Calles bautizadas por sus vecinos, mapas que se ajustan a diario, periódicos, carteles y publicaciones autoeditadas. Durante semanas, la Acampada 26S ha construido en la Puerta del Sol una ciudad dentro de otra, donde el diseño y la comunicación han surgido de una necesidad tan elemental como organizarse para vivir.

La acampada de Sol cambia cada día, muta como muta cualquier ciudad, cualquier sociedad que se organiza y aprende a convivir. Las tiendas de campaña pasadas por agua, palos de escoba sosteniendo lonas, garrafas que hacen de contrapeso, cuerdas tensadas y palés que separan el sueño del suelo. Hay calles, plazas, comisiones y asambleas donde se discuten las necesidades de quienes habitan esta pequeña ciudad levantada sobre el kilómetro 0. Incluso se puede girar a la izquierda y seguir recto hasta la plaza de Gaza, porque ha surgido un callejero propio, con nombres que nacen de la convivencia y de la necesidad de orientarse.
La acampada comenzó el 26 de septiembre, impulsada por las movilizaciones en defensa del derecho a la vivienda, y pronto dejó de ser únicamente una concentración de tiendas para convertirse en un espacio con rutinas, responsabilidades y una infraestructura fuerte y propia. Mientras, los turistas siguen entrando y saliendo del metro y las cámaras bordean la plaza con esa mirada característica de zoológico. La vida continúa, aunque lo haga bajo un techo de plástico y con las campanadas sonando a pocos metros.

Entre las distintas comisiones hay una de Urbanismo, al lado de Cultura y Comunicación, donde se encuentra Alejandro, un asturiano de 32 años que prepara oposiciones a psicólogo, trabaja como camarero y hace monólogos. Desde que llegó a Sol se ha dedicado a una tarea que ha terminado siendo imprescindible: dibujar la acampada.

«Cuando voy de acampada o de festivales me gusta hacer mapas y lo estaba haciendo para mí, pero a la gente le empezó a interesar así que empezamos a darle uso», cuenta a Gràffica. Llegó el lunes 28 de septiembre, a las cuatro de la tarde, y comenzó recorriendo el perímetro de la plaza, tomando sus elementos arquitectónicos como referencia para incorporar después las calles, los servicios, las asociaciones y las comisiones. A la par, Quico había empezado a elaborar señales y recorridos, así como a nombrar, por lo que acabaron trabajando juntos.
«Llegamos a la regla de que las calles, como son largas y pasan por varias zonas de la acampada, las poníamos nosotros y para las plazas le preguntamos a los vecinos». La decisión dice mucho más de cómo funciona el lugar que cualquier idea solemne sobre participación, porque un nombre en un papel exige ponerse de acuerdo con quien va a utilizarlo.


El mapa de Alejandro tiene algo que no suelen tener los planos oficiales y es que nunca está del todo terminado. «Es un mapa en constante cambio y vivo», explica. En el momento que hablamos contabilizaba unas sesenta calles y más de ochenta puntos de interés, entre plazas, colectivos, servicios e iniciativas propias. La cartografía ha ido creciendo con las necesidades de la acampada, hasta convertirse en una herramienta para localizar recursos, distribuir espacios y mantener despejados los accesos.
Alejandro y Quico también gestionan las tiendas libres, los lugares disponibles para nuevas propuestas y el registro de las vecindades. «Las vecindades se autogestionan y las comisiones son de apoyo a la autogestión», señala. Si alguien necesita un espacio, se busca; si una calle queda bloqueada, se reorganiza; si hay una tienda vacía, se intenta facilitar su uso dando prioridad a personas sin hogar o en situación vulnerable. No todo funciona siempre ni todo se resuelve con la misma facilidad, pero existe una estructura que permite poner sobre la mesa los problemas y gestionar responsabilidades.
De hecho, Alejandro ha comprobado que «la centralización de los servicios provoca colapsos y la gente se implica menos», mientras que la organización vecinal favorece que sean los propios habitantes quienes asuman las tareas. «La gente está hambrienta de responsabilidad y tiene ganas de implicarse cuando se ofrece la oportunidad y la confianza», sostiene.

Esa organización también se está escribiendo y diseñando. La acampada está llena de carteles, calendarios, señalizaciones, grafitis, ilustraciones y avisos que conviven sin seguir una identidad gráfica uniforme. Letras sueltas y revueltas, fotocopias, tipografías recortadas y mensajes superpuestos que informan, convocan y reclaman. Cada colectivo utiliza sus propios recursos y, entre todos, construyen un lenguaje visual que cambia con el movimiento.
Entre las lonas aparece también la Fanzinoteka Km 0, un espacio dedicado a la autoedición donde se acumulan publicaciones de distintas procedencias, tamaños y formatos. Hay cuadernillos grapados, ilustraciones, textos fotocopiados y pequeñas revistas que pueden leerse allí mismo o llevarse en préstamo. Títulos como Rata, Autodefensa o Zona de Acampe comparten mesa con publicaciones que reflexionan sobre la propia práctica de autoeditar. La propuesta va de leer, distraerse, descubrir otros discursos o aportar contenido propio, aprender y compartir lo que otros escriben, dibujan o piensan. La Fanzinoteka ofrece justo eso, un lugar donde la cultura circula de mano en mano y cualquiera puede acercarse a ella.


Algo similar ocurre con La Lona, un periódico que se presenta como «no oficial de la Ciudad de Sol» y que combina noticias, dibujos, textos manuscritos, humor y pasatiempos. En su segundo número, publicado el 6 de octubre, invita a enviar aportaciones a través de la propia Fanzinoteka, conectando así dos iniciativas que utilizan el papel para comunicar desde dentro de la acampada.


Durante las semanas, las tiendas ya no son solo tiendas, sino casas, y las calles son rutinas. Que una protesta necesite hacerse visible no significa que sus participantes tengan que renunciar a su intimidad. Alejandro, por ejemplo, explica que las tiendas individuales no aparecen registradas en su mapa, aunque sí todos los espacios comunes. La distinción responde a una cuestión práctica, pero también permite orientarse sin convertir la vida privada de los habitantes en información puramente disponible.
Fuera de Sol, Alejandro vive en Tetuán, ingresa unos 1.200 euros mensuales más lo que consigue con sus actuaciones y paga casi 900 euros por su vivienda. Después del alquiler y la comida, asegura que le quedan, con suerte, entre 200 y 300 euros. Su situación forma parte de la misma precariedad que llevó a tantas personas a instalarse en la plaza, donde el derecho a la vivienda ha dejado de ser únicamente una reivindicación para convertirse también en el motivo alrededor del cual se organiza la convivencia.
Para él, la acampada no persigue solamente ejercer presión política o reunir diferentes luchas sociales; hay un tercer propósito que considera especialmente importante: «La acampada en sí misma es propositiva». Se refiere a la posibilidad de construir otras formas de organización y de asumir colectivamente responsabilidades que afectan a la vida cotidiana.
Quince años después del 15M, que también levantó en esta misma plaza sus mapas, comisiones y espacios de comunicación, Sol vuelve a poner el foco en la gente, en los de abajo, la sociedad que, como cualquier otra, necesita organizarse, comunicarse y encontrar la manera de vivir.
Y mientras se discute, como si fuera algo discutible, quién puede permitirse una casa en Madrid, en el centro de la ciudad llevan semanas organizándose quienes también la construyen, la habitan, la cuidan y la diseñan. Quienes hacen posible Madrid, ahora la acampan para reclamar el derecho a seguir viviendo en ella.














