Hay diseñadores -algunos muy conocidos- que todavía hoy debaten si es mejor pedir portfolios o propuestas, si hay que limitar participantes o pagar a los finalistas. Pero desde mi punto de vista están enfocando mal el problema. Porque más allá del formato, lo que está en juego es si aceptamos que el acceso a un encargo pase por competir sin garantías, asumiendo costes y trabajo que en cualquier otra profesión serían innegociables.
Durante años hemos asumido que competir forma parte del trabajo del diseñador. Que presentar propuestas sin garantía de encargo es normal. Que es incluso una oportunidad, sobre todo para quien empieza. Que cuantos más participen, mejor. Que así se abre el sector, se evita el “cortijo del diseño” y se permite que cualquiera, si es lo suficientemente bueno, pueda llegar. Ese es el relato. Luego está la realidad: horas de trabajo sin cobrar, material, energía y, sobre todo, inversión en ilusión. Porque no es solo tiempo, es implicación. Es pensar, desarrollar, ajustar, presentar algo que no es genérico, que no es reutilizable. Son proyectos que nacen con un destinatario concreto y que difícilmente sirven para otra cosa. El cartel de la primavera de Murcia no sirve para las Fallas de Valencia. Es así de simple. Y, sin embargo, seguimos planteando estos procesos como si fueran ejercicios de portfolio.