Empieza septiembre. Se terminan las semanas de calor sofocante, de descanso a medias, de ese dolce far niente tan necesario como culpable. Y lo confieso: este verano me lo he pasado más pensando que trabajando. Pensando en lo que hacemos, en lo que dejamos de hacer, en lo que tiene sentido seguir haciendo. A veces, demasiado.
Ganó el no hacer nada, sí, pero también ganó el pensar. Y de esas vueltas veraniegas lo que me queda son preguntas. Porque empezar un nuevo curso no es tener respuestas claras, sino abrir el cuaderno en blanco y atreverse a escribir las cuestiones que de verdad importan.