Durante décadas, la tipografía ha sido uno de los grandes elementos invisibles del poder. Siempre presente en leyes, documentos oficiales y comunicación institucional, rara vez ha sido cuestionada. El reciente cambio de Calibri a Times New Roman ordenado por la administración Trump en el Departamento de Estado de Estados Unidos ha roto ese silencio y ha abierto un debate inesperado: ¿puede una tipografía tener afinidad política o estamos proyectando ideología sobre una herramienta técnica?
La relación entre tipografía y poder no es nueva. En los casos más extremos, las letras han funcionado como símbolos ideológicos explícitos. Las tipografías góticas utilizadas por el régimen nazi en los primeros años del Tercer Reich condensaban una idea de tradición nacional frente a la modernidad internacional. Aunque su uso no fue constante ni obligatorio, la asociación quedó fijada en la memoria colectiva.