La Casa de Carlota ha construido una manera propia de entender el diseño: incorporar miradas neurodiversas, creativas y no convencionales al centro del proceso para generar identidades, campañas, relatos visuales y piezas editoriales con una voz distinta. Con clientes como ILUNION, Nestlé, Microbank, Bimbo, L’Oréal, Fundación Vicente Ferrer, Areas, Teatre Lliure, Bayer o Futbol Club Barcelona, el estudio demuestra que la inclusión no tiene por qué quedarse en el discurso: también puede convertirse en método, lenguaje y valor estratégico para las marcas.

En diseño se habla mucho de mirada. De encontrar una mirada propia, de construir una mirada de marca, de educar la mirada del público o de ampliar la mirada del cliente. A veces la palabra se desgasta, claro. Pero en el caso de La Casa de Carlota, Premio Gràffica 2019, esa idea tiene una dimensión bastante literal: su trabajo parte precisamente de incorporar al proceso creativo formas de mirar que, durante demasiado tiempo, han quedado fuera de los circuitos habituales del diseño profesional.
El estudio, con sede en Barcelona, ha desarrollado una metodología basada en la convivencia de perfiles muy distintos: diseñadores, directores de arte, copy, creativos con síndrome de Down y Autismo, ilustradores, estrategas y directores de cuentas trabajan juntos en proyectos de diseño, identidad, comunicación, ilustración, editorial o activación de marca. No se trata de añadir diversidad como una capa posterior, ni de utilizarla como argumento amable en una presentación corporativa. La diferencia está en el origen del proceso. Es una forma de pensar, de crear, de dibujar, de escribir, de decidir y, también, de cuestionar lo que una marca cree que necesita.
Esa posición resulta especialmente relevante en un momento en el que muchas compañías han incorporado palabras como sostenibilidad, inclusión, propósito o impacto social a su vocabulario habitual. El problema es que esas palabras, si no se traducen en decisiones concretas, corren el riesgo de quedarse en una superficie educada. La Casa de Carlota trabaja precisamente en ese territorio delicado: allí donde una empresa quiere expresar algo más humano, más responsable o más cercano, pero necesita convertir esa intención en lenguaje visual, relato y sistema.
Una tipografía accesible también puede ser una declaración
Uno de los proyectos que mejor explica esa manera de trabajar es el desarrollado para ILUNION, empresa del Grupo ONCE. La compañía acudió a La Casa de Carlota con el objetivo de definir de forma creativa y auténtica su compromiso con una manera de entender la sostenibilidad más ética y humanista. El encargo podía haberse resuelto desde un lugar previsible: iconografía amable, mensajes positivos, recursos gráficos asociados al impacto social. Sin embargo, el estudio planteó otro camino.
La propuesta consistió en renovar parte del universo gráfico de ILUNION incorporando elementos surgidos en los talleres creativos de La Casa de Carlota y desarrollar, además, una nueva tipografía que pudiera convivir con la tipografía corporativa de la marca. El reto no era menor: crear una fuente accesible, coherente con la filosofía de la empresa, pero capaz de conservar el núcleo artístico, libre y diverso de lo generado en el taller.
Ahí aparece una tensión interesante. La accesibilidad suele entenderse, en ocasiones, como una renuncia expresiva. Como si hacer algo legible, claro o funcional implicara necesariamente desactivar su personalidad. El trabajo de La Casa de Carlota para ILUNION plantea lo contrario: una tipografía puede cumplir criterios de accesibilidad y, al mismo tiempo, trasladar una energía visual singular. Puede ordenar sin domesticar del todo. Puede ser útil sin volverse neutra.

Ese universo gráfico no quedó limitado a una pieza aislada. Tras la creación de la identidad de ILUNION Sustainability Way, la compañía encargó al estudio el diseño de su informe anual de sostenibilidad. En este caso, el desafío era distinto pero complementario: trasladar un lenguaje visual valiente a un documento que, por su propia naturaleza, exige rigor, estructura, legibilidad y estándares claros de accesibilidad. Un informe de sostenibilidad no es un cartel ni una campaña. Es una pieza densa, con información, datos, jerarquías y lectura prolongada. Por eso resulta significativo que La Casa de Carlota haya podido llevar su universo gráfico a un formato donde el diseño debe acompañar, facilitar y ordenar sin perder carácter.
Desde entonces, el estudio se encarga también del diseño y maquetación de informes de sostenibilidad de varias divisiones de la compañía. Es un dato relevante porque muestra una relación que va más allá de la pieza puntual: cuando una metodología funciona, puede convertirse en sistema.

La misma lógica aparece en otros proyectos corporativos, aunque con registros muy diferentes. Para Areas, por ejemplo, La Casa de Carlota desarrolló el diseño del regalo de Navidad para empleados: una caja con una selección de productos que debía mantener coherencia con los valores de “Areas for Change”. El encargo podía parecer menor frente a una identidad o un informe anual, pero este tipo de piezas internas tienen una carga simbólica importante. Hablan de cultura corporativa, de pertenencia, de cómo una empresa se dirige a las personas que forman parte de ella. En este caso, el diseño debía ser atractivo y festivo, pero también estar conectado con un marco de transformación más amplio.
Con MicroBank, el proyecto se desplazó hacia un terreno narrativo. El estudio se encargó del diseño, la redacción, la ilustración y la maquetación de un cuento de ficción contemporáneo dirigido a los trabajadores de la entidad con motivo de Sant Jordi. La pieza estaba inspirada en el propósito corporativo de MicroBank y buscaba transmitir, desde un tono cercano y emocional, qué significa estar al lado de las personas para impulsar un cambio positivo en su realidad.

El interés del proyecto está precisamente en esa decisión: no explicar el propósito mediante una declaración institucional, sino convertirlo en una historia. En comunicación de marca, la ficción puede ser una herramienta delicada. Mal utilizada, se vuelve artificiosa. Pero cuando encuentra el tono adecuado permite entrar en lugares donde el lenguaje corporativo difícilmente llega. Un cuento puede decir cosas que un manifiesto no sabe decir. Puede hacerlas más memorables, más humanas, menos previsibles.
La ciudad como archivo visual
El proyecto para el Teatre Lliure de Barcelona introduce otra dimensión del trabajo de La Casa de Carlota: la capacidad de observar el entorno y convertirlo en relato gráfico. El teatro, uno de los centros de creación y exhibición escénica más importantes de Cataluña, quería que la identidad de la temporada 23/24 tuviera una historia que contar. La respuesta del estudio fue salir a mirar Barcelona.
La idea de partida resulta sencilla y poderosa: las historias se representan dentro de los teatros, pero suceden fuera. En las esquinas, en los portales, en las calles, en los muros, en los rótulos, en las pintadas, en los avisos y en las frases que la ciudad va acumulando sin pedir permiso. La Casa de Carlota observó Barcelona como un diálogo constante, público y efímero. Un lugar donde se superponen mensajes de amor, quejas, advertencias, reclamos comerciales, consignas políticas, fragmentos íntimos y restos de vida cotidiana.

De ese paisaje verbal y visual surgió el concepto de “brogit col·lectiu”, el murmullo colectivo que da forma a la ciudad. No se trata solo de recoger frases encontradas, sino de entender la ciudad como una gran superficie editorial. Barcelona habla incluso cuando nadie parece estar escuchando. Y el teatro, en ese contexto, deja de ser únicamente un edificio para convertirse en un dispositivo que recoge, amplifica y transforma esas voces.
El proyecto conecta de forma natural con una tradición muy presente en el diseño gráfico contemporáneo: la lectura de la calle como archivo. Pero aquí esa operación adquiere una carga especialmente pertinente. El Teatre Lliure trabaja con relatos, cuerpos, voces y conflictos. La ciudad también. La identidad de temporada no necesitaba inventar un universo cerrado, sino reconocer uno que ya existía fuera de sus puertas.
Esta manera de trabajar permite entender mejor qué aporta La Casa de Carlota a sus clientes. Su valor no reside únicamente en producir imágenes atractivas o piezas de comunicación diferentes, sino en introducir una lógica creativa menos previsible. Sus proyectos suelen nacer de una fricción fértil entre lo corporativo y lo espontáneo, entre la estrategia y el gesto libre, entre la estructura profesional y la intuición de quienes no siempre han sido invitados a ocupar un lugar central en los procesos de diseño.
Esa mezcla no elimina la exigencia del diseño. Al contrario, la hace más compleja. Para que un proyecto así funcione, la expresión debe convivir con la legibilidad, la emoción con la eficacia, la diversidad con la coherencia de marca. Esa es una de las cuestiones más interesantes del trabajo del estudio: la diferencia no aparece como un adorno, sino como una fuente real de decisiones visuales y narrativas.
En un sector que a menudo tiende a homogeneizar lenguajes, referencias y soluciones, La Casa de Carlota propone otra forma de entender la autoría colectiva. Diseñar desde la diferencia no significa renunciar a la precisión, ni convertir el proceso creativo en una suma de gestos ingenuos. Significa aceptar que una marca puede ganar profundidad cuando se deja atravesar por miradas que no responden siempre a los mismos patrones.
Por eso sus proyectos con ILUNION, Areas, MicroBank o el Teatre Lliure pueden leerse más allá de la carpeta de trabajos. Funcionan como ejemplos de una práctica que desplaza el centro de gravedad del diseño. La inclusión, cuando entra en el método, deja de ser un tema del que se habla para convertirse en una manera de hacer. Y eso, en un momento en el que tantas marcas buscan parecer más humanas, quizá sea una de las transformaciones más difíciles: no parecerlo, sino trabajar para serlo.















