Cada vez que se publica una nueva llamada a proyecto mal remunerada —como la reciente convocatoria del Ayuntamiento de Burgos— se repite el mismo patrón. Se generan críticas, respuestas defensivas y una sensación generalizada de frustración en la profesión. Pero más allá del ruido, lo que queda en evidencia es una desconexión profunda entre quienes aprueban este tipo de propuestas y la realidad económica de quienes vivimos del diseño.