La historietista, ilustradora y cineasta franco-iraní, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2024, fallece a los 56 años. Su obra cambió la percepción contemporánea de la novela gráfica y llevó al gran público una mirada íntima, política y profundamente humana sobre Irán, el exilio y la libertad.
Marjane Satrapi, autora de Persépolis y una de las figuras fundamentales del cómic contemporáneo, ha fallecido a los 56 años, según ha informado su familia en un comunicado remitido a la agencia AFP y recogido por la prensa francesa y española. La familia ha señalado que la creadora murió “de tristeza” poco más de un año después del fallecimiento de su marido, Mattias Ripa, a quien el comunicado describe como el amor de su vida. La expresión, de enorme carga emocional, procede del entorno familiar y no debe leerse como una causa médica confirmada.
Con su muerte desaparece una autora que ocupó un lugar singular en la cultura visual de las últimas décadas: dibujante, cineasta, escritora, pintora y voz pública contra el régimen iraní. Satrapi no solo firmó una obra decisiva, sino que contribuyó a cambiar la posición del cómic en el imaginario cultural. Persépolis, publicada originalmente en Francia a partir del año 2000, hizo visible para millones de lectores que la novela gráfica podía ser autobiografía, testimonio histórico, relato político y memoria íntima sin perder complejidad ni emoción.
Nacida en Rasht, Irán, en 1969, Satrapi creció en Teherán en una familia progresista, en pleno tránsito entre la caída del Sha, la Revolución Islámica de 1979 y la posterior instauración de un régimen teocrático. Sus padres la enviaron siendo adolescente a Europa para protegerla del clima de represión que se había instalado en el país. Esa experiencia —la infancia en Irán, el exilio, el regreso, la vigilancia moral, la guerra, la vida cotidiana bajo una dictadura y la tensión entre pertenencia y distancia— se convirtió en el material central de Persépolis.
El libro, dibujado en un blanco y negro directo, aparentemente sencillo y de una expresividad enorme, narraba la historia de una niña que intenta entender un país que cambia demasiado rápido y demasiado violentamente. Esa fue una de las claves de su potencia: Satrapi no explicaba Irán desde la geopolítica, sino desde la casa, la escuela, la familia, la música prohibida, el miedo y la rebeldía. La gran historia entraba en la viñeta a través de gestos pequeños. Y precisamente por eso llegaba tan lejos.
La adaptación cinematográfica de Persépolis, codirigida junto a Vincent Paronnaud y estrenada en 2007, amplió todavía más su alcance internacional. La película fue reconocida en Cannes y nominada al Oscar a mejor película de animación, y confirmó a Satrapi como una creadora capaz de moverse entre lenguajes sin rebajar la intensidad política ni la precisión narrativa de su trabajo. Después llegarían otros proyectos como Pollo con ciruelas, La banda de los Jotas, The Voices o Radioactive, biopic sobre Marie Curie.
Pero Satrapi nunca quedó fijada únicamente a Persépolis, aunque esa obra la acompañara siempre. En Bordados volvió a mirar hacia la vida de las mujeres iraníes desde la conversación íntima, la ironía y la transmisión oral. En Pollo con ciruelas convirtió la memoria familiar en una historia sobre el deseo, la pérdida y la música. Y en Mujer, vida, libertad coordinó una obra colectiva que reunía a autores y autoras de distintos países para apoyar la revuelta iraní surgida tras la muerte de Mahsa Amini en 2022. En ese proyecto, Satrapi volvió a utilizar el dibujo como un espacio de denuncia, pero también como una forma de cuidado.
En 2024 recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. El jurado destacó entonces su papel como una de las voces más influyentes en el diálogo entre culturas y generaciones, así como su compromiso con los derechos humanos y la libertad. Satrapi dedicó el galardón a la lucha del pueblo iraní y al rapero Toomaj Salehi, condenado a muerte en aquel momento por su apoyo a las protestas en Irán. Aquella condena fue anulada meses después por el Tribunal Supremo iraní y Salehi fue liberado en diciembre de 2024 tras cumplir una pena de prisión.
Su intervención pública tras recibir el premio fue una muestra de la contundencia que había caracterizado su trayectoria. Satrapi criticó con dureza la posición europea ante Irán y dirigió un mensaje a Josep Borrell, entonces alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, por la falta de una respuesta más firme frente a la Guardia Revolucionaria iraní. No era una salida de tono aislada, sino la expresión de una autora que entendía la cultura como una forma de responsabilidad. Para ella, hablar de Irán desde Europa no era un gesto simbólico: era una manera de mantener abierta una conversación que el régimen de su país había intentado cerrar durante décadas.
En la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias, celebrada en Oviedo, Satrapi pronunció un discurso breve y severo sobre la humanidad, la violencia, la empatía y la educación. No ofreció una visión idealizada del ser humano. Al contrario, habló de la dualidad entre la compasión y la crueldad, entre quienes crean belleza y quienes organizan guerras, entre quienes protegen a otros y quienes torturan. Su defensa del humanismo no era ingenua; nacía precisamente de haber conocido la violencia política, la censura y el exilio.
Esa tensión atravesó toda su obra. Satrapi podía ser feroz, irónica, sentimental, seca y profundamente lúcida en una misma página. En sus dibujos no había solemnidad impostada. Había memoria. Había rabia. Había humor. Había una manera muy precisa de recordar que las vidas individuales no son notas al pie de la historia, sino el lugar exacto donde la historia se vuelve cuerpo.
Su importancia para el diseño, la ilustración y la cultura visual va más allá del éxito editorial de Persépolis. Satrapi ayudó a demostrar que la imagen dibujada podía contener pensamiento político complejo sin necesidad de volverse hermética. Que el trazo aparentemente simple podía ser una herramienta de síntesis, de denuncia y de afecto. Que el cómic podía entrar en los grandes debates culturales sin pedir permiso ni disfrazarse de otra cosa.
Marjane Satrapi deja una obra que seguirá leyéndose como se leen los libros necesarios: no solo por lo que cuentan, sino por la forma en que nos enseñan a mirar. Persépolis fue, para varias generaciones, una puerta de entrada a Irán, al cómic adulto, al relato autobiográfico y a una idea de libertad que no se enuncia desde la comodidad, sino desde la pérdida. Su muerte cierra una trayectoria breve en años, pero de una intensidad difícil de medir. Quedan sus libros, sus películas y una voz que supo convertir la memoria personal en conciencia colectiva.
