«La huelga también va de diseño», por Víctor Palau

La huelga educativa en la Comunitat Valenciana no afecta solo a colegios e institutos. También interpela directamente a las escuelas públicas de diseño, arte, cerámica, fotografía, música, danza o arte dramático. Y nos recuerda algo que el sector creativo conoce demasiado bien: sin una educación pública fuerte, bien dotada y ambiciosa, dedicarse al diseño seguirá siendo una posibilidad reservada para quienes puedan pagársela.

Llevo más de veinte años dando clase. Primero fueron algunas clases sueltas, luego masterclasses, conferencias, charlas, semanas completas de docencia, asesorías a escuelas en sus planes de estudio y colaboraciones de todo tipo, tanto en centros públicos como privados. Con el tiempo, aquello que empezó como algo casi ocasional se ha convertido en una parte importante de mi relación con el diseño. Desde hace ya algunos años, además, tengo el privilegio de impartir un trimestre en un máster público de diseño editorial del que me siento especialmente orgulloso. Ver a alumnos interesarse de verdad por esto de diseñar libros y revistas, por entender cómo se construye una publicación, cómo respira una página o cómo se organiza una idea en papel, sigue siendo una de esas cosas que te reconcilian con el oficio.

En todos estos años me he sentido un privilegiado. Siempre he tenido el gran privilegio de poder compartir lo que sé con alumnos con motivación, con ganas de aprender, con curiosidad. También los he tenido, claro, que pasaban por allí. Eso forma parte de cualquier aula. Pero incluso en esos casos hay algo valioso: la posibilidad de que alguien descubra una disciplina que no sabía que podía importarle. La educación también consiste en eso, en abrir puertas que a veces ni siquiera sabíamos que existían.

Por eso esta huelga educativa que está sucediendo en la Comunitat Valenciana no puede leerse solo como una protesta de colegios de primaria o de institutos de secundaria. La huelga también nos afecta a nosotros, los diseñadores. También afecta a las escuelas públicas de diseño, porque están dentro del mismo sistema educativo público no universitario que hoy se ha levantado para reclamar mejoras salariales, reducción de ratios, menos burocracia, más recursos, mejores infraestructuras y más respeto institucional.

Y ahí aparece una de las grandes anomalías del diseño. Las enseñanzas artísticas superiores —diseño, música, danza, arte dramático, cerámica— forman parte de la educación superior, conducen a títulos equivalentes a grado y, sin embargo, siguen atrapadas en una tierra administrativa extraña, lejos del reconocimiento simbólico, material y presupuestario que asociamos a la universidad. El propio Instituto Superior de Enseñanzas Artísticas de la Comunitat Valenciana agrupa centros de enseñanzas artísticas superiores en distintos ámbitos y la normativa reconoce especialidades como Arte Dramático, Cerámica, Danza, Diseño y Música. Pero la sensación, para quienes estamos cerca, es que el diseño continúa en ese lado del menosprecio. No estamos del todo en el lado de la universidad. Estamos en el lado de lo que se administra como si fuera secundario, accesorio, vocacional, casi decorativo.

La distancia que se ha ido abriendo

En estos veinte años he visto cómo la distancia entre la educación pública y la privada ha ido aumentando progresivamente. Cada año un poquito. Poco a poco. Casi sin darnos cuenta. Y no lo digo porque me parezca mal lo que hacen muchas escuelas privadas de diseño. Todo lo contrario. Algunas ofrecen una educación de altísimo nivel, con planes bien confeccionados, estrategias claras, buenos equipos, buenas dotaciones, talento y vocación. Hay escuelas que se adelantan a tendencias, incorporan procesos vanguardistas y se atreven a formular preguntas que la educación pública también debería estar formulando. Recuerdo, por ejemplo, ver un máster de Elisava titulado «Futuros Inciertos» y pensar que aquello era exactamente el tipo de planteamiento que debería estar en el centro de cualquier escuela pública ambiciosa. Me voló la cabeza. Me pareció sorprendente, necesario, casi impagable.

El problema no es que la escuela privada haga bien las cosas. El problema es que la administración debería estar, como mínimo, a esa altura. La escuela pública debería ser tan eficiente, tan ambiciosa y tan avanzada como la privada. O más. ¿Quién tiene más recursos que el Estado si decide ponerlos donde debe? ¿Quién podría adelantarse a todo si quisiera? ¿Quién debería poder contratar a los mejores profesionales, dotar los talleres, cuidar las instalaciones, actualizar los equipos, imprimir, visitar imprentas, traer a profesionales en activo, pagarles bien y permitir que los alumnos aprendan con calma, profundidad y exigencia?

Pues eso no es así. La escuela pública de diseño se ha ido burocratizando en los últimos años de un modo que empieza a ser invivible. Recuerdo que al principio me llamaban, daba mis clases, pasaba una factura al finalizar la docencia y fin. Este año, y no exagero porque lo he contado a conciencia, he tenido una tramitación de varios meses, cuatro o cinco aproximadamente, y he llegado a presentar 56 documentos diferentes, algunos de ellos varias veces. Esto no parece un accidente. Esto parece hecho a conciencia. Y el resultado es absurdo: de todo el trimestre, al final he acabado dando clase solo un mes, porque la tramitación se fue retrasando, retrasando y retrasando, sin una causa aparente, hasta desembocar en que lo que debía hacerse en tres meses hubo que hacerlo en uno.

Para mí no es el problema principal. Puedo adaptarme. Puedo concentrar el temario, correr, improvisar, apretar. Pero para los alumnos sí es un problema. Integrar y digerir algo en tan poco tiempo no es lo recomendable. Les deja en la situación de aprender como quien atraca un buffet libre: coger todo lo que pueda, lo más rápido posible, antes de que se cierre la puerta. Y aprender diseño no debería parecerse a eso. Diseñar exige tiempo, error, conversación, maduración, vuelta atrás. Exige mirar una página varias veces, imprimirla, colgarla, verla desde lejos, tocarla, corregirla, volver a empezar.

Pero si solo fuera eso, quizá no estaríamos hablando de un problema estructural. Ya hace años que desaparecieron los ordenadores de clase, lo que obliga a los alumnos a comprarse uno. Y eso, en diseño, no es un detalle menor. Un ordenador competente cuesta dinero. Mucho dinero para muchas familias. Nunca he tenido una simple impresora en clase. La he tenido que «robar» de dirección cada año hasta que este año directamente tuve que llevar la mía. Cogí mi impresora, la impresora con la que trabajo todos los días, y la llevé a clase. Menos mal que los folios me los dieron. Así pudimos imprimir a toda velocidad una planilla con toda la revista que estábamos diseñando y ponerla en la pared. Al final quedó un trabajo más que digno. Los alumnos respondieron, se implicaron, entendieron el proceso. Pero esa no es la manera.

Y repito: mi caso es de privilegio total. Nada que ver con lo que tienen que soportar los profesores de grado, los equipos directivos, los docentes que están cada día en aulas masificadas, con falta de medios, con burocracia insoportable y con la presión de sostener un sistema que muchas veces parece funcionar gracias a su voluntad personal.

A esto hay que sumarle algo que venimos publicando desde hace meses: la reducción de profesores externos, es decir, la pérdida de profesionales en activo que se acercan a las aulas para conectar a los estudiantes con la realidad del oficio. Y lo digo con todo el respeto del mundo hacia los profesores de carrera, muchos de ellos excelentes y absolutamente comprometidos. Pero el diseño no puede aprenderse solo desde el aula. Necesita el roce del estudio, del cliente, del presupuesto, de la imprenta, del error real, de la entrega que se retrasa, de la tipografía que no funciona, del papel que no responde, de la reunión en la que una idea se cae o se salva. Si los profesionales dejan de entrar en las escuelas públicas, los alumnos pierden una parte esencial de su formación.

También están las instalaciones. Véase la situación de la escuela de Alicante, o tantos otros centros donde las carencias se han normalizado hasta parecer parte del paisaje. O los presupuestos para algo tan simple como coger un autobús y visitar una imprenta que esté un poco alejada de la escuela. Todo es imposible de esta manera. Todo cuesta una autorización, una tramitación, un documento, una espera. Y mientras tanto, el mundo cambia a una velocidad brutal.

La educación pública como ascensor social

Yo soy hijo de un agricultor y de una encajadora de naranjas. Si no hubiera sido por la universidad pública, no estaría ni de lejos donde estoy ahora. La universidad que yo conocí no era perfecta. Ni de lejos. Tenía carencias, problemas, profesores mejores y peores, aulas más o menos dignas. Pero en aquel momento era algo inaudito en este país. A principios de los noventa, la universidad pública se levantaba como un gran ascensor social. Podíamos estudiar, formarnos y tener una oportunidad de crecer en algo que, en mi caso, nadie esperaba. Estudiar Bellas Artes viniendo de donde venía era casi impensable.

Y aun así, recuerdo perfectamente las risas, los comentarios, esa frase tan española y tan cruel: «Bueno, sí, eso está bien, pero estudiar, estudiar, ¿qué vas a estudiar?». Si ya se reían entonces de una carrera universitaria como Bellas Artes, qué le van a decir hoy a una persona que quiera estudiar diseño en una escuela desvencijada, desprestigiada, sin recursos, sin equipos suficientes y sin apenas profesionales que puedan acercarse a dar clase. Qué le van a decir si la alternativa es tener mucho dinero para ir a una escuela privada con capacidad, con medios, con prestigio y con una oferta que solo pueden pagar unos pocos.

Hay que decirlo con sinceridad: dedicarse a esto del diseño sigue siendo elitista. No todo el mundo puede. No todo el mundo tiene el entorno, el dinero, el tiempo, la tranquilidad familiar o la capacidad material para dedicarse a esto. No basta con tener talento. No basta con tener ganas. Si no tienes un ordenador, si no puedes pagar materiales, si no puedes desplazarte, si no puedes permitirte equivocarte durante años, si tu familia necesita que trabajes ya, si el sistema público no te ofrece una plaza o no te ofrece unas condiciones dignas, el diseño deja de ser una vocación posible y se convierte en una puerta cerrada.

Porque el problema ya no es solo la falta de recursos en la escuela pública. Es también un problema de capacidad. Aunque tuviéramos las mejores escuelas de diseño del planeta, con recursos ilimitados, seguiríamos teniendo un drama si esas escuelas solo pudieran acoger a unas cuantas decenas de alumnos cada año por especialidad. Se quedan fuera miles de jóvenes que no pueden optar a esas plazas y que acaban, de forma casi inevitable, en la escuela privada. Y las escuelas privadas, por supuesto, tienen todo el derecho del mundo a ofrecer formación. Algunas lo hacen muy bien. Pero no todo el mundo puede pagárselo. Y no todo el mundo está dispuesto, ni debería estar obligado, a hipotecar su vida por unos estudios que no garantizan un ascenso social ni un puesto estable donde ganarse la vida.

Así que muchos, muchísimos, los más pobres seguro, se quedan fuera. Y eso es un verdadero drama.

Por eso esta huelga también va de diseño. Va de quién puede estudiar diseño y quién no. Va de si aceptamos que las profesiones creativas sigan siendo un territorio reservado para quienes pueden permitirse años de formación cara, prácticas mal pagadas, materiales costosos y una entrada lenta en el mercado laboral. Va de si creemos de verdad que el diseño, la música, la danza, la cerámica, la fotografía o el arte dramático son conocimiento, cultura, industria y futuro, o si seguimos tratándolos como adornos bonitos que quedan bien en los discursos pero mal en los presupuestos.

Si queremos estudios serios y responsables, hay que exigirle a la administración que esté a la altura. Que dote de recursos a la escuela pública. Que pague bien a los profesores y a los profesionales. Que reduzca la burocracia. Que cuide las infraestructuras. Que permita contratar talento. Que entienda que una impresora, un ordenador, un taller, una visita a una imprenta o la presencia de un profesional en activo no son caprichos, sino herramientas básicas de aprendizaje. Que no mire las enseñanzas artísticas como un lujo ni como una rareza, sino como una parte esencial de la educación contemporánea.

Y esto vale para todos los partidos políticos. Para los que están, para los que estuvieron y para los que estarán. Porque, siendo sinceros, no parece que para ninguno de ellos la educación haya sido nunca una prioridad nacional de verdad. Todos hablan de futuro, innovación, talento, creatividad, cultura, emprendimiento y transformación. Pero luego las escuelas públicas siguen esperando una impresora, un autobús, un aula decente, una tramitación razonable o un contrato que permita que un profesional llegue a tiempo a clase.

Así que a todos los profesores, profesoras, equipos directivos, alumnos, familias y amigos que están dejándose la piel en esto: mucho ánimo, mucha fuerza y vamos con todo. El futuro nos lo agradecerá, sin duda. Aunque solo sea por dignidad.

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