Uno se dedica a esto del diseño, supongo, porque un día ve en el trabajo de otros una posibilidad para sí mismo. No necesariamente una vocación revelada por un rayo, ni una epifanía con música de fondo, ni una escena luminosa en la que alguien entiende de golpe que lo suyo son las marcas, los libros, los carteles o las letras. A veces es mucho más discreto. Uno ve una forma bien resuelta, una composición que parece inevitable, una geometría que ordena el mundo sin pedir permiso, y piensa: quizá yo también quiera hacer eso. Quizá yo también quiera dedicarme a intentar que las cosas tengan una forma más clara, más limpia, más justa.
No recuerdo cuándo descubrí que detrás de muchos de los logos que habían formado parte de mi vida estaba Pepe Cruz Novillo. Y no lo recuerdo, precisamente, porque para alguien de mi edad sería casi tan difícil como recordar la primera vez que vio un árbol, una señal de tráfico o el cielo azul. Estaban ahí. Siempre habían estado ahí. La imagen de Correos, el puño y la rosa del PSOE, la Policía Nacional, los billetes, la Comunidad de Madrid, Repsol, El Mundo, COPE, tantas marcas públicas y privadas que uno veía sin mirar y que, sin embargo, estaban educando la mirada. Cruz Novillo había diseñado parte del decorado antes de que muchos supiéramos que ese decorado también lo diseñaba alguien.
Y claro, con lo que a mí me gusta el dibujo técnico, la geometría, la síntesis, esa manera de convertir una idea en una forma precisa, es bastante probable que Pepe estuviera en mi despertar como diseñador mucho antes de que yo supiera pronunciar su nombre con la solemnidad que merece. Porque esa es una de las cosas más injustas y más hermosas del diseño: cuando funciona demasiado bien, desaparece. No se impone. No grita. No reclama una cartela al lado. Se queda ahí, haciendo su trabajo, hasta que un día alguien pregunta quién hizo aquello y entonces aparece un nombre. En este caso, aparece uno de los grandes. Quizá el más grande diseñador que ha tenido este país. Y digo quizá no por prudencia, sino porque los rankings siempre son un poco ridículos. Pero si hablamos de calidad, influencia, presencia pública y capacidad para construir memoria visual, cuesta encontrar muchos nombres que puedan sentarse en la misma mesa.
Sí recuerdo, sin embargo, el día en que le dimos el Premio Gràffica en Santander, en 2017. Recuerdo sus palabras, su educación, su manera amable de acercarse a nosotros, Ana y yo, que para él éramos poco menos que dos desconocidos que, de repente, habían decidido darle un premio. Recuerdo también el momento en que lo aceptó de la mano de José Ramón Sánchez, el mítico ilustrador de la tele, otro de esos nombres que pertenecen a la educación sentimental de varias generaciones. Hay días en los que uno siente que lo que hace tiene sentido. Aquel fue uno de ellos.
Pepe llegó con esa mezcla de ironía fina, lucidez y gratitud que tienen algunas personas mayores cuando ya han visto demasiadas cosas como para impresionarse fácilmente, pero aún conservan intacta la capacidad de emocionarse. Y se emocionó. O al menos eso nos pareció. Más tarde recordaría aquel día con cariño: que ya era bastante mayor, que le había hecho ilusión que nosotros y los colegas que lo nominaron y votaron se hubieran acordado de él, que lo trataron bien en Santander, que volvió a ver a amigos queridos como Pati Núñez, José Ramón Sánchez o Pepe Gimeno. Lo decía sin épica, casi con pudor, como si recibir reconocimiento fuera algo agradable pero un poco incómodo. Como si no terminara de entender por qué tanto alboroto por haber hecho durante décadas un trabajo extraordinario.
Conviene recordarlo ahora, porque la memoria tiende a ordenar la historia mejor de lo que realmente ocurrió. Pepe se quejó muchas veces de la falta de reconocimiento. Y tenía razón. Durante demasiado tiempo pareció que su trabajo era fundamental para el sector, pero casi anecdótico para el resto del mundo. Como si diseñar la imagen de Correos, de la Policía, de un partido político central en la democracia española, de periódicos, bancos, instituciones, billetes y empresas no fuera exactamente diseñar una parte del país. Como si la cultura visual estuviera siempre un escalón por debajo de otras culturas, destinada a servir, a funcionar, a estar, pero no a ser celebrada.
Luego llegaron más homenajes, más documentales, más exposiciones, más artículos, más premios. Llegaron, sí. Pero llegaron tarde. O al menos llegaron después de muchos años en los que el país había convivido con su obra sin preguntarse demasiado quién la había hecho. Esto no es solo culpa de España, aunque España tenga una habilidad especial para olvidar a quienes le han dado forma. También es culpa de una cultura del diseño que durante décadas ha aceptado con demasiada docilidad su propia invisibilidad. Hemos repetido tantas veces que el buen diseño no se nota que, a veces, hemos terminado consiguiendo exactamente eso: que no se note ni siquiera quien lo hizo.
Hay una anécdota que dice mucho. El gran libro sobre sus logos, Cruz Novillo: Logos, lo publicó Counter-Print, una editorial británica. Una editorial británica entendió que ahí había un cuerpo de trabajo monumental, una guía completa para entender una parte esencial del diseño corporativo español. Y uno no puede evitar preguntarse, con cierta mala leche y bastante tristeza: ¿de verdad aquí no le interesaba a nadie? ¿De verdad tenía que venir una editorial de fuera a recordarnos que habíamos tenido delante una obra enorme, sistemática, influyente, bellísima?
Nosotros intentamos poner nuestro granito de arena con su biografía. Recogimos su trayectoria desde el principio hasta el final, o hasta donde entonces llegaba el final, porque con Pepe el final siempre parecía aplazarse un poco más. Hubo que puntear su obra una a una, ordenar proyectos, fechas, piezas, encargos, etapas. Y ahora, claro, habrá que actualizar ese libro. Porque esa es otra cosa que ocurre con los grandes: uno cree que ya los ha contado y de pronto descubre que todavía faltaba algo. Una pieza, una historia, una conexión, un matiz.
Pepe tuvo talento, muchísimo talento. Pero también tuvo algo que no se puede fabricar: la posibilidad histórica de hacer encargos decisivos en un momento decisivo. No todos los días te piden diseñar Correos, la Policía, los billetes de tu país, la identidad de una comunidad autónoma o la imagen de instituciones que millones de personas van a ver durante décadas. Hay diseñadores magníficos que nunca reciben un encargo a la altura de su talento. Pepe sí lo tuvo. Y ahí está también la grandeza: cuando la ocasión llegó, estuvo a la altura. No hizo ruido decorativo. Hizo signos. Hizo estructuras. Hizo imágenes capaces de vivir mucho más allá del briefing, del cliente y de la moda.
Por eso ahora no basta con decir que lo echaremos de menos, aunque lo echaremos de menos. Tampoco basta con publicar un obituario, recuperar una galería de logos, compartir tres fotografías bonitas y pasar a otra cosa. Ahora hay que pedir, con cariño pero con insistencia, que su obra tenga un lugar. Un museo, un archivo, una sala permanente, un centro, un altar civil si hace falta. Llámenlo como quieran. Pero háganlo. Este señor merece, necesita y debe tener un espacio donde su trabajo pueda verse, estudiarse, conservarse y explicarse. Que lo haga quien lo tenga que hacer, pero que se haga. Porque no estamos hablando de nostalgia profesional ni de una deuda privada del sector del diseño. Estamos hablando de patrimonio visual.
Confío en que Pepito, Pepe Cruz hijo, sabrá guardar, catalogar y proteger todo aquello con el cuidado que merece. Pero no debería recaer solo en la familia la responsabilidad de custodiar una obra que pertenece ya a la memoria colectiva. El diseño también necesita instituciones que entiendan que un logotipo no es un dibujo pequeño, que una identidad no es un capricho gráfico y que una marca pública puede explicar mejor una época que muchos discursos oficiales. Cruz Novillo diseñó formas que nos acompañaron mientras España cambiaba. Eso no debería quedarse en cajas, carpetas o archivos privados. Debería poder visitarse.
Y ahora, mientras escribo esto, pienso que quizá debería ir buscando un buen traje. No para el funeral, sino para otro compromiso bastante más lejano. Porque Pepe, con esa precisión suya de diseñador que incluso cuando se ponía cósmico seguía siendo extraordinariamente meticuloso, dejó prevista una cita ineludible dentro de 3.390.410 años, 31 días, 11 horas, 31 minutos y 12 segundos. Su Diafragma dodecafónico 8.916.100.448.256, opus 14, esa obra cronocromofónica que contiene todas las combinaciones de 12 colores, 12 sonidos y 12 fragmentos de tiempo, terminará algún día. Un día ridículamente lejano, imposible de imaginar, pero anotado con una exactitud preciosa. Y cuando finalice, escribió él mismo, «se servirá un cóctel».
Ahí está Pepe entero. La ambición descomunal y el humor seco. La geometría y la broma. El artista capaz de pensar en una obra que dura millones de años y el caballero que no olvida avisar de que habrá algo de beber al final. Así que habrá que ir presentable. Porque si algo nos enseñó Cruz Novillo es que las formas importan. Importan cuando diseñan un país, cuando ordenan una memoria y también, por supuesto, cuando uno acude a un cóctel previsto para el año 3.392.420.
Hasta entonces, Pepe, gracias. Por estar ahí incluso antes de que supiéramos mirar.
