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Muere David Hockney, una de las grandes miradas del arte contemporáneo

Por Gràffica
12/06/2026
en Obituario
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David Hockney ha muerto a los 88 años. El pintor británico deja una obra que atravesó el pop art, el retrato, la fotografía, la escenografía y la imagen digital sin perder nunca una obsesión central: ensanchar las formas de mirar el mundo.

David Hockney ha muerto a los 88 años, pocas semanas antes de cumplir los 89. La noticia, confirmada por su publicista, cierra una de las trayectorias más reconocibles, populares y a la vez experimentales del arte contemporáneo. Nacido en Bradford, en el norte de Inglaterra, en 1937, Hockney se convirtió en una figura decisiva de la pintura británica del siglo XX, pero su influencia desbordó pronto cualquier etiqueta nacional. Sus piscinas californianas, sus retratos íntimos, sus paisajes de Yorkshire y Normandía, sus collages fotográficos y sus dibujos realizados en iPad forman parte de cómo representar el tiempo, el espacio, el deseo y la luz.

Su muerte tiene algo de final de época porque Hockney ocupaba un lugar extraño en el sistema del arte: era un artista de masas sin renunciar a la complejidad, un pintor figurativo cuando la abstracción parecía marcar el prestigio intelectual, un creador atento a la tecnología sin asumirla como simple novedad. La Royal Academy lo definía como uno de los artistas británicos más influyentes y recordaba que trabajó no solo en pintura, sino también en grabado, fotografía y escenografía. Esa amplitud no fue una dispersión, sino un método. Hockney cambió de herramienta muchas veces, pero rara vez cambió de pregunta.

Formado en la Bradford School of Art y en el Royal College of Art de Londres, donde estudió entre 1959 y 1962, Hockney apareció en la escena artística británica en un momento de ruptura cultural. Era joven, tenía una imagen reconocible -gafas redondas, pelo rubio teñido, una mezcla de ironía y desparpajo- y pintaba un mundo en el que la vida privada, la cultura popular y el deseo podían entrar en el lienzo sin pedir permiso. En una Inglaterra donde la homosexualidad masculina no fue despenalizada hasta 1967, su obra temprana introdujo temas homosexuales con una frontalidad poco habitual en el arte británico de comienzos de los sesenta.

COMPIEGNE, FRANCE - MARCH 06: Marjane Satrapi poses during the 6th "Pluriel.les" Festival - Day One on March 06, 2023 in Compiegne, France. (Photo by Sylvain Lefevre/Getty Images)

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Collage fotográfico Pearblossom Hwy. nº 1 (1986)

La piscina como sistema visual

Si hay una imagen que condensa su lugar en la cultura visual es la piscina. Hockney viajó a Estados Unidos a comienzos de los años sesenta y encontró en California algo más que un paisaje: encontró una gramática. La arquitectura moderna, el sol limpio, las superficies planas, los cuerpos junto al agua y el color acrílico le permitieron construir una iconografía que todavía hoy sigue pareciendo contemporánea. A Bigger Splash, pintada en 1967, no muestra al cuerpo que acaba de lanzarse al agua; muestra su huella, el estallido blanco de un instante que ya ha desaparecido. Tate recuerda que la obra fue realizada entre abril y junio de 1967, cuando Hockney enseñaba en la Universidad de California en Berkeley, y que forma parte de un grupo de pinturas sobre piscinas californianas.

La fuerza de aquellas obras no está solo en su atractivo cromático. Hay una inteligencia gráfica muy precisa: horizontales, verticales, planos de color, perspectiva contenida, silencio, interrupción. En A Bigger Splash, el trampolín corta la escena como una flecha y el agua introduce el único gesto desordenado en un mundo casi arquitectónico. Hockney convirtió una imagen de ocio suburbano en una reflexión sobre la presencia y la ausencia, sobre lo que vemos y lo que apenas podemos deducir. Por eso sus piscinas no son solo piscinas, son una forma de pensar la imagen moderna.

Ese equilibrio entre placer visual y análisis de la representación explica buena parte de su popularidad. Hockney no necesitó oscurecer su lenguaje para ser tomado en serio. Al contrario: defendió el color, la claridad, la alegría y el goce de mirar como materiales intelectuales. Poco antes de una de sus grandes retrospectivas, preguntado por lo que esperaba que el público extrajera de su obra, respondió: “un poco de alegría”. La frase parece sencilla, pero en Hockney la alegría nunca fue ingenua; fue una manera de resistirse a la solemnidad como única vía de legitimación artística.

The Road to York through Sledmere (1997)

También fue uno de los artistas que mejor entendió que la imagen contemporánea no iba a permanecer quieta dentro del cuadro. En los años ochenta trabajó con fotografías Polaroid y collages; después exploró fotocopiadoras, fax, vídeo, escenografía y herramientas digitales. Britannica recuerda su investigación fotográfica de los años ochenta y sus dibujos posteriores en iPad, entre ellos trabajos realizados en Normandía durante la pandemia. Le Monde subraya también su interés temprano por tecnologías como el Quantel Paintbox, el fax, el iPhone y el iPad.

En su caso, la tecnología no sustituyó a la mirada. La aceleró, la desplazó, la obligó a pensar de otra manera. Hockney utilizó el iPad como antes había utilizado el acrílico o la Polaroid: no por fascinación acrítica hacia la herramienta, sino porque cada medio le ofrecía una forma distinta de representar el paso del tiempo. Sus flores, sus árboles, sus caminos y sus escenas de primavera no son ejercicios de virtuosismo digital, sino prolongaciones de una vieja pregunta pictórica: cómo hacer visible algo que está cambiando delante de nosotros.

Un artista popular sin dejar de ser incómodo

El mercado también convirtió a Hockney en símbolo. En 2018, Portrait of an Artist (Pool with Two Figures), de 1972, se vendió en Christie’s por 90,3 millones de dólares, situándose entonces entre las obras más caras de un artista vivo vendidas en subasta. La cifra reforzó su dimensión de icono, aunque dice menos de su importancia que la persistencia de sus imágenes en la memoria colectiva.

Portrait of an Artist (Pool with Two Figures) (1972)

Sus últimos años estuvieron marcados por los paisajes de Yorkshire y Normandía, por la insistencia en la primavera, por la defensa de la pintura como una forma de atención. En 2025, su exposición en la Fondation Louis Vuitton de París reunió obra realizada entre 1955 y 2025 y alcanzó una asistencia de 916.614 visitantes, un dato que confirma hasta qué punto su figura mantenía una conexión poco habitual con públicos muy distintos.

Queda de Hockney una obra inmensa, pero también una actitud. La de un artista que desconfió del estilo único, que se permitió cambiar, que entendió la tradición como un campo de pruebas y no como un museo inmóvil. Pintó piscinas, amigos, amantes, montañas, carreteras, flores, escenarios de ópera y pantallas.

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