Imaginemos la escena. Pedro Sánchez comparece en público y declara que el nuevo logotipo de Repsol no le convence. Que, en su opinión, la compañía debería recuperar la identidad que diseñó Cruz Novillo hace décadas. Lo dice con la solemnidad de quien cree estar defendiendo algo más que una estética: la memoria, la tradición, lo que muchos recuerdan como “lo de siempre”.
Al día siguiente, miles de simpatizantes socialistas aplauden el gesto y se suman a la campaña: critican en redes la modernización de la marca, dejan de repostar en las estaciones de servicio, convierten el logotipo en trending topic. El runrún crece. Los medios amplifican el debate, los tertulianos opinan sobre tipografías y colores, y la presión alcanza niveles insostenibles.