Seedance 2.0, el nuevo generador de vídeo de ByteDance, ha dado un paso que muchos creían todavía “a unos años vista”: clips más coherentes, con movimientos de cámara más naturales y una integración más convincente entre imagen y sonido.
El problema es que esa mejora ha llegado acompañada de una oleada de vídeos virales que imitan rostros, voces y universos narrativos reconocibles, y ha reactivado una discusión que ya no es teórica: qué pasa cuando la herramienta es lo bastante buena como para facilitar la suplantación y el uso no autorizado de propiedad intelectual a escala.