Enalta, empresa líder en servicios funerarios, seleccionará a ocho artistas para que el 6 de octubre se desplacen a Tarragona y pinten en directo, durante nueve horas, una obra de cinco metros cuadrados que será expuesta al día siguiente en el Palau Firal i de Congressos. Cada uno recibirá 200 euros brutos para cubrir materiales y desplazamiento, pero solo tres obtendrán un premio: una empresa funeraria vuelve así a sustituir la contratación y los honorarios profesionales por una competición entre quienes realizan el trabajo.

Enalta Servicios Funerarios ha puesto en marcha la séptima edición de su Concurso de Arte Urbano, una convocatoria dedicada a la muerte perinatal. Los ocho artistas seleccionados ejecutarán sus obras en directo el 6 de octubre en Tarragona y estas se expondrán el día 7 en el Palau Firal i de Congressos de la ciudad. Bajo el lema «Estrellas que acompañan», las propuestas deberán abordar la memoria, el acompañamiento y los vínculos emocionales que permanecen después de la pérdida. La propuesta se puede presentar hasta el 4 de septiembre.
A esta edición se ha unido también A Contracor, una asociación dedicada al acompañamiento del duelo tras una interrupción legal o voluntaria del embarazo. La entidad participa en el concurso junto a Enalta y el Tanatori Municipal de Tarragona y desarrollará un taller de sensibilización ante la pérdida en etapa gestacional durante la exposición de las obras en el Palau Firal i de Congressos.
Un lector de Gràffica nos escribió para advertir de sus condiciones. «No cubren nada», nos explica. Según su testimonio, Enalta organiza cada año el concurso en una ciudad diferente -cita ediciones anteriores en Bilbao y València- y se queda después las obras realizadas sobre los paneles, que pueden acabar expuestas en sus instalaciones funerarias aunque sus autores no hayan recibido ningún premio. Más allá de este último uso, que no aparece detallado en las bases de 2026, lo que sí recoge el documento oficial confirma el núcleo de su denuncia: los ocho artistas producirán una obra completa, pero ninguno tendrá unos honorarios profesionales garantizados por realizarla.
El propósito se presenta envuelto en un lenguaje difícil de contradecir y, aquí, además, apela a una realidad especialmente delicada. Dar visibilidad. Generar conciencia. Abrir una conversación más humana. Utilizar el arte como herramienta de acompañamiento colectivo. Todo es razonable, pero no se trata de eso. Es el lenguaje y su poder. Es hacer más fácil que las condiciones del concurso queden relegadas a un segundo plano, como si cuestionarlas implicara cuestionar también la causa.
Para participar, no basta con presentar una trayectoria profesional. Cada candidato debe desarrollar un boceto original e inédito, ponerle título, redactar una argumentación que explique el concepto, la inspiración y el mensaje, y acompañarlo con cuatro fotografías de trabajos anteriores.
Después, profesionales de la propia Enalta elegirán, «siguiendo su libre criterio», a ocho finalistas que deberán trasladarse hasta Tarragona donde tendrán nueve horas para intervenir un panel de 2,50 por 2 metros: cinco metros cuadrados de pintura realizados en una sola jornada y ante los asistentes al encuentro.
La creación también forma parte del espectáculo. Los artistas no son contratados para desarrollar una obra, sino convocados para producirla en directo dentro de un evento organizado. Si se considera que incorporar arte urbano puede enriquecer el encuentro, hacerlo más cercano o contribuir a comunicar una cuestión sensible, la solución es sencilla: contratar a un artista. O a ocho, si se quieren ocho obras.

Cada uno de los ocho finalistas recibirá 200 euros brutos, sujetos a la retención correspondiente, después de haber terminado la obra. Las bases no hablan de honorarios ni de remuneración, sino de una cantidad destinada a cubrir los «posibles gastos». Pagar los gastos no es pagar el trabajo. Y habría que ver si esos 200 euros alcanzan para pagar todos los gastos.
Incluso si se quisiera presentar esa cantidad como pago por el trabajo -algo que las propias bases no hacen-, equivaldría a 22,22 euros brutos por cada una de las nueve horas de ejecución. De ahí habría que descontar materiales, desplazamiento y retención. Y continuarían sin contabilizarse las horas invertidas previamente en investigar una cuestión compleja, desarrollar la propuesta, preparar el boceto, redactar la argumentación y organizar el viaje.
A partir de ahí llegan los premios. El primer clasificado recibirá 1.250 euros; el segundo, 750; y el tercero, 500. Los otros cinco artistas terminarán su participación con la ayuda destinada a cubrir costes, aunque hayan realizado exactamente el mismo trabajo.
En total, la organización destina 1.600 euros a las ayudas de los ocho finalistas y 2.500 euros a premios. Son 4.100 euros brutos. Se podría reunir esa cantidad y contratar a un profesional, cubrir sus gastos y pagarle por desarrollar y ejecutar la obra.
No estamos ante el concurso más miserable que haya pasado por estas páginas. Pero no es necesario porque la cuestión no es cuál de todos es peor o mejor. Basta con que haya seleccionados y premios.











