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Cristina Checa, Sonar+D: «El valor se desplaza hacia el concepto, el criterio y lo difícil de estandarizar»

Por Gràffica
17/06/2026
en Entrevistas
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La comisaria de Sónar+D, Cristina Checa, analiza cómo la inteligencia artificial, la saturación digital y las nuevas formas de comunidad están transformando la creación contemporánea. Frente a la producción automática de imágenes, sonidos y textos, Checa señala un desplazamiento hacia el cuerpo, el contexto, la experiencia física y los lenguajes que no pueden reducirse fácilmente a un patrón.

Sónar+D 2026 llega este año con una programación articulada en torno a tres grandes líneas: AI & Music, Beyond the Screen y Digital Gardens and Dark Forests. Una forma de mirar la tecnología no como una herramienta aislada, sino como un entorno cultural, político y creativo que ya condiciona cómo pensamos, cómo trabajamos y cómo nos relacionamos.

En Gràffica hemos seguido de cerca esta evolución, desde la edición de Sónar+D 2025 hasta los debates abiertos en torno a la inteligencia artificial y las profesiones creativas. En esta entrevista, Cristina Checa, comisaria de Sónar+D, habla de creación aumentada, criterio, cansancio digital, nuevos espacios de internet y de una escena española que, a su juicio, ya no necesita mirar siempre fuera para validarse.

Sónar+D siempre ha funcionado como un lugar donde se detectan cambios antes de que terminen de hacerse visibles para el gran público. Desde esa posición, ¿qué estáis viendo ahora mismo en la creación contemporánea que hace cinco o diez años todavía no estaba tan claro?

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—No creo que se anticipase la velocidad a la que iban a producirse los cambios. Y ya no hablo de aceleración tecnológica, sino de la forma en que circulan las ideas y los trabajos, la velocidad con la que se adoptan nuevas herramientas y con la que se transforma el entorno. Cada vez se disuelven más las fronteras entre disciplinas y tenemos una especie de creatividad aumentada: podemos llegar a hacer cosas por nosotros mismos que seguramente no hubiéramos llegado a imaginar.

En los últimos años hemos pasado de hablar de tecnología como algo externo a la creación a asumir que forma parte del propio ecosistema creativo: de la música a la imagen, del diseño a la escritura, de la performance a los entornos inmersivos. ¿Cómo ha cambiado vuestra manera de programar Sónar+D desde la aparición de la inteligencia artificial generativa?

—Desde sus inicios, Sónar+D fue un evento enfocado en creative-tech; de hecho, siempre ha formado parte de nuestro lema. Con el paso de los años hemos visto cómo las barreras se difuminaban cada vez más.

Lo que ha cambiado con la IA es que ha pasado de ser una novedad a formar parte de nuestra vida cotidiana. La IA generativa ha convertido un tema que antes pertenecía a comunidades muy especializadas en una conversación transversal que atraviesa toda la programación. El reto es entender cómo está transformando la cultura, los procesos creativos y la sociedad, cómo y para qué la usamos o la diseñamos y cómo nos está afectando.

En Sónar+D nunca se ha tratado la tecnología como algo externo a la creación, porque la creación siempre ha ido de la mano de la tecnología de su época. El papel del artista no solo ha sido usar la herramienta, sino reinterpretarla y darle un sentido que quizá ni siquiera pasó por la cabeza de las personas que la desarrollaron.

Muchas veces se compara la irrupción de la IA con la aparición de la fotografía: cuando la fotografía asumió una parte de la representación de la realidad, la pintura se desplazó hacia otros territorios, desde las vanguardias hasta la abstracción. ¿Crees que puede ocurrir algo parecido ahora? ¿Qué zonas de la creación pueden liberarse precisamente porque la IA ya se ocupará de producir ciertas imágenes, sonidos o simulaciones?

—Lo más genérico y automatizado acabará siendo asumido por la IA, como es el caso de las imágenes de stock o la música de librería muy genérica. Ya se ha visto, por ejemplo, en el caso de Magnific, antes Freepik, que ha pasado de ser una plataforma de imágenes de stock a una plataforma de IA generativa.

El valor parece que se desplaza hacia el concepto y el criterio, hacia el cuerpo, lo particular, lo imperfecto y aquello más difícil de estandarizar, así como la experiencia física con el público.

Pero igual que pasó con la fotografía, la IA está dando lugar a nuevos lenguajes y estéticas. Hay artistas que trabajan con modelos entrenados con material propio, que exploran los errores y limitaciones de los sistemas o que utilizan los glitches de la máquina como inspiración.

Nos interesa especialmente la pregunta inversa a la más habitual. No tanto qué va a crear el artista con IA, sino qué va a crear el ser humano sin IA a partir del momento en que la IA pueda ocuparse de muchos mundos visuales, sonoros o narrativos antes imposibles. ¿Qué terrenos crees que pueden abrirse para una creación más humana, más física, más emocional o más situada?

—Una de las vías interesantes que se puede abrir es la creación de sistemas y herramientas propias, el entrenamiento de tus propios modelos con material específico o la creación de tu propio corpus. Es decir, que la herramienta pase cada vez más a formar parte de la obra.

El contexto y el proceso tendrán cada vez más valor. Por qué se ha decidido hacer una cosa y no otra, cómo se ha hecho, dónde se ha hecho y bajo qué circunstancias, cómo se interrelaciona con otras obras. También los localismos, la creación para comunidades muy concretas con sus propios códigos o las imperfecciones, que son tan difíciles de reproducir por la IA. Y lo corporal: obras que necesiten cuerpos para ser completadas.

Una parte del programa de Sónar+D habla de ir más allá de la pantalla, de recuperar cuerpo, presencia, materia, experiencia. ¿Estamos entrando en una etapa de cansancio de lo puramente digital? ¿Puede que la próxima vanguardia no esté en hacer más imágenes, sino en diseñar situaciones, vínculos, rituales o experiencias que no puedan reducirse a un archivo?

—Durante años, gran parte del arte digital se ha experimentado y vivido a través de pantallas. Nosotros queremos reivindicar un arte digital que vaya más allá de ellas, en un momento en que la pantalla por sí sola ya no es suficiente. Nos interesa profundizar en la relación entre humanos y máquinas, explorar nuevas formas de interacción y también investigar los cruces entre lo digital y lo artesanal, entre lo tecnológico y lo corporal.

Paradójicamente, y siguiendo el hilo de la conversación, cuanto más fácil sea generar imágenes y contenidos digitales, más valor pueden adquirir aquellas experiencias que solo existen en un momento y un lugar determinados. Y lo vemos cada año en Sónar+D, donde durante unos días coincide gente muy distinta, de medio mundo, que no se cruzaría en otro contexto. Esto es imposible de reproducir a través de imágenes y pantallas.

Este año, en la programación, ponemos especialmente en valor el cuerpo, la fisicalidad y las experiencias compartidas. Contaremos con mucho talk-performance en un escenario circular situado en medio del Stage+D, donde el público formará parte de las experiencias y, en muchos casos, contribuirá a completarlas; pasará a ser una parte activa de ellas. También recuperamos el formato workshop y contaremos con Expo+D, el espacio expositivo donde jugar, tocar y aprender de primera mano de los creadores.

La IA está acelerando enormemente la producción de imágenes, música, textos y estilos. Pero esa abundancia también puede generar una sensación de homogeneidad, de ruido, de saturación. ¿Cómo se distingue hoy una propuesta verdaderamente relevante de otra que simplemente utiliza tecnología nueva para producir algo formalmente llamativo?

—Que el artista tiene algo que decir y que la tecnología es solo el medio que ha encontrado para decirlo. Cuando esa razón existe, la herramienta desaparece; cuando no, la herramienta tiene que ponerse delante de todo porque es lo único que hay.

Aunque no siempre es así: a veces se empieza como un juego puro y sin rumbo con una herramienta tecnológica, y esa razón aparece durante el proceso, en el momento en el que el artista elige. La intención puede no estar presente al inicio, pero debería aparecer en algún momento para dar sentido y cerrar el proceso.

Para que una propuesta sea relevante, si se entiende relevante como algo que trasciende y es significativo, tiene que encontrar personas con las que resuene y que completen la obra, aunque esas personas no tengan por qué ser de su tiempo. Al final, todo esto es muy subjetivo; no hay forma de medirlo.

En Sónar+D aparecen artistas, tecnólogos, músicos, diseñadores, investigadores, estudios visuales y perfiles difíciles de clasificar. ¿Se están rompiendo definitivamente las categorías tradicionales entre disciplinas o seguimos necesitando esos nombres —música, arte, diseño, ciencia, tecnología— para poder entender lo que está pasando?

—Sónar+D siempre se ha definido como un encuentro antidisciplinar, es decir, aquel espacio que se da entre disciplinas y que no pertenece a ninguna de ellas. No creo que las disciplinas desaparezcan y, a mi parecer, son necesarias porque te dan una base sólida para moverte más allá de estas.

Lo que sí pasa es que las barreras se van difuminando cada vez más. Antes se presuponía que un músico hacía música y, por lo tanto, no programaba ni diseñaba. Hoy vemos que muchas de las propuestas más interesantes surgen en espacios que no pertenecen claramente a ninguna disciplina.

Uno de los ejes más sugerentes del programa tiene que ver con los nuevos espacios de internet, entre jardines digitales, comunidades cerradas y zonas de refugio frente al internet masivo y corporativo. ¿Crees que la creación contemporánea está buscando nuevos lugares donde existir lejos de la lógica de la visibilidad constante, el algoritmo y la métrica?

—Sí. La vida cultural se está desplazando hacia lugares más íntimos y privados, grupos cerrados, comunidades con membresía. Se buscan espacios fuera de la exposición masiva y el control algorítmico, espacios más seguros donde habitar, colaborar y conectar de manera más genuina.

Por ejemplo, este año tendremos a Yancey Strickler, que está impulsando la iniciativa del Dark Forest Operating System, una infraestructura para la creación de grupos privados en internet, pensada especialmente para personas creativas.

¿Dónde está España en este ecosistema? Desde fuera, a veces parece que hay una escena creativa muy potente en arte digital, música avanzada, diseño, visuales, videojuegos, cultura de datos o experiencias inmersivas, pero quizá no siempre suficientemente reconocida como sistema. ¿Estamos en la vanguardia o seguimos mirando demasiado hacia Londres, Berlín, Ámsterdam o Nueva York para validar lo que hacemos?

—España es cada vez más relevante en arte digital, diseño y música avanzada, y no tiene nada que envidiar a ciudades como Londres, Berlín o Ámsterdam. Pero lo más interesante no es solo el talento que existe, sino la capacidad de conectar perfiles muy distintos: artistas, diseñadores, investigadores, tecnólogos, músicos o centros de investigación.

En ciudades como Barcelona existe una proximidad que facilita que estas disciplinas se encuentren y colaboren de manera natural. Eso genera proyectos híbridos difíciles de clasificar, pero también difíciles de replicar en otros contextos.

El reto sigue siendo consolidar esa capacidad a largo plazo mediante más infraestructura, más financiación estable y mejores condiciones para que el talento pueda desarrollarse sin tener que marcharse fuera.

Si tuvieras que elegir no solo lo más destacado del programa de este año, sino aquello que mejor anticipa hacia dónde puede ir la creación en los próximos años, ¿qué proyectos, conversaciones o líneas de trabajo de Sónar+D deberíamos mirar con más atención?

—Alternativas al internet que conocemos. Yancey Strickler, cofundador de Kickstarter, lleva años dedicado a imaginar y construir infraestructuras que permitan a los creadores desarrollar su trabajo de formas más sostenibles e independientes. Ahora mismo está construyendo herramientas e infraestructuras como Metalabel y Dark Forest Operating System, que permiten nuevas formas de distribución y colaboración para creadores, así como espacios digitales más privados y comunitarios.

También exploraremos las estructuras de poder en internet con Joana Moll, Wassim Z. Alsindi o Mario Santamaría. Joana Moll presentará una versión performativa e interactiva de The User and the Beast, obra con la que obtuvo el Premio Ciutat de Barcelona 2025 y con la que nos hará reflexionar sobre las relaciones asimétricas entre usuarios y plataformas.

Otra línea importante será la intersección entre cuerpo y código, artesanía y tecnología. Mónica Rikić es una artista difícil de clasificar. Sus robots extraños y sus dispositivos electrónicos construidos artesanalmente la han convertido en una de las voces más singulares de la escena actual. En Sónar+D podremos verla rodeada de sus propias criaturas tecnológicas mientras comparte su proceso de trabajo y nos hará reflexionar sobre la relación que tenemos con la tecnología.

La conexión entre cuerpo, tecnología y expresión artística también estará presente en las propuestas de Shoeg, Eneritz Tejada y Fitnesss & Riusforza. Estos últimos presentarán un espectáculo musical colectivo e interactivo con gran carga física, mientras que Keiken explorará nuevas formas de creación de mundos a través de los sentidos y la empatía.

La relación entre inteligencia artificial y música tendrá uno de sus momentos más destacados con Daito Manabe y el equipo de Google DeepMind. Tras iniciar su colaboración a raíz de un encuentro en el espacio expositivo de Sónar+D el año pasado, presentarán un nuevo espectáculo en Sónar. Antes de la actuación, conversarán sobre cómo han integrado Lyria en el directo.

Y, por supuesto, merece la pena perderse por Expo+D, porque muchas de estas ideas suelen aparecer primero en forma de experimentos, prototipos o juegos. Allí encontraremos propuestas de centros de investigación como el Barcelona Supercomputing Center, artistas como Yehwan Song o Tega Brain y Sam Lavigne de la mano de NewArtFoundation.

Siguiendo precisamente la idea de la imperfección y lo no genérico, también podremos ver una pieza del artista barcelonés Internet2 que plantea una especie de anti-IA: un sistema diseñado para buscar lo extraño, aquello que queda fuera de los patrones habituales. O Liberated Frequencies, de Keigo Yoshida, una propuesta con la que alejarse de aquello que te resulta agradable al oído para abrir nuevas posibilidades de escucha.

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