Una influencer con decenas de miles de seguidores mira una bolsa de supermercado y sentencia, sin especial mala intención: es fea. Hasta ahí, nada que objetar. El gusto —o el disgusto— es legítimo. Lo interesante viene después, cuando propone la solución.
«Yo sugiero otro diseño, incluso podéis organizar un concurso» «Qué participen jóvenes diseñadores y tal», «Qué se lleven un premio o le dais un curso en una escuela de prestigio como premio», «Un concurso, ahora, para Navidad!».