Tres décadas de pop, amistad y cultura visual en Contempopránea

Treinta años después de su nacimiento en Alburquerque, Contempopránea revisa su historia en el cortometraje 30 años de pop y amistad, un recorrido por conciertos, fotografías, carteles, identidad gráfica y recuerdos compartidos que reconstruye la memoria de un festival ligado a varias generaciones del pop independiente español.

En ese recorrido no solo aparecen fotografías de conciertos. También están los carteles históricos y la evolución de la identidad gráfica de Contempopránea, una parte inseparable de la memoria del festival. Javier Aramburu está estrechamente ligado a esa construcción visual: diseñó su imagen, su logotipo y numerosos carteles, además de piezas para publicaciones y la web. Su archivo conserva trabajos para Contempopránea de 2002 a 2006 —en esta última edición, la ilustración fue suya y el diseño de Nacho Olivares—. Aramburu es también responsable de algunas de las imágenes más reconocibles del indie español, con trabajos para Los Planetas, La Buena Vida o Family. La estética de Contempopránea formaba parte del mismo ecosistema visual que los discos que escuchaba buena parte de su público.

El diseño fue durante aquellos años una de las formas mediante las que esa escena se reconocía a sí misma. Las portadas de los discos, los flyers, las camisetas, las revistas musicales y los carteles de conciertos construyeron un imaginario que convivía con las canciones. Antes de que las redes sociales convirtieran cualquier lanzamiento en una sucesión de imágenes que desaparecen en unas horas, un cartel podía permanecer meses en la pared de una habitación.

La memoria de un festival se forma con los momentos que se van superponiendo con los años: ver a los grupos cuando todavía no eran tan conocidos, las canciones que te echaban del recinto, la gente con la que coincidías cada verano. Cuando pasan treinta años, esa memoria muta y se vuelve caótica. Se mezclan la música, el lugar, las personas con las que compartiste aquello y también todas las imágenes que acompañaron el camino: una entrada guardada en un cajón, una camiseta, una fotografía o el cartel que anunciaba la siguiente edición.

Algo de todo eso recorre 30 años de pop y amistad, el cortometraje con el que Contempopránea mira hacia sus tres décadas de historia. La película vuelve a Alburquerque y a los espacios que terminaron formando parte del propio festival: la piscina, el camping, la plaza, los conciertos acústicos o las Laderas del Castillo de Luna. Lugares que para quien nunca estuvo allí pueden parecer simplemente eso, lugares, pero que dentro del relato de Contempopránea terminaron teniendo casi tanta presencia como las canciones.

El corto utiliza fotografías, imágenes de conciertos y testimonios de artistas, periodistas y asistentes para reconstruir esa experiencia. Una joven que conoció el festival sirve de guía a un niño que no vivió aquellos primeros años y, a través de ese recorrido, una generación le explica a otra qué era aquello. La música aparece así junto a todo lo que ocurría a su alrededor.

Contempopránea nació en 1996, cuando Los Planetas acababan de publicar Super 8, Sidonie todavía no existía y el circuito nacional de festivales apenas empezaba a formarse. El festival convirtió Alburquerque, una localidad de poco más de 5.000 habitantes, en punto de encuentro de una escena que a mediados de los noventa todavía estaba muy lejos de convertirse en la industria festivalera actual. Su singularidad estuvo también en apostar fundamentalmente por grupos españoles y mantener durante años una escala mucho más reducida que la de los grandes festivales. Viajar hasta allí significaba encontrarse durante unos días con grupos, discos y personas que compartían referencias parecidas.

Este verano Contempopránea ha vuelto a Alburquerque para celebrar su trigésimo aniversario en las Laderas del Castillo de Luna, recuperando durante dos jornadas parte de aquella escala inicial y reuniendo nombres de distintas épocas del festival. Meteosat, Nosoträsh, La Habitación Roja o Miguel Rivera, de Maga, convivieron con proyectos más recientes como Apartamentos Acapulco, Nadie Patín o Pálida Tez.

El cortometraje queda como una cápsula de todo lo que ha pasado. Treinta años vistos desde las canciones, pero también desde las fotografías que quedaron, los carteles que las anunciaron y los lugares donde ocurrieron.

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