Siempre he pensado que muchos de los que se refugian en el minimalismo son, directamente, unos vagos. O unos ineptos. Porque bajo la excusa de “menos es más” lo que muchas veces hay es una incapacidad de ir más allá.
Un fondo de color —bonito, eso sí—, una palabra con una tipografía perfecta y todo resuelto. Pero ese “todo resuelto” es muchas veces el síndrome del impostor en estado puro: no sabes dibujar, no tienes nada que contar, no quieres molestar a nadie ni que nadie te critique. Pues haces minimalismo.