáneo.

Estás en la puerta de una habitación. Si quieres, puedes tomar una tira de lunares engomados: los hay grandes, pequeños, de colores vívidos. No soy el primero en hacerlo; muchos antes que yo han pegado estos lunares en todos los muebles, hasta que ya no queda nada que no esté coloreado en círculos, grandes y pequeños, de todos los colores.
Más allá de sentirme colaborador dentro de una obra viva de Yayoi Kusama, no logro entender si la nostalgia que siento es por su reciente partida o por ese recordatorio de su obra: triste y alegre a la vez, contemporánea, pero sin poder desprenderse nunca de la sencillez nostálgica de Japón. O más bien, una obra que nace de la tristeza pero se convierte en alegría visual.
«The Obliteration Room» fue parte de la exposición Obsesión Infinita, que desbordó al Museo Tamayo en Chapultepec, en el corazón de la Ciudad de México, con casi 320,000 visitantes en los poco menos de cuatro meses que duró su paso fugaz por esta ciudad. Sobre todo para tomarse la selfie en el cuarto rodeado de espejos y figuras fálicas llenas de lunares. Ese era el centro de la vida de Kusama: sola, pero rodeada siempre de sus compañeros circulares.
Es justo el tipo de conexión que ella quería provocar en el espectador: hacernos ver, aunque sea por un momento, esa condición que la acompañó desde niña y que le llenaba la vista de lunares todo el tiempo. Luego esos lunares los hizo suyos, y después los hizo nuestros.
Quiso ser famosa, y por eso, en un movimiento osado para una mujer japonesa de finales de los años cincuenta, se mudó a Nueva York, donde llegó a dormir en pisos duros y pasar hambre, comiendo incluso los desperdicios que dejaban las palomas afuera de su edificio. Igual de osado fue, ya en la última etapa de su vida, internarse por voluntad propia en un centro psiquiátrico en su país de origen.
Nunca dejó de crear. «Aspiring to Pumpkin’s Love, the Love in My Heart» fue quizá una de sus obras más icónicas en la recta final de su vida. Instalada en 2023 en el Museo de Arte Moderno de San Francisco, ocupa toda la sala, dejando apenas espacio para admirar los cinco volúmenes que forman esta representación de una calabaza, que casi se pierde bajo el amarillo y los lunares negros que la cubren.
Finalmente, Louis Vuitton la convierte en arte ella misma: Yayoi Kusama aparece en las vitrinas de los Campos Elíseos para encarnarse a sí misma, haciéndose visible a los transeúntes, mostrándose con toda su edad encima, para converger con el arte de la marca francesa, tan famosa por sus fachadas y vitrinas, tan icónicas como vanguardistas.
Más notoria que Andy Warhol, aunque sin la ventaja de una muerte prematura que la inmortalizara de golpe, le llega su turno después de haber protagonizado uno de los momentos artísticos más notorios de la historia. Nos deja miles de obras, millones de lunares, repartidos por todo el mundo.











