Podría parecer un chiste interno de escuela de diseño. Un ejercicio de primero, de esos en los que el profesor deja claro —a los diez segundos— que no se trata de poner todo lo que se te ocurra. Pero no. Esto es el logotipo de la Audiencia Nacional. Un organismo central del Estado. Un símbolo que debería representar rigor, sobriedad, autoridad institucional y, ya puestos, un mínimo de cultura visual.
Lo que vemos, sin embargo, es otra cosa. Un collage. Un escaparate de souvenirs. Un PowerPoint con ínfulas heráldicas. El escudo, la bandera española, la bandera europea, la balanza de la justicia… todo junto, todo a la vez, todo sin jerarquía ni criterio. Como si el diseño fuera una lista de la compra y alguien hubiera decidido no dejar nada fuera “por si acaso”.
La escena, relatada con ironía por Alfonso Pérez Medina, periodista especializado en tribunales y director de laSexta, es demasiado verosímil como para no dar miedo:
Ese “naaaa” es probablemente el sonido exacto de décadas de desprecio institucional hacia el diseño. Porque esto no es un error puntual ni una anécdota gráfica. Es un síntoma. El diseño entendido como dibujo. Como decoración. Como algo que “ya hace cualquiera”. Como un trámite menor dentro de una maquinaria burocrática que sigue anclada en el siglo pasado.
No hay concepto. No hay síntesis. No hay comprensión del símbolo como sistema. No hay lectura contemporánea de lo que significa representar a una institución pública en el siglo XXI. Hay, en cambio, miedo. Miedo a quitar. Miedo al vacío. Miedo a que alguien pregunte “¿y dónde está la bandera?”. Miedo, en definitiva, a pensar.
Y por si fuera un error solo hay que buscar la memoria de la Audiencia Nacional de 2024 y ahí lo tienes en portada. Solo hay que descargársela aquí.
Y lo más preocupante no es el resultado gráfico —que también— sino el silencio alrededor. Porque cuando el máximo organismo judicial del país presenta una identidad visual así y no pasa absolutamente nada, el mensaje es claro: el diseño no importa. O peor aún, no interesa.
¿Dónde están entonces todos esos organismos, fundaciones, asociaciones y observatorios que dicen velar por el diseño, la creatividad y la cultura visual? ¿Dónde están cuando el Estado produce este tipo de monstruos gráficos sin ningún criterio profesional? Ah, claro: reunidos. Siempre reunidos. Pero no para esto.
No se reúnen para exigir una política de Estado seria sobre diseño. No se reúnen para establecer mínimos de calidad en la comunicación institucional. No se reúnen para defender que el diseño es una herramienta estratégica, cultural y económica. Se reúnen —eso sí— para justificar subvenciones, organizar exposiciones de autobombo y vender un relato edulcorado que queda muy bien en dossier y muy mal en la realidad cotidiana.
Porque la realidad es esta. Un logo imposible. Rancio. Recargado. Anacrónico. Una pieza que podría haber salido de los años noventa —siendo generosos— y que hoy circula con total normalidad como si nada. Y mientras tanto, el sector sigue preguntándose por qué cuesta tanto que el diseño sea tomado en serio.
No hay que buscar mucho. Basta con mirar arriba. Si esto es lo que hace el Estado, lo demás viene solo.
