Atrapado en Belchite. Sento Llobell presenta la segunda entrega de las aventuras del médico Pablo Uriel

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Portada de la segunda entrega del la historia del médico Pablo Uriel

Sento Llobell acaba de presentar Atrapado en Belchite, la segunda entrega de las aventuras del médico Pablo Uriel. Una historia basada en las memorias de Uriel contadas en el libro No se fusila en domingo (Pre-Textos), en la que el médico –su suegro– narra sus aventuras en la Guerra Civil española. La presentación fue en Belchite –cerca de Zaragoza–, en el lugar de los hechos y con una nutrida presencia de familiares y amigos con visita incluida a las ruinas del viejo Belchite que nunca se reconstruyó después de la batalla. En una fría sala de exposiciones del ayuntamiento, Sento Llobell –yerno– y Elena Uriel –hija del médico– nos contaron en primera persona toda la aventura editorial pero también la real. Un relato que no dejó indiferente a nadie. Si ambos son conocidos por su grandeza como personas, la admiración por quienes presenciamos la presentación ganó muchos enteros.

Sento, ¿cómo enfocaste, cómo enfocasteis tú y Elena, el proyecto de hacer una adaptación de las memorias de Pablo Uriel desde el inicio con El médico novatoAl principio cuando empezaba a dibujar las memorias de Pablo Uriel, me emocionaba excesivamente. Estaba demasiado cerca. He tenido que aplicar un filtro estético. Al final he tenido que pensar que esa carita que me he inventado es un personaje, ya no es Pablo. Es un actor.

La labor de adaptar un texto narrativo consiste en saber elegir las partes del todo. ¿Cómo ha sido la labor de selección y simplificación de la historia? El tebeo es el arte de la elipsis, mucho más que el cine. Y tienes que elegir entre cientos de personajes y otorgarle acción solo a uno porque si no el lector se pierde. Hay que hacerlo para que haya una lectura más ágil y fluida, poniendo el acento en los momentos más importantes y simplificando en otros momentos.

Hemos tenido que esquematizarlo de una manera brutal. Por eso, tal vez me costó bastante empezar la historia. De hecho hice 2 o 3 intentos. Llegaba hasta la página 10 o 15 y volvía atrás. Porque no me convencía. Lo que pasa es que lo que no me convencía era el tono gráfico y el tono narrativo de la historia. Hasta que llegué a la conclusión de que lo que estaba haciendo era un tebeo, nada más.

Pablo Uriel había escrito un libro muy bonito, un libro importante. Yo solo tenía que hacer un tebeo, un cómic. Y Pablo ya no tenía que ser Pablo, tenía que ser un personaje. Cuando por fin me convencí de que Pablo no era mi suegro sino que era un personaje, pude empezar a cabalgar tranquilamente y seguir dibujando. Decidí seguir adelante y ya volvería a repetir las páginas que hiciera falta después, pero tenía que empezar. Con bastantes dudas.

Se nota en esta segunda parte que hay más confianza en el dibujo, incluso que las escenas están más elaboradas y mejor tratadas. ¿El proceso de adaptación ha ido mejorando cuando te quitaste de encima el peso de la responsabilidad? Cuando estaba a mitad del primer libro se nos ocurrió presentarlo a un concurso que convoca la Fnac y tuvimos la suerte que nos concendieran el premio, lo que nos dio mucha energía y muchas alas para poder acabarlo. Ese primer tomo se llamó Un médico novato y nos ha dado muchas alegrías. Ha sido tratado con mucho cariño tanto por la gente como por la crítica especializada. Estuvo nominado en el Salón del Cómic de Barcelona, el Hollywood del Cómic en España, incluso dicen que estuvo entre los finalistas al Premio Nacional de Cómic… menos mal que no me lo dieron, porque no quería subir a darle la mano al señor Wert. Así que, a ver si ahora ponen a otro ministro y entonces, por favor, que me lo den.

Este segundo tomo lo hemos llamado Atrapado en Belchite. Para Pablo, Belchite fue como una bisagra en su vida. Todo lo que vivió aquí y todo lo que vivió allí en Zaragoza, ver cómo se vuelve a salvar de milagro creo que le dejó una huella muy honda. Con todas las cosas buenas que nos iban pasando, yo tenía mucha más seguridad y a la hora de hacer este segundo libro, lo hemos hecho cumpliendo rigurosamente los plazos que nos habíamos autoimpuesto para sacar esta segunda parte antes de que se olvidara la primera.

En este segundo número además os habéis convertido en editores. ¿Qué ha supuesto automedicar un proyecto tan personal? En este tiempo hemos pasado por dos editoriales. La primera Sins entido, de Jesús Moreno, que desapareció del mercado a los pocos meses. Fuimos rescatados por Salamandra editorial, con la que hemos estado el año pasado. Lo que ocurre es que a la hora de hacer el segundo tomo, el plan editorial de Salamandra nos obligaba a retrasar bastante la salida de este segundo libro.

Y la verdad no nos gustaba retrasarlo tanto. Queríamos hacer un libro por año, siempre que pudiéramos… Y por eso, de una manera muy amable –le estoy muy agradecido a la editorial Salamandra de lo bien que nos han tratado–, decidimos empezar nuestra primera edición autoeditada para cumplir con los compromisos que teníamos adquiridos –tanto con Belchite como en Valencia– donde queremos presentar el libro.

Ser autor y editor a la vez tiene sus ventajas… La verdad es que, ahora, esto de estar siguiendo y decidiendo todos los pasos del libro es muy bonito. Antes lo que hacías era unos dibujos, unas páginas, se lo entregabas al editor y él lo imprimía, lo distribuía… Ahora, encargarte de todo es muy atractivo ya que puedes controlarlo todo para que salga como quieres aunque sea muy costoso en trabajo.

Elena Uriel, una de las hijas de Pablo Uriel, ha sido fundamental en todo el proyecto y el proceso de creación de la novela gráfica. ¿Es un proyecto compartido? Siempre uso el plural y hablo en plural porque como pasa en la mayoría de proyectos grandes nunca es algo de una sola persona, sino que es el concurso de varias personas. Yo cuento en primer lugar con Elena Uriel, una de las hijas del protagonista. A los que la conocen ya saben de su alto criterio estético, de su optimismo enfermizo y de su capacidad de resistencia a la adversidad, algo que habrá heredado de su padre.

Ella es la primera coautora de todo esto. La que se encarga de casi cualquier cosa que no sea dibujar las viñetas. El apoyo de la familia Uriel siempre ha sido de gran ayuda. Por eso hablo siempre en un plural colectivo familiar y de amigos que tratamos de prolongar las palabras de Pablo Uriel, las que dejó escritas en su obra No se fusila en domingo. Sobre todo para hablar sobre el tema de la Guerra Civil, a través del cómic, a una generación más joven y con menos prejuicios.

¿Cuál ha sido vuestro principal objetivo a la hora de recrear una obra literaria en formato de novela gráfica? Si algo nos ha preocupado a la hora de hacer esta colección es no utilizarla como un arma arrojadiza, como una manera de ajustar cuentas, porque los textos de Pablo, si tienen alguna característica principal es que no tienen ningún ánimo de revancha.

Ian Gibson dice en el prólogo de No se fusila en domingo: «Un libro admirable, es un documento de una profunda humanidad. Después de leerlo uno siente cierta desesperación. Tanta crueldad, tanto sadismo, tanta ignorancia, tanta torpeza. Pero después de leerlo transmite cierta fe en las posibilidades del hombre. Y rebasando esquemas maniqueos no cierra la puerta a un futuro mejor, fundamentado en la caridad, la inteligencia y el trabajo. Ha hecho bien Pablo Uriel en dejarnos su testimonio o parte de él, y espero que una vez publicado sea leído por muchos jóvenes que no conocieron aquellos terribles años y que deberían saber la España que pudo ser pero que aquella vez no fue».

Elena, ¿por qué la presentación en Belchite? Siento una gran emoción al estar en Belchite. Mi padre siempre venía. Cuando iba hacia el Este, siempre daba un rodeo y pasaba por Belchite. Siempre. Yo imaginaba lo que hacía en esas visitas y cuando vine lo vi más claro. Estoy segura que se paseaba con una mano en el bolsillo y fumando. Iba por la calle Mayor hasta la Iglesia de San Martín. Miraba las casas y salía por uno de los arcos como el de San Roque.

Siempre pensé que en la juventud somos muy ignorantes, porque yo sabía que él venía a Belchite, y siempre pensaba que un día tendría que venir con él pero nunca encontraba el momento. Estaba muy ocupada conmigo misma. ¡Cómo me gustaría a mí, si existiera ese Ministerio del Tiempo, poder ir con él paseando por Belchite y que me contara!


¿Cómo fue la experiencia de tu padre en Belchite?
Quiero invitaros a imaginar a mi padre en 1937. Para imaginar mejor, yo suelo hacer una cosa que a mí me funciona, que es pensar en las cosas acercándolas a mí. Me imagino a mi padre con 23 años. ¿A quién conozco que tenga 23 años? Pues a mis alumnos, a mi sobrina… y creo que son muy jóvenes. Entonces me lo imagino con 23 años. Imagino Belchite en agosto, con un calor espantoso, insoportable. Imagino que esa persona de 23 años lleva un año por las trincheras. Las hemos visitado y es algo desolador. Y entonces imagino los últimos días del asedio, el episodio más fuerte de la historia. Me imagino a mi padre ahí dentro con 4.500 personas (3 veces los habitantes del Belchite actual). Aproximadamente la mitad son civiles y la otra mitad militares. Más de 600 están heridos –ya que habían sufrido ataques previos–, no hay agua, no pueden salir a las calles, ya que se les dispara desde cualquier parte. Están encerrados en las casas, en los sótanos. Imagino que además de la guerra, también tendrían fiebre, dolor, enfermedades comunes, habría niños, tendrían que hacer sus necesidades básicas…

En este contexto es más fácil imaginar el pavor, el miedo insoportable… es fácil imaginar los millones de moscas. Cada día, cuando volvía de trabajar le preguntaba a Sento: «¿Ya tienes la página?». Y siempre me parecía maravilloso cómo le ponía imagen. Un día estaba recreando una parte de asedio y Sento dijo: «La verdad es que aquí con este calor, debería poner alguna mosca». Y entonces puso alguna mosca. Y de repente puso más y luego más. Y se pasó un día entero poniendo moscas. Porque decía: «Tendría que haber muchísimas moscas». Después hemos leído varios testimonios y decían que sí que era una de las cosas que pasaba.

Otra cosa era el olor insoportable. Mi padre cuenta en uno de sus escritos, que cuando acaba el asedio y lo sacan por una de las puertas, nota algo raro. Nota que respira y que no hay olor. El aire no huele. Llevaba muchísimos días con un olor insoportable. Él describe en ese documento el no olor.

Contar el infierno que pasó tu padre aquí, poner luz sobre la oscuridad, ¿creéis que le servirá a otros? Mi padre quiso contar lo que le pasó aquí, y lo que le pasa ahora mismo a mucha gente y en muchos sitios del mundo desgraciadamente. Creo que hemos ilustrado con los dibujos de Sento –algunos son increíbles, hay que mirarlos a fondo– lo que mi padre define como el infierno. El infierno en una Iglesia, un oxímoron. Él estuvo en el infierno. Lo que mi padre quería era contarlo y nosotros somos un poco su voz, que su voz siga contando. Cuando paseas por las calles destruidas del viejo Belchite te puedes imaginar la infinita estupidez y crueldad a la que las personas somos capaces de llegar. A cualquiera de nosotros le cortan el agua 3 días y nadie sabemos lo que seríamos capaces de hacer. Posiblemente nada bueno. Tenemos que intentar con todas nuestras fuerzas que nadie más vuelva a pasar por esto. Tenemos que intentar imaginar un mundo mejor y trabajar muchísimo para conseguirlo.

¿Cuándo hizo tu padre esta obra tan increíble? ¿Cómo fue el proceso de escritura de Pablo Uriel al escribir sus memorias publicadas en No se fusila en domingo? Recuerdo que se iba al Parador de Bayona tres o cuatro días al año, con una máquina de escribir pequeña y escribía. Él volvía y no contaba nada.

Tengo una teoría. Hemos encontrado muchas notas suyas sobre Belchite con nombres… muchas notas. Incluso planos del pueblo con los tres intentos de salida. Él escribía esas notas y luego lo pasaba a un formato más literario, más narrativo.

Al final del libro dice ‘bueno y eso ya es otra historia’. Él tenía escritas cantidad de notas con todos sus recuerdos. Tenía ganas de contar, pero en ese tránsito de ir narrando de forma más literaria todo lo acontecido nacieron cinco hijos y ya no podía. Imagino que al principio con uno o dos hijos todavía tenía tiempo, pero con 5 hijos seguramente mi madre le dijo que eso de irse 3 días nada. Por eso no le dio tiempo de pasar a formato literario la última parte. Hemos encontrado las notas y estamos emocionados…

¿Cuándo descubristeis que tu padre había escrito sus memorias? Mi padre mientras escribía el libro no nos contó nada. Yo me enteré cuando un día lo dejó encima de la mesa y me dijo: «Léete esto». Y me sorprendí de ese señor, que era mi padre, pudiera haber vivido esa historia. Imposible de creer.

Fue mucho tiempo después cuando se me ocurre hacer un libro. También pasó mucho tiempo porque durante muchos años hubo mucho miedo y mucha represión y si tal vez le cuentas a tus hijos que estás haciendo algo y luego lo dicen en el colegio o en cualquier sitio, podía haber problemas. Creo que ese fue el motivo por el que no nos dijo nada. Había mucha represión entonces. No fue el momento de sacarlo. En A Coruña, en verano –donde veraneaba Franco– iba la policía cada año casa por casa a mirar todo, incluso los libros que había en la estantería. El libro estuvo escrito en cuartillas y notas sueltas. Era una época en la que en las librerías había libros clandestinos e imagino que ese fue el motivo de que no nos lo contara.

Mi padre murió en 1990 y pudo ver una edición muy básica a máquina, y otra edición que hicimos ya impresa, unos 1.000 ejemplares. El carraspeaba y sí que nos dijo que le gustó. Fue la edición que prologó Ian Gibson, aunque mi padre no pudo ir a la presentación que hicimos en A Coruña porque ya estaba bastante enfermo.

Yo creo que él estaba contento.

El tercer tomo de la novela gráfica narra su historia después de la locura de Belchite… Después de Belchite lo llevaron al penal de El Puig en Valencia, donde estuvo en el monasterio durmiendo en el suelo casi un año, con la misma ropa y las mismas alpargatas con las que salió de Belchite. Cuenta cómo los batallones de prisioneros hacían las carreteras, cómo acaba la guerra en Valencia. Un final que parece un guión hecho por Gila, si no fuera por los muertos sería realmente cómico. Como anécdota cuenta que los presos se llegan a encerrar por dentro… por miedo.

Todo esto lo hemos encontrado luego… y será de lo que tratará la próxima entrega.

Sento, imagino que os habréis emocionado en muchos momentos del proceso… Indudablemente me han emocionado muchas partes de la historia. Los que hayan leído las memorias en las que está basado todo el cómic, comprenderán lo terrible que ha sido elegir entre muchas escenas maravillosas que hay en el libro porque tenía que recortar, tenía que elegir partes porque no se puede poner todo.

Un artículo de El País decía que el libro de Pablo Uriel era uno de los 10 mejores libros sobre la Guerra Civil Española. Más que la emotividad de la obra, la mayor dificultad ha sido la de no poder dibujar cosas que se me han quedado en el tintero. Siempre podremos hacer en el futuro las partes que no hemos hecho ahora.

¿Para cuándo la película? Tenemos un problema con esto. Mi suegro se parecía mucho a Gregory Peck y ya no está disponible. Buscarle un sustituto es difícil [risas] ¡Nos encantaría! Estaría muy bonito. Es una historia muy fílmica. Sería un lenguaje nuevo al que traducir la historia. Literatura, cómic y cine.

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