Antes de enseñar un diseño a un cliente hay una pregunta incómoda que conviene hacerse: ¿estoy presentando una propuesta… o estoy regalando un activo? Porque, aunque nos guste pensar que el proceso creativo se respeta, la realidad es que muchas ideas “se evaporan” entre reuniones, reenvíos internos y ese clásico “se lo he pasado a mi socio para que lo vea”. Y cuando el diseño circula demasiado pronto o sin un marco claro, lo que era una propuesta acaba convertido en un archivo que ya no controlas.
La buena noticia es que protegerte no exige montar un drama ni convertir cada reunión en un contrato de 20 páginas. Se trata, más bien, de poner pequeños frenos inteligentes antes de abrir la caja. Y esos frenos, en la práctica, tienen tres pilares: prueba, límites y condiciones.