Autor de algunos de los diccionarios y manuales de estilo más influyentes en lengua española, fallece a los 93 años una de las figuras clave del mundo del libro, la corrección y la edición. Su apellido se convirtió en sinónimo de rigor profesional.
Hay apellidos que dejan de ser solo nombres propios para convertirse en herramientas de trabajo. “Míralo en el Sousa” es una de esas frases que no necesitan explicación en redacciones, editoriales, estudios de diseño o departamentos de corrección. José Martínez de Sousa ha fallecido a los 93 años, pero su presencia seguirá siendo cotidiana allí donde se editen textos con cuidado y criterio.
Nacido en O Rosal (Pontevedra) en 1933 y fallecido el 27 de enero de 2026 en Barcelona, Martínez de Sousa recorrió un camino poco habitual: aprendió el oficio desde la base material del libro, en la imprenta, antes de convertirse en una de las mayores autoridades en ortografía, ortotipografía y estilo en español. Sevilla primero y Barcelona después marcaron una trayectoria profesional que siempre estuvo ligada al trabajo real con textos, no a la especulación académica.
Su método fue tan artesanal como riguroso. A partir de fichas donde recopilaba dudas recurrentes —comillas, cursivas, mayúsculas, cifras, signos, abreviaturas— comenzó a razonar los problemas, a ordenarlos y, sobre todo, a explicarlos. Muchas de sus soluciones no se limitaban a reproducir la norma académica, sino que se apoyaban en la tradición del mundo del libro, en la experiencia tipográfica y en el sentido común editorial. Ese enfoque, profundamente práctico, explica la vigencia de su obra.
Entre sus títulos más influyentes destacan el Diccionario de ortografía y ortotipografía del español actual y el Manual de estilo de la lengua española, obras que durante décadas han sido —y siguen siendo— referencia en grupos editoriales, medios de comunicación, universidades y estudios de diseño a ambos lados del Atlántico. No son libros de lectura ocasional: son herramientas de trabajo, consultadas, subrayadas y gastadas por el uso continuado.
Martínez de Sousa logró algo excepcional: convertirse en epónimo, al nivel de María Moliner o Manuel Seco, sin ocupar cargos institucionales ni buscar reconocimiento académico. Su autoridad emanaba del oficio y del respeto de miles de profesionales del lenguaje y del libro. Esa independencia crítica también explica su relación distante con las instituciones normativas. Pese a su reconocimiento unánime en el sector, la Real Academia Española nunca le ofreció un sillón.
Quienes lo trataron destacan no solo su rigor, sino también su carácter combativo, su ironía y su generosidad intelectual. Fue una voz firme a la hora de señalar errores y proponer alternativas, y un referente activo en espacios de debate profesional como la lista Apuntes, donde compartió conocimiento y conversación con correctores, traductores, editores y diseñadores durante años. En 2007 recibió la Medalla al Mérito Cultural del Ateneo de Madrid, un reconocimiento que subrayaba la importancia de su aportación al ecosistema cultural del libro.
Para el diseño editorial, su legado es especialmente relevante. En un contexto donde la ortotipografía tiende a diluirse entre automatismos, estilos predefinidos o procesos acelerados, Martínez de Sousa defendió siempre que la forma del texto no es un detalle menor, sino una parte esencial del significado. Su trabajo recordó —y sigue recordando— que editar también es decidir, y que decidir exige conocimiento.
Se va el maestro, pero permanecen sus libros y la cultura profesional que ayudó a construir. Quedan las páginas anotadas, los márgenes llenos de signos y las respuestas claras ante la duda. Y queda, sobre todo, una certeza compartida en el mundo del libro: cuando surja una pregunta difícil, seguirá teniendo sentido la misma respuesta de siempre —mirarlo en el Sousa—, porque su criterio, de algún modo, continúa a nuestro lado.
