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El Ayuntamiento de Cáceres ha presentado el logotipo de su candidatura a Capital Europea de la Cultura 2031. Sin embargo, la propuesta ha despertado rápidamente comparaciones en el ámbito profesional por su parecido formal con la identidad de la Diputación de Toledo, un diseño que ya generó polémica en su momento por su similitud con un logotipo previo publicado en internet. La pregunta vuelve a surgir en el sector: ¿estamos ante un nuevo caso de CoCos?

Los logotipos institucionales tienen una responsabilidad mayor que cualquier otro símbolo público. En primer lugar porque se financian con dinero de todos. Y en segundo lugar porque terminan representando a todos. No son simplemente la imagen de una organización: son la cara visible de una ciudad, una administración o una candidatura internacional.
Por eso, a las instituciones públicas se les debería exigir el mismo nivel de excelencia que reclamamos en cualquier otro servicio público. No queremos carreteras mediocres, hospitales que funcionen “más o menos” o farolas que iluminen poco. Queremos infraestructuras seguras, bien diseñadas y duraderas. Con el diseño institucional debería ocurrir exactamente lo mismo: no se trata de hacer algo extravagante ni de gastar sin control, pero sí de alcanzar el máximo estándar posible de calidad, claridad y singularidad.
El logotipo presentado para la candidatura Cáceres 2031 ha generado cierto debate entre profesionales del diseño, que nos han escrito a la redacción. El símbolo sintetiza una torre o muralla mediante franjas verticales y un remate almenado, una referencia directa al patrimonio histórico de la ciudad. Sin embargo, su construcción formal recuerda inevitablemente a otras soluciones visuales muy similares que circulan desde hace años en internet y en identidades institucionales recientes.
Entre ellas destaca el caso del logotipo de la Diputación de Toledo, presentado en 2024 y envuelto en polémica tras señalarse su parecido con un diseño previo titulado Castle, publicado por el diseñador Alen Pajazetović en la plataforma Dribbble. Aquella discusión abrió un debate recurrente en el ámbito del diseño: hasta qué punto dos símbolos pueden parecerse sin que exista necesariamente plagio.

En el diseño contemporáneo esa frontera es cada vez más difusa. Nunca antes habíamos tenido acceso a tanta referencia visual. Internet ha multiplicado las fuentes de inspiración y ha creado un ecosistema en el que miles de diseñadores trabajan con los mismos repertorios formales, los mismos iconos y las mismas simplificaciones gráficas. En ese contexto, coincidir es más fácil que nunca.
También es cierto que cada vez vemos más soluciones prefabricadas: identidades que se construyen a partir de combinaciones extremadamente básicas de líneas, rectángulos o símbolos universales. A medida que el diseño se simplifica, también aumenta la probabilidad de que dos proyectos terminen pareciéndose.

Pero una cosa es que eso ocurra y otra aceptar que sea inevitable. Precisamente porque los símbolos institucionales tienen una dimensión pública, el listón debería ser más alto. No basta con que el logotipo funcione o que sea correcto desde el punto de vista técnico: también debería aportar una cierta singularidad visual.
Sin embargo, muchas identidades públicas siguen recurriendo a un repertorio iconográfico extremadamente previsible. Torres, murallas, castillos, estrellas, mapas, iniciales… símbolos que se repiten una y otra vez en proyectos institucionales de toda España y, en realidad, de buena parte del mundo.
En el caso de Cáceres, la elección de una torre almenada puede parecer lógica desde el punto de vista histórico. Pero también revela una tendencia bastante extendida: la dificultad de escapar de los clichés gráficos cuando se trata de representar ciudades con pasado medieval. Si siguiéramos esa lógica al pie de la letra, prácticamente cualquier ciudad europea podría acabar utilizando una torre como símbolo.
La consecuencia de esta repetición constante es que, poco a poco, el paisaje visual se vuelve más uniforme. Las identidades institucionales terminan pareciéndose entre sí y la cultura visual se empobrece. No porque los diseñadores carezcan de talento, sino porque los procesos, los plazos o los marcos conceptuales terminan empujando hacia soluciones demasiado previsibles.
En ese sentido, el debate sobre los CoCos no debería centrarse únicamente en si un logotipo se parece o no a otro. La cuestión más interesante quizá sea otra: por qué seguimos recurriendo a las mismas fórmulas una y otra vez, incluso cuando el contexto cultural y visual ofrece infinitas posibilidades.
Porque, a estas alturas, con toda la inspiración disponible en el mundo y con la diversidad de lenguajes gráficos que existen hoy, resulta difícil no preguntarse por qué seguimos resolviendo identidades institucionales con tres líneas y dos cuadrados.
Y sobre todo, por qué seguimos mirando al siglo XV para representar ciudades que quieren proyectarse hacia el siglo XXI.














