«Lo que tarda en llegar» por Sara Hospitaler

Hace unos días estuve en una charla sobre el poder de la palabra. Voces de disciplinas muy distintas fueron pasando por el micrófono para hablar de creatividad, de procesos, de cómo cada una entiende eso de encontrar las palabras. Me dejó encendida una pregunta que todavía no he sabido contestar, sobre la prisa con la que hacemos casi todo y lo poco que ya esperamos a que las cosas se elaboren. Decidí tirar de ese hilo por donde más me toca, que es el de los procesos creativos, porque es ahí donde trabajo y donde la prisa se me nota.

No quiero hablar de las herramientas que nos devuelven una respuesta antes de que hayamos terminado de formular la pregunta. Siento que todo acaba hablando de lo mismo, y tampoco me interesa ponerlas en el papel de enemigo, porque todos las usamos en mayor o menor medida, mejor o peor, y no sé muy bien quién es nadie para juzgar ese uso. Me interesa lo que hay debajo, lo que las hace tan cómodas, que es la inmediatez. Recurrimos a ellas porque queremos las cosas ya, porque tenemos una idea a medio hacer o, peor, porque necesitamos una idea ahora mismo y no hay tiempo de que aparezca sola.

Lo inquietante no es que la respuesta llegue rápido, sino que casi siempre llegue bien. Pregunto y obtengo algo que se parece bastante a lo que buscaba, una vez, y otra, y otra. A fuerza de repetirse, ese gesto se convierte en una conducta de refuerzo positivo muy sencilla: si cada pregunta tiene una respuesta satisfactoria e inmediata, aprendemos que esperar es una pérdida, algo que se puede saltar. Y eso no se queda en lo creativo. Se extiende a cualquier cosa que necesite tiempo para hacerse bien, a escribir, a resolver un problema, a entender a alguien, incluso a decidir qué pensamos de algo.

La creatividad no es inmediata, nunca lo ha sido. Lleva procesos, lleva vueltas, lleva días en los que no pasa nada y días en los que lo que pasa no sirve. Lleva una elaboración que tiene muy poco que ver con saber pedir bien las cosas. Me interesa mucho esa aceleración de los procesos, la manera en que hemos ido comprimiendo el tiempo que antes dábamos por hecho que algo necesitaba. Me preocupa menos lo que ganamos en velocidad que lo que dejamos de ver cuando el camino desaparece y solo queda el resultado.

Hay un libro de Magnus Fridh, El arte de la quietud en un mundo agitado, que no habla de creatividad, al menos no directamente. Viene del mindfulness y propone pequeñas prácticas para encontrar momentos de silencio en la vida cotidiana, en la naturaleza o en la meditación, sin necesidad de darle la vuelta a nada. Tiene una idea que me ronda desde que la leí. Para Fridh, el silencio no es solo la ausencia de sonido o de lenguaje, sino «una estructura de base que aflora cuando le damos espacio». Leído desde el trabajo creativo, me parece una descripción bastante exacta de lo que es un proceso, algo que no se fabrica, que aparece cuando se le deja sitio. Lo que hace la inmediatez es justo ocupar ese sitio antes de que aparezca nada. El libro llega a decir que sentarse en silencio sin hacer nada puede ser de lo más inteligente que hagamos, y la frase suena casi a provocación en un momento en el que no hacer nada parece algo que hay que justificar.

Hay algo más que me interesa. Una respuesta inmediata no me sorprende nunca, aunque sea correcta, aunque sea buena. Cuando una persona me responde, en cambio, le presto otra atención. Hay una calidad en la respuesta humana que no tiene que ver con acertar, sino con todo lo que la rodea: la duda que se le nota a alguien mientras piensa, el tiempo que se toma antes de hablar, la frase que empieza por un lado y termina por otro, el error. Sobre todo el error, que es donde muchas veces aparece lo que no estábamos buscando y que, si lo pienso un poco, suele ser lo único que recuerdo de una conversación.

Escribo esto sabiendo que yo también tengo prisa, que muchas veces quiero la idea antes que el proceso y que me cuesta sostener esos días en los que no sale nada sin sentir que estoy perdiendo el tiempo. No sé si la prisa se desaprende. Lo que sí noto es que las ideas que de verdad me importan casi nunca han llegado cuando las he pedido.

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