No hay una confirmación más rotunda de la
muerte del diseñador gráfico que el hecho de que este haya perdido su propia
voz.
Como apunta Neville Brody, los diseñadores han perdido el poder de observación, han olvidado cómo romper las normas y, por tanto, han dejado de diseñar cosas rompedoras. Ya no se diseñan piezas gráficas que dejen una pátina de incomodidad en el público que les permita reflexionar sobre aquello que se les plantea a través de ellas. Lejos quedaron los 70, 80, el punk y su gráfica que le gritaba al mundo a través de cualquier portada, cartel o fanzine caótico. Todo un campo abierto de expresión y experimentación que hoy se diluye con el Big Data o con un puñado de likes. Cada vez parece menos probable que vuelva a surgir un Malcom McLaren o un Jamie Reid capaces de capturar en composiciones gráficas la esencia y el espíritu de movimientos arraigados en ideologías como, por aquel entonces, la anarquía y el anticapitalismo. Ejemplo de ello fueron los carteles y las portadas de los Sex Pistols, en los que pudieron diseñar libremente, sin las limitaciones impuestas por los estándares y las normas de diseño tradicionales. Fue así como se creó —de la mano del diseñador gráfico— una voz con personalidad propia que increpaba al público y le invitaba a pensar por sí mismo fuera de lo ya establecido; aportando contrariedad y reflexión a la escena social.
Pero el diseñador gráfico de hoy, vendido por completo a un sector que busca la rentabilidad económica por encima de todo, ha olvidado que tiene este poder.