Eiko Ishioka fue diseñadora gráfica, directora de arte, escenógrafa y diseñadora de vestuario. Ganó un Grammy por Tutu de Miles Davis y un Oscar por el vestuario de Drácula de Bram Stoker, pero reducir su carrera a estos dos premios deja fuera buena parte de la historia. Antes de llegar a Hollywood había transformado la publicidad japonesa con Shiseido y Parco; después llevó una misma manera de entender la imagen al cine, el teatro, la ópera, el circo e incluso el deporte. Su trabajo sigue resultando difícil de clasificar y, quizá precisamente por eso, sorprendentemente contemporáneo.

Buscar hoy Eiko Ishioka conduce casi inevitablemente a Drácula de Bram Stoker. Aparece Gary Oldman envuelto en aquella armadura roja que parece construida con músculos expuestos, o con la larga túnica escarlata y el extraño peinado que convierte al conde en una figura que pertenece al mismo tiempo a un retrato renacentista, una ceremonia religiosa y una pesadilla. Es comprensible. Aquellos diseños le dieron el Oscar en 1993 y forman parte de las imágenes más reconocibles de la película de Francis Ford Coppola. Pero Eiko Ishioka llevaba más de treinta años diseñando antes de que Hollywood reparara definitivamente en ella.
Nacida en Tokio el 12 de julio de 1938, Ishioka estudió Diseño en la Tokyo National University of Fine Arts and Music —actual Tokyo University of the Arts— y se graduó en 1961. Ese mismo año comenzó a trabajar para Shiseido, una de las grandes compañías japonesas de cosmética. Era un territorio profesional fundamentalmente masculino y una industria publicitaria que acompañaba la rápida transformación económica y cultural del Japón de posguerra.
De la publicidad japonesa a una manera propia de mirar
En Shiseido, Ishioka encontró algo más que un primer empleo. La publicidad japonesa de aquellos años era un extraordinario laboratorio visual y la joven diseñadora comenzó a utilizarla para construir imágenes que se alejaban de algunos de los modelos femeninos dominantes. No parecía particularmente interesada en presentar mujeres dóciles, decorativas o simplemente hermosas. Le interesaban la personalidad, el cuerpo, la mirada y cierta sensación de autonomía.

En 1970 fundó su propio estudio y poco después comenzó una de las relaciones profesionales decisivas de su carrera: Parco. El grupo de grandes almacenes japonés pretendía ser algo distinto a un simple espacio comercial. Alrededor de sus tiendas convivían moda, teatro, exposiciones, libros, cine y cultura juvenil, y su comunicación terminó convirtiéndose en una plataforma donde Ishioka podía experimentar con bastante más libertad de la habitual en publicidad. Cooper Hewitt señala que fue contratada como directora de arte a partir de su trabajo para Shiseido y destaca cómo sus campañas recurrieron al surrealismo, el erotismo y la relación cultural entre Oriente y Occidente.

Aquellas piezas explican bastante bien por qué Eiko Ishioka es importante para el diseño gráfico, incluso aunque buena parte del público internacional la conozca por sus vestuarios. En Parco, el producto podía prácticamente desaparecer. Los anuncios no necesitaban enseñar obsesivamente aquello que la empresa pretendía vender; construían una actitud, un mundo y una posición cultural.
La comunicación podía ser extraña, incómoda, sexual o deliberadamente ambigua. En una de las campañas aparecía la pregunta Can the West wear the East?, invirtiendo una relación cultural especialmente sensible en el Japón de posguerra. En otras, mujeres y cuerpos escapaban de las representaciones publicitarias más previsibles. El Smithsonian conserva trabajos de esta etapa y las exposiciones dedicadas recientemente a Ishioka en Japón han vuelto a situar estos proyectos en el centro de su trayectoria. Una de ellas reunió alrededor de 500 obras, entre ellas unos 150 carteles, anuncios, trabajos editoriales, películas publicitarias y proyectos personales realizados principalmente entre las décadas de 1960 y 1980.
Hay además un elemento que atraviesa toda su producción: Ishioka no parecía demasiado preocupada por desarrollar un «estilo» reconocible entendido como una colección de recursos gráficos repetibles. Lo que se reconoce es más bien una actitud. Las imágenes tienen tensión. Los cuerpos se transforman. La escala se exagera. La belleza suele encontrarse cerca de lo inquietante. Y prácticamente nunca aparece esa neutralidad que permite al diseñador retirarse discretamente detrás del encargo.

Su trabajo terminó expandiéndose hacia la edición, las revistas, el packaging, la dirección artística y la música. En 1986 diseñó la cubierta de Tutu, de Miles Davis, alrededor del célebre retrato realizado por Irving Penn. Ishioka conocía a Davis desde años atrás a través de su amistad con Issey Miyake, y aquel proyecto le valió en 1987 el Grammy al mejor diseño de packaging discográfico. Fue su única nominación a los Grammy y también su única victoria.
Eiko Ishioka y el cine como territorio de diseño
Su entrada en el cine no comenzó realmente con Drácula. En 1985 trabajó en ** Mishima: A Life in Four Chapters**, dirigida por Paul Schrader, una película en la que escenografía, arquitectura, color y teatralidad tienen tanta importancia como la propia narración. Después llegarían el teatro de Broadway, la ópera y proyectos cada vez más alejados de las categorías tradicionales del diseño gráfico. Para M. Butterfly, estrenada en Broadway en 1988, fue nominada a dos premios Tony, por escenografía y vestuario.
La conexión con Francis Ford Coppola venía precisamente del diseño gráfico. Según el archivo oficial dedicado a la diseñadora, Coppola quedó impresionado por el cartel japonés realizado por Ishioka para Apocalypse Now. Años después recurrió a ella para Bram Stoker’s Dracula. Y la decisión tenía algo de riesgo: Ishioka no era entonces una veterana diseñadora de vestuario cinematográfico.

En lugar de utilizar el vestuario únicamente para reconstruir con fidelidad la Inglaterra victoriana, Ishioka convirtió la ropa en parte de la narración. Anatomía humana, animales, pintura, indumentaria histórica, armaduras, iconografía religiosa y referencias orientales se mezclan sin demasiado respeto por las fronteras cronológicas. El resultado no pretende pasar inadvertido. El vestuario de Drácula habla antes de que los personajes abran la boca.
Aquella concepción terminó imponiéndose con una fuerza extraordinaria y le proporcionó el Oscar al mejor diseño de vestuario en 1993. La Academia considera precisamente Bram Stoker’s Dracula el trabajo que lanzó su carrera internacional como diseñadora de vestuario.
Después llegaría una alianza especialmente fértil con el director Tarsem Singh. Ishioka diseñó el vestuario de The Cell (2000), The Fall (2006), Immortals (2011) y Mirror Mirror (2012). Son películas muy diferentes, pero permiten entender hasta dónde podía llegar su concepción del vestuario: el cuerpo deja de ser simplemente el soporte de una prenda y se convierte en material para crear arquitecturas, monstruos, símbolos y siluetas que a veces parecen imposibles.

Especialmente revelador es The Fall. La película parece construida alrededor de una sucesión de imágenes que podrían existir de manera autónoma y el trabajo de Ishioka participa de esa sensación. No se trata de vestir personajes de acuerdo con una época, sino de dar forma material a una fantasía. Máscara, volumen, textura y color funcionan casi como un lenguaje paralelo.
Su trabajo tampoco quedó encerrado en la pantalla. Diseñó el vestuario de Varekai para Cirque du Soleil, estrenado en 2002; trabajó en teatro y ópera; creó vestuario para la gira Hurricane de Grace Jones y participó en proyectos relacionados con los Juegos Olímpicos de Invierno de Salt Lake City 2002 y con la ceremonia inaugural de Pekín 2008. Su archivo, conservado en UCLA, ocupa centenares de cajas y reúne desde dibujos de vestuario y tejidos hasta carteles, fotografías, proyectos editoriales, campañas publicitarias y materiales audiovisuales. Probablemente sea la mejor representación física de una carrera que nunca aceptó permanecer demasiado tiempo dentro de una disciplina.

Eiko Ishioka murió en Tokio el 21 de enero de 2012, a los 73 años. Todavía quedaba por estrenarse Mirror Mirror, la película de Tarsem Singh protagonizada por Julia Roberts para la que había diseñado el vestuario. Su trabajo recibió después de su muerte una nueva nominación al Oscar en 2013.
Quizá ahí esté una de las razones por las que su obra continúa apareciendo una y otra vez cuando se habla de diseño contemporáneo. Ishioka pertenece a una generación anterior a la actual obsesión por la interdisciplinariedad, pero trabajó durante toda su vida exactamente de esa manera. No parecía establecer una frontera demasiado rígida entre diseñar un cartel, una portada de disco, un escenario, una prenda, un personaje o una ceremonia olímpica. El medio cambiaba; el problema seguía siendo construir una imagen capaz de permanecer en la memoria.

Su propio archivo permite comprobar hasta qué punto esa trayectoria desborda cualquier etiqueta. Diseñadora gráfica parece insuficiente. Diseñadora de vestuario también. Directora de arte se queda corta. Tal vez sea más preciso entender a Eiko Ishioka como una creadora de imágenes, alguien que utilizó durante medio siglo las herramientas que tenía a su alcance para hacerlas existir.
Y algunas, más de una década después de su muerte, todavía parecen venir del futuro.










