«Está pasando. Y tiene que pasar más», por Víctor Palau

Hace años que llevamos, llevo, publicando artículos, reportajes y noticias sobre concursos de diseño. Algo más de una década, diría yo. Y recuerdo perfectamente cómo, desde casi el principio, muchos compañeros diseñadores me decían aquello de «bueno, tampoco es para tanto», «el que quiera presentarse, que se presente», «eso no afecta para nada al sector» o, directamente, «yo me dedico a lo mío y a mí no me afecta». Por más que intentara explicarles que sí les afectaba, que era un problema bastante más serio de lo que parecía y que aquello terminaría teniendo consecuencias para todos, muchos me miraban como al loco que grita en medio del desierto que el desierto acabará llegando a todas partes. Pues el desierto ha llegado.

Desde hace un par de años, uno de nuestros objetivos en Gràffica, y uno de los míos personalmente, ha sido mostrar la dimensión real de lo que suponen los concursos de diseño en todas sus variantes. Hemos sido muy, muy constantes, pesados incluso, porque concurso que aparece es concurso que miramos, convocatoria que nos llega es convocatoria que intentamos analizar, y poco a poco hemos ido mostrando las mil y una caras de un problema que durante demasiado tiempo parecía menor. No hablamos solo de los concursos especulativos, que probablemente sean la modalidad más delirante porque hacen que decenas o centenares de personas trabajen gratis por ilusión, invirtiendo horas, conocimiento, recursos y dinero sin ningún tipo de retorno. Hablamos también de los que pagan una mierda, de los que directamente no pagan nada, de los que ofrecen un diploma, una placa, unas entradas para un evento, una comida, una habitación de hotel o una estancia de fin de semana, y todo eso revestido de expresiones estupendas como «dar visibilidad», «apoyar el talento», «impulsar la creatividad» o «ayudar al sector». Qué manía tiene todo el mundo de ayudarnos.

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