Robert Capa es uno de los nombres fundamentales de la historia del fotoperiodismo. Pero antes de convertirse en el hombre que fotografió la Guerra Civil española, el desembarco de Normandía o la guerra de Indochina, Robert Capa fue un personaje inventado en París por dos jóvenes refugiados que necesitaban vender fotografías. Él se llamaba Endre Ernő Friedmann. Ella, Gerta Pohorylle. Y la parte de ella en esta historia tardó décadas en recuperar su sitio.
Robert Capa no existía. Al menos, no al principio. No había nacido en Estados Unidos, no era un prestigioso fotógrafo americano recién llegado a Europa y tampoco cobraba grandes cantidades por sus imágenes. Robert Capa era una ficción comercial, un personaje creado para conseguir que unos editores parisinos prestaran atención a las fotografías de dos jóvenes extranjeros que apenas conseguían sobrevivir.
La historia comienza en el París de los años treinta. Endre Ernő Friedmann era un fotógrafo húngaro de origen judío que había abandonado su país y pasado por Berlín antes de instalarse en Francia. Gerta Pohorylle, nacida en Stuttgart en una familia judía, había huido de Alemania tras la llegada de Hitler al poder. Los dos eran jóvenes, refugiados y pobres en una ciudad que se había convertido en refugio de artistas, intelectuales y exiliados europeos, pero también en un mercado extraordinariamente competitivo para cualquiera que pretendiera vivir de la fotografía.
Se conocieron en París, se hicieron pareja y empezaron a trabajar juntos. Friedmann enseñó fotografía a Pohorylle; ella le ayudó a ordenar su carrera, presentar mejor su trabajo y entender algo que acabaría siendo decisivo: el problema quizá no fueran solamente las fotografías, sino quién parecía haberlas hecho.
El fotógrafo americano que se inventaron en París
La solución fue bastante más sofisticada que cambiar una firma. Gerta Pohorylle imaginó junto a Friedmann la existencia de un fotógrafo estadounidense llamado Robert Capa, exitoso, internacional y suficientemente importante como para que sus fotografías no pudieran comprarse al precio de las de cualquier joven desconocido. Ellos actuarían como intermediarios de aquel misterioso profesional americano. Magnum sitúa directamente en Pohorylle la idea del personaje y explica cómo llegó a defender ante los editores parisinos que pagar poco por las fotografías de Capa resultaría impropio de su reputación. El truco funcionó. Habían creado, en términos actuales, una marca.
Un nombre corto, internacional, fácil de pronunciar y, sobre todo, desprovisto de todo aquello que los señalaba inmediatamente como inmigrantes judíos en una Europa cada vez más hostil. Friedmann comenzó a convertirse en Robert Capa y Pohorylle hizo algo parecido: adoptó el nombre de Gerda Taro. El fotógrafo estadounidense ficticio y su compañera alemana estaban preparados para empezar una carrera que ninguno de los dos habría podido imaginar unos meses antes.
En agosto de 1936 viajaron a España para cubrir una Guerra Civil que acababa de comenzar. Llegaron a Barcelona el 5 de agosto y comenzaron a fotografiar milicianos, civiles, refugiados y soldados. Entre aquellas primeras imágenes están las fotografías de mujeres milicianas entrenando en las afueras de Barcelona realizadas por Taro, incluida la célebre imagen de una joven arrodillada y apuntando con una pistola mientras todavía lleva zapatos de tacón. La guerra cambió sus carreras.
Las imágenes de Capa empezaron a publicarse internacionalmente y el nombre inventado comenzó a adquirir exactamente el prestigio que habían fingido que tenía. Lo extraordinario es que la ficción terminó alcanzando a la realidad. En apenas dos años, aquel fotógrafo americano inexistente había dejado de necesitar presentación. En 1938, la revista británica Picture Post presentaría a Robert Capa como «el mejor fotógrafo de guerra del mundo». Para entonces, Friedmann ya era Capa.
Pero la transformación tuvo una consecuencia mucho menos evidente. Durante aquellos primeros años, las fronteras entre el trabajo de ambos no siempre quedaron claras. Fotografías realizadas conjuntamente aparecieron bajo la identidad de Capa; otras se publicaron posteriormente como «Capa et Taro». Y mientras el nombre de Robert Capa crecía, Gerda Taro empezó a construir el suyo propio. No era simplemente la acompañante de Capa.
Taro regresó varias veces a España, empezó a trabajar de manera independiente y desarrolló una fotografía muy próxima a quienes estaban viviendo la guerra. Retrató refugiados, soldados y víctimas civiles; documentó los bombardeos de Valencia y se desplazó continuamente hacia los lugares donde estaba ocurriendo el conflicto. El International Center of Photography considera su breve producción una de las aportaciones más importantes surgidas de los frentes de la Guerra Civil española.
Gerda Taro y las fotografías que quedaron detrás del nombre Capa
En julio de 1937 Taro viajó a cubrir la batalla de Brunete, al oeste de Madrid. Tenía 26 años y su carrera como fotógrafa independiente apenas acababa de empezar.
El 25 de julio, durante la retirada republicana, viajaba agarrada al exterior de un vehículo que transportaba heridos cuando un tanque republicano chocó con el coche. Taro quedó gravemente herida y murió el 26 de julio de 1937. Se la considera la primera mujer fotoperiodista que murió mientras cubría un frente de guerra. Miles de personas participaron días después en su funeral en París. Friedmann quedó devastado.
Al año siguiente publicó Death in the Making, un libro construido con fotografías de la Guerra Civil y dedicado a Taro. Durante mucho tiempo fue leído fundamentalmente como un libro de Robert Capa. Pero la historia de esas imágenes resultó ser bastante más complicada.
Gerda Taro desapareció progresivamente del relato mientras Robert Capa continuaba construyendo una carrera extraordinaria. Fotografió la Segunda Guerra Mundial, estuvo en el desembarco de Normandía, fundó Magnum Photos junto a Henri Cartier-Bresson, David Seymour, George Rodger y William Vandivert y terminó convirtiéndose en una de las figuras centrales del fotoperiodismo del siglo XX. Murió en 1954 tras pisar una mina mientras cubría la guerra de Indochina. El personaje que habían inventado en un apartamento parisino había terminado sobreviviendo incluso a Endre Friedmann.
La historia de Taro, en cambio, quedó durante décadas mucho más desdibujada. Hasta que aparecieron tres cajas.
En diciembre de 2007 llegaron al International Center of Photography de Nueva York tres cajas que llevaban desaparecidas desde 1939. En su interior había alrededor de 4.500 negativos de 35 milímetros de la Guerra Civil española realizados por Robert Capa, Gerda Taro y David «Chim» Seymour. El conjunto pasó a conocerse como la Maleta Mexicana y se convirtió en uno de los grandes hallazgos de la historia reciente de la fotografía.
Los negativos permitieron reconstruir secuencias, identificar cámaras y revisar atribuciones que durante décadas habían permanecido bajo el enorme paraguas del nombre Capa. La investigación posterior incorporó casi mil imágenes al corpus conocido de Gerda Taro y permitió establecer que algunas fotografías de Death in the Making, originalmente acreditadas a Capa, habían sido tomadas realmente por Taro y por Chim.
Eso no significa que Capa robara deliberadamente mil fotografías a Taro, una afirmación que las investigaciones disponibles no permiten sostener. Lo que demuestra es algo quizá más interesante: cuando varias personas trabajan bajo una misma firma, la firma puede acabar devorando a sus autores.
Robert Capa fue primero una invención, después un seudónimo y finalmente una de las marcas personales más poderosas de la historia de la fotografía. Gerda Taro participó en su creación, fotografió junto a él y después intentó salir de aquella identidad compartida para construir la suya. Murió demasiado pronto para saber hasta dónde habría llegado.
Ochenta y nueve años después, la paradoja permanece. Gerda Taro ayudó a inventar a Robert Capa. Robert Capa terminó convirtiéndose en una leyenda. Y durante décadas, la fuerza de aquella leyenda contribuyó a que casi olvidáramos a una de las personas que la había hecho posible.
