El concepto Micharmut

El futuro Centro Valenciano de Estudios y Conservación del Patrimonio de la Historieta ha decidido llamarse Centro Micharmut, un homenaje a una figura esencial en el desarrollo de la historieta en España.

Juan Enrique Bosch Quevedo Micharmut y Paco Camarasa. Foto de Gotham News

2016 fue un año triste, muy triste. Con apenas unos meses de diferencia desaparecieron Paco Camarasa y Micharmut, víctimas de esa enfermedad que muta nuestras células sin conocer los méritos que acumula cada uno para acompañar a la Parca.

Fueron, ambos visionarios: Camarasa en el mundo de la edición, entendiendo ya en los 90 que el ciclo de las revistas había acabado y que era el libro el formato que acogería definitivamente al cómic mucho antes de que se popularizara el término de novela gráfica.

Y entendió, también, que solo existía salida a través de la apuesta por los autores y autoras de aquí: dos ideas que consiguieron romper la impermeabilidad de las librerías generalistas hacia los tebeos y recuperaron la labor de grandes artistas de los 80 como Sento, Max, Calatayud, Laura, Gallardo o Silvestre, pero también abrieron el camino a jóvenes promesas como María Colino, Pablo Auladell o Santiago Valenzuela.

Pero, sobre todo, fue un creyente de la genialidad sin límite del mayor innovador que ha tenido el cómic español: Micharmut.

el genio de verdad

Juan Enrique Bosch Quevedo fue una persona  apasionada del tebeo y de la cultura popular, un conversador incansable aunque poco amigo de las multitudes, lector impenitente y caminante de cercanía de su amado barrio del Cabanyal y de la belleza de Navajas. Pero Quique, como los buenos personajes de tebeo, tenía una personalidad secreta, un disfraz que le permitía exhibir al mundo un superpoder sin límite: el del arte de sus lápices.

Como Micharmut, fue el auténtico cerebro tras la renovación del cómic que se vivió en Valencia en los años 80. Pregúnteles a cualquier de los grandísimos autores que conformaron aquella generación sin igual que se conoció como la Nueva Escuela Valenciana. Los Sento, Manel Gimeno, Mique Beltrán, Manel Gimeno o Daniel Torres tenían en Miguel Calatayud a un referente casi paternal, pero todos coincidían en una frase: «El genio de verdad era Micharmut».

Incomprendido en su época, supo entender como pocos la esencia de lo que era la historieta, del papel del cómic en la cultura popular.

Incomprendido en su época, supo entender como pocos la esencia de lo que era la historieta, del papel del cómic en la cultura popular. Lo estudió, lo analizó y lo asimiló hasta conocerlo en cada línea, en cada mancha, en cada viñeta. Y todo ese conocimiento fueron los gigantes a cuyos hombros anduvo para coger impulso y lanzarse a descubrir nuevos recursos.

Cuando Micharmut llega a su primera obra publicada de forma autónoma, Dogon (Colección Arrebato), ya se encuentra a miles de años de distancia de todo lo que se estaba haciendo en España: la radicalidad de su discurso gráfico, del uso matemático y visceral de la línea y la mancha, estaba al servicio del género más puro, del thriller de aventuras que reinaba en los cuadernillos de tebeos que leían los niños de los años 40 y 50.

En un contraste que muy pocos entendieron pero no le desanimó: se unió a la línea clara para publicar historias cortas en la revista Cairo que comenzaban a definir un trabajo donde lo orgánico dejaba espacio a lo inorgánico, donde los fondos tomaban vida en escenarios en ebullición y mutación constante como había aprendido de Herriman. Donde las formas cambiaban y generaban trampantojos que rompían la narración, donde la lectura era un reto constante para quien se acercaba a sus viñetas.

Raya

Creó a Glen Radar mientras solo Joan Navarro creía en su magisterio, para que finalmente fuera Cairo el lugar donde se editara una de las obras magnas del cómic europeo: Raya. El género detectivesco elevado a la categoría de mitología divina, lo urbano y lo celestial mezclados en la búsqueda de una felicidad escondida en lo cotidiano, las ficciones que el ser humano ha creado para poder trascender en diálogo con las que creó para entretenerse.

Páginas que esconden homenajes irredentos a Coll, Urda y Palop, al cuento clásico para niños y niñas, pasando por las novelas de a 5 ptas. de Clark Carrados, Curtis Garland, Keith Luger y Silver Kane. Todo narrado desde una concepción gráfica de una modernidad abrumadora, con la innovación como bandera y colocando el lenguaje del cómic en pleno siglo XXI.

Leído hoy, Raya sigue desconcertando en una vanguardia que todavía se nos antoja muy por delante de lo que se está leyendo: cuando vemos las experimentaciones que están haciendo jóvenes autores como Roberto Massó, María Medem o Oscar Ranha, cuando leemos las atrevidas propuestas de ruptura de Max, solo nos viene un pensamiento a la cabeza: Micharmut ya estuvo ahí.

Pero pese a ser admirado por artistas e intelectuales, Raya fue el final de la trayectoria comercial de Micharmut. Recluido a los fanzines y a un experimentación constante por una etiqueta de «autor maldito» que tendría respuesta desafiante en la soberbia Marisco (La General) sería Camarasa el que definitivamente apostaría por la necesidad de que Micharmut estuviera en las librerías, dándole libertad absoluta.

Gracias a Ediciones de Ponent vio la luz 24 horas, el mayor ensayo sobre la relación de la arquitectura urbana con el lenguaje de la historieta, pero también uno de los relatos más amargos y a la vez emotivos de la ciudad. Edificios y calles donde no hay humanos, solo la huella de su existencia dejada en esos espacios que compartimos y construimos desafiando a la naturaleza y la física.

El editor de Onil recuperó la odisea infantil Pip, que publicó en la revista Camacuc mezclando su pasión por los tebeos de la Editorial Valenciana y su amor por los paisajes de Navajas, mientras alentaba la experimentación en series como La noche de la rata, recopilaciones como Arf o los Almanaques donde reivindicaba las publicaciones de antaño desde una relectura de modernidad rampante y desafiante.

Pero sabedor de que no podía publicar todo lo que bullía en su mente, Micharmut encontraría en internet un espacio de libertad absoluta donde publicar todas sus propuestas: Solo para Moscas o El teatro eléctrico aprovecharon la sencillez y auge de los blogs para trasladar las propuestas más atrevidas que se han hecho en el cómic moderno, espacios de experimentación donde no hay límites y el trazo muta y baila al ritmo de composiciones imposibles mientras Ernst revive en unos collages que esconden denuncias sin concesiones de una realidad que no acepta la disidencia.

Micharmut consiguió trascender a la persona para convertirse en un concepto, en una idea que representaba una fuerza creativa primordial sin límites, capaz de unir pasado, presente y futuro de la historieta. Su obra es inspiración para nuevas generaciones y un catálogo de caminos abiertos para explorar posibilidades expresivas inéditas para el noveno arte.

Su modernidad sigue por delante de todo lo que se pueda plantear hoy, avanzando por delante del tiempo sin nada que le pueda alcanzar.

Que el futuro Centro Valenciano de Estudios y Conservación del Patrimonio de la Historieta haya decidido llamarse Centro Micharmut es un reconocimiento debido a un talento sin límites que, desde Valencia, enseñó al mundo el futuro de la historieta.

Pero es también aceptar su legado reconociendo que Micharmut ha transmutado en mucho más, en toda una idea que representa el potencial infinito de la historieta y su pasado vibrante y rico. Micharmut es admirar la creatividad de las grandes generaciones de autores y autoras que construyeron el pasado de nuestra historieta.

Micharmut es poner en valor una riqueza cultural y artística que conformó la imaginería popular. Micharmut es creer en un arte, en un lenguaje de posibilidades expresivas que conectan con la naturaleza visual del ser humano.

Micharmut es tebeo.

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