David Hockney deja una obra inmensa, atravesada por piscinas, retratos, carreteras, paisajes, fotografías, escenarios y pantallas. Estas cinco piezas ayudan a entender por qué su importancia no está solo en haber pintado algunas de las imágenes más reconocibles del siglo XX, sino en haber ensanchado la manera de construirlas y de mirarlas.
Su obra atraviesa la pintura, el dibujo, la fotografía, el collage, la escenografía, la impresión, el fax, el vídeo y la imagen digital. Cambió de herramientas muchas veces, pero no cambió tanto de obsesiones. Le interesaba la luz, sí, pero también el tiempo. Le interesaba el color, pero también el espacio. Le interesaba el retrato, pero no como mera representación psicológica, sino como escena: una habitación, una relación, una distancia entre cuerpos, una forma de estar en el mundo. Estas cinco obras permiten leer algunas de sus aportaciones más decisivas.
1. A Bigger Splash (1967)

La imagen parece sencilla: una piscina, una casa moderna, una silla, una palmera, un trampolín y una salpicadura de agua. No hay cuerpo. Solo queda la huella de alguien que acaba de lanzarse. Esa ausencia es, precisamente, una de las claves de A Bigger Splash. Hockney no pinta la acción, sino su consecuencia. No muestra el salto, sino el instante posterior, convertido en una arquitectura visual.
La obra condensa su descubrimiento de California como lenguaje. Tras formarse en Bradford y Londres, Hockney encontró en Los Ángeles una luz y una cultura material muy distintas a las de la Inglaterra de posguerra. Las piscinas, que en Reino Unido podían ser signo de lujo excepcional, en California formaban parte de una cierta domesticidad soleada. Pero Hockney no se limitó a registrar ese mundo. Lo tradujo a una imagen casi gráfica: planos de color, líneas limpias, horizonte contenido, composición precisa.
Lo más interesante es la paradoja temporal. La salpicadura parece un gesto instantáneo, pero fue pintada lentamente. Hockney convierte algo fugaz en una forma detenida, casi escultórica. Ahí está buena parte de su inteligencia visual: hacer que una imagen aparentemente fresca y luminosa funcione también como una reflexión sobre la fotografía, la pintura y la imposibilidad de ver un instante tal como creemos recordarlo.
2. Mr and Mrs Clark and Percy (1970-71)

Si las piscinas construyeron la imagen pública de Hockney, sus retratos dobles mostraron otra dimensión de su trabajo. Mr and Mrs Clark and Percy retrata al diseñador Ossie Clark y a la diseñadora textil Celia Birtwell en un interior doméstico. La escena tiene algo de retrato de época, algo de composición clásica y algo de tensión privada. Nada parece especialmente dramático, pero todo está cargado de significado: la distancia entre los cuerpos, la postura de cada uno, la luz de la habitación, el gato, la ventana, el equilibrio entre elegancia y fragilidad. Hockney no pintaba a sus modelos como figuras aisladas, sino como habitantes de un espacio emocional. En esta obra, el interior no es un decorado, sino una extensión de los personajes. Es un retrato de pareja, pero también una escena sobre la representación social, el diseño, la intimidad y el modo en que una casa puede convertirse en teatro.
La pintura se ha convertido en una de sus obras más populares, pero su importancia va más allá de la celebridad de sus protagonistas. Hockney demostró que el retrato figurativo podía seguir siendo moderno sin renunciar a la claridad. Frente a cierta idea de vanguardia asociada a la abstracción o al hermetismo, él defendía una modernidad más cercana, más visible y, por eso mismo, no menos compleja.
3. Portrait of an Artist (Pool with Two Figures) (1972)

Pocas obras de Hockney reúnen con tanta intensidad sus grandes temas: la piscina, el deseo, la distancia, el paisaje, el cuerpo, la mirada. Portrait of an Artist (Pool with Two Figures) muestra a un hombre vestido de pie, junto al borde de una piscina, observando a otro que nada bajo el agua. La escena es serena, casi silenciosa, pero su tensión emocional es evidente. El cuerpo sumergido parece inaccesible; el hombre que mira parece separado por algo más que una superficie de agua. La obra se ha leído a menudo desde la biografía sentimental de Hockney, pero funciona también como una imagen sobre la mirada misma. La figura de pie observa, pero el nadador permanece aislado por la transparencia engañosa del agua. La piscina, tan asociada en Hockney al placer californiano, se convierte aquí en un espacio psicológico.
El cuadro alcanzó una notoriedad adicional en 2018, cuando Christie’s lo vendió por 90,3 millones de dólares, entonces récord para una obra de un artista vivo. Ese dato pertenece a la historia del mercado, no necesariamente a la historia del arte. Pero también confirma hasta qué punto la imagen había adquirido un valor simbólico enorme: no era solo una pintura famosa, sino una especie de icono contemporáneo sobre el amor, la pérdida y la distancia.
4. Pearblossom Hwy., 11–18th April 1986, #2 (1986)

Es una de las obras que mejor explica su relación con la fotografía y su rechazo a la perspectiva única. Construida mediante múltiples fotografías, la imagen representa un cruce de carreteras al norte de Los Ángeles. La obra funciona casi como una experiencia de conducción. A un lado aparecen las señales que lee quien conduce; al otro, los detalles que observa quien viaja como pasajero. Latas, botellas, asfalto, arena, señales, horizonte. Todo parece estar ahí a la vez, pero nada responde al orden limpio de una cámara fija. La imagen contiene tiempo, desplazamiento y atención fragmentada.
Los joiners de Hockney fueron importantes porque discutían una convención muy asentada: la idea de que una fotografía representa la realidad de manera más objetiva que una pintura. Para él, la cámara también imponía una forma de mirar. Sus collages fotográficos eran una manera de devolverle al ojo su movilidad, de recordar que vemos con el cuerpo entero, no solo con una lente. En plena cultura de la imagen técnica, Hockney recuperó una intuición casi física: mirar es moverse.
5. Bigger Trees Near Warter (2007)

En sus últimos años, Hockney volvió con intensidad al paisaje. Pero ese regreso no fue una retirada nostálgica, sino una nueva fase de experimentación visual. Bigger Trees Near Warter, realizada en 2007, es una pintura monumental compuesta por 50 lienzos. Representa un grupo de árboles cerca de Warter, en East Yorkshire, y alcanza una escala que obliga al espectador a entrar en el paisaje más que a contemplarlo desde fuera.
La obra es importante porque reúne tradición y método contemporáneo. Hockney pinta al aire libre, atento a los cambios de la luz y de las estaciones, pero utiliza también fotografía digital para organizar y ensamblar una composición de gran formato. La pintura lleva incluso un subtítulo revelador: Peinture sur le Motif pour le Nouvel Age Post-Photographique. Es decir, una pintura del natural para una nueva era posfotográfica
Estas cinco obras muestran a un Hockney mucho más amplio que el icono amable de las piscinas. Fue un pintor popular, sí, pero no complaciente. Un artista luminoso, pero no superficial. Un creador que entendió que cada época produce sus herramientas y que el verdadero desafío no consiste en adoptarlas o rechazarlas, sino en descubrir qué formas de mirar hacen posibles.













