El diseñador italiano fallece a los 93 años por causas naturales. Fundador de la casa Valentino, su legado trasciende la alta costura para instalarse en la historia del diseño y la creatividad como ejemplo de rigor, autoría y coherencia estética.

La muerte de Valentino Garavani marca algo más que el adiós a un diseñador histórico. Supone el cierre de una manera de entender la moda como disciplina cultural, como ejercicio de rigor formal y como territorio donde el diseño, la técnica y la autoría convivían sin concesiones a la inmediatez.
Valentino falleció a los 93 años por causas naturales, según ha comunicado su fundación. La noticia ha recorrido el mundo con la rapidez reservada a quienes no solo vistieron una época, sino que la definieron. Porque hablar de Valentino no es hablar únicamente de vestidos, sino de una idea de elegancia construida desde el oficio, el control absoluto de la forma y una coherencia estética sostenida durante más de seis décadas.
Un creador total, más allá de la moda
Aunque su nombre esté inevitablemente ligado a la alta costura, la aportación de Valentino trasciende el sistema moda. Su trabajo pertenece también a la historia del diseño por la forma en que entendió la autoría, la identidad visual y la consistencia de un lenguaje propio. En un sector sometido a ciclos cada vez más acelerados, Valentino defendió una visión casi arquitectónica del diseño: proporción, estructura, materialidad y detalle como fundamentos irrenunciables.
El llamado rojo Valentino —lejos de ser un simple gesto cromático— funciona como uno de los grandes hitos de identidad visual del siglo XX. No fue un color arbitrario ni una moda pasajera, sino un recurso sistemático, reconocible y coherente, capaz de sintetizar valores como la sofisticación, la fuerza y la permanencia. En términos de branding, pocas decisiones han sido tan eficaces y duraderas sin recurrir a la repetición banal.
Valentino entendió pronto que la creatividad no consiste en producir más, sino en construir un universo reconocible. Esa idea, hoy tan presente en el discurso del diseño contemporáneo, fue aplicada por él desde una lógica profundamente clásica.

De París a Roma: una carrera construida desde el oficio
Nacido en Voghera en 1932, Valentino Garavani se formó en París, donde entró en contacto con la alta costura francesa y con una manera de trabajar basada en la excelencia técnica. Ese aprendizaje fue decisivo. A su regreso a Italia fundó su propia casa en Roma en 1960, junto a Giancarlo Giammetti, socio imprescindible en la consolidación del proyecto.
Desde sus primeras colecciones, Valentino apostó por una elegancia contenida, alejada del ruido y de la provocación fácil. Sus diseños se caracterizaron por líneas depuradas, una atención extrema al corte y una relación casi obsesiva con los tejidos. En un contexto donde la moda empezaba a dialogar con la cultura pop y la ruptura, Valentino se mantuvo fiel a una idea de belleza atemporal.
Esa fidelidad le permitió vestir a figuras clave de la cultura, el cine y la política internacional, pero su verdadero logro fue otro: demostrar que la alta costura podía seguir siendo relevante sin renunciar a su esencia. En 2008, cuando se retiró oficialmente de las pasarelas, lo hizo sin estridencias, dejando un legado perfectamente cerrado y coherente.
Legado y vigencia
La importancia de Valentino en la historia de la creatividad reside en su resistencia al ruido. En un sistema cada vez más dominado por la novedad constante, su obra recuerda el valor del tiempo, del proceso y del conocimiento profundo del oficio. Para diseñadores gráficos, industriales o tipógrafos, su trayectoria ofrece una lección clara: la identidad no se improvisa, se construye.
Hoy, cuando las fronteras entre disciplinas creativas son cada vez más difusas, la figura de Valentino Garavani sirve como referencia transversal. No por nostalgia, sino por método. Por entender el diseño como un lenguaje con reglas internas, capaz de evolucionar sin perder sentido.
Con su muerte desaparece uno de los últimos grandes autores de la moda entendida como disciplina cultural mayor. Su obra queda. Y con ella, una idea incómoda pero necesaria para nuestro tiempo: que la creatividad, cuando es rigurosa, no necesita gritar para perdurar.














