Durante años hemos visto a políticos gastarse el dinero público de forma obscena y a los diseñadores —tan amantes de lo correcto, lo ortodoxo y lo ordenado— echarse las manos a la cabeza. Pero qué pasa cuando somos nosotros los que nos gastamos el dinero de todos. ¿Somos igual de críticos, igual de exigentes? Pues visto lo visto parece que no. Se repiten los patrones.
Cuando estamos en el año en que más dinero se está invirtiendo en promocionar el diseño y todo lo bueno que tiene, parece que nos gastamos el dinero público con la misma alegría con la que se lo gastan los políticos.