El cartel de las Fiestas de la Virgen Grande de Torrelavega ha sido diseñado por Cero Arquitectura. Sus autores, David Ceballos y Carlos Gómez, son dos arquitectos reconocidos por proyectos como la futura Tecnoteca de Torrelavega o el edificio Reina Sofía de Santander. Es decir, el Ayuntamiento ha utilizado su trayectoria arquitectónica para justificar un encargo de diseño gráfico.
El caso no sería relevante si se tratara de una excepción. Sin embargo, refleja una práctica cada vez más habitual: arquitectos, artistas, ilustradores o profesionales de cualquier disciplina reciben encargos de comunicación visual sin que se les exija una trayectoria específica en diseño gráfico. La explicación suele ser que poseen creatividad, sensibilidad estética o capacidad para trabajar con formas y colores. Como si eso fuera suficiente.
El cartel de Torrelavega está razonablemente resuelto. Convierte «La Patrona», el nombre popular de las fiestas, en una composición tipográfica construida con formas geométricas y los colores del escudo municipal. La palabra ocupa casi toda la superficie y consigue una imagen reconocible, aunque la información situada en la parte inferior pierde legibilidad por su tamaño y por el escaso contraste del blanco sobre amarillo.
Por tanto, no se trata de decidir si el cartel es bueno o malo ni de negar que un arquitecto pueda diseñarlo. La relación entre arquitectura y diseño gráfico tiene una larga historia. La Bauhaus reunió arquitectura, tipografía, publicidad, fotografía y diseño de producto dentro de una misma formación. Muchos arquitectos han acabado siendo grandes diseñadores gráficos, yo mismo he tenido varios jefes que eran arquitectos. No eran buenos arquitectos y tampoco eran buenos diseñadores, o al menos no tan buenos como para ser relevantes. Ambas disciplinas comparten herramientas como el dibujo, la geometría, la proporción y la capacidad de proyectar.
Compartir herramientas, sin embargo, no convierte las profesiones en intercambiables. Un diseñador gráfico no solo elige colores y coloca letras. Debe dominar la tipografía, la jerarquía de la información, la legibilidad, la reproducción, la accesibilidad y la adaptación de una misma idea a carteles, programas, redes sociales, señalización o soportes digitales. Que alguien pueda producir una imagen atractiva no significa que conozca todos esos procesos.
La desigualdad resulta evidente. Para proyectar determinados edificios, la legislación exige una titulación habilitante y establece responsabilidades profesionales concretas. Un diseñador gráfico no puede decidir que también es arquitecto y empezar a firmar edificios. En cambio, un arquitecto puede asumir un encargo gráfico sin ninguna acreditación adicional.
El problema está también en cómo se conceden estos trabajos. El Ayuntamiento de Torrelavega explica que encarga sus carteles a «artistas y creadores locales» y presenta la elección como un reconocimiento a su trayectoria. Así, el cartel deja de tratarse como un proyecto de comunicación y se convierte en un premio para quien lo firma.
Las instituciones pueden recurrir a profesionales de cualquier procedencia, pero deberían exigir experiencia, explicar los criterios de selección y formar equipos multidisciplinares cuando sea necesario. La interdisciplinariedad funciona cuando reúne conocimientos, no cuando los considera prescindibles.
Los arquitectos pueden diseñar carteles. La cuestión es por qué el diseño gráfico sigue siendo la profesión en la que todo el mundo parece estar capacitado para entrar. ¿Quién da la certificación de diseñador gráfico? ¿Quién exige que se cumplan unos mínimos? ¿Qué debería excluir a unos u otros? Porque seamos justos, también hay muchos diseñadores, con experiencia, que deberían quitarles ese supuesto carnet de profesional del diseño.
Sea como sea, parece que esta profesión no es una profesión, es un lugar, un espacio, un parque donde todo el mundo puede, quiere y le dejan jugar porque en el fondo parece que no pasa nada se haga lo que se haga.
