Hay una frase que, en diseño, suena casi a música de ascensor: “Tranquilo, si nos entendemos”. Y, a veces, es verdad. Pero el problema de los encargos “de palabra” no es cuando todo va bien. Es cuando algo se tuerce: el cliente desaparece, cambia el alcance, te pide “solo un ajuste más”, te paga tarde o, directamente, usa el trabajo sin haber pagado. Entonces la frase se transforma en otra, mucho menos elegante: “Yo entendí otra cosa”.
Un contrato escrito no es un gesto de desconfianza. Es un manual de instrucciones para cuando aparece el conflicto. Y si no lo tienes, lo que se impone no es lo que tú creías haber acordado, sino lo que puedas demostrar.